Niña na´savi de Tlapa anhela ser doctora; no saben su paradero

Escrito por  Arturo de Dios Palma Sep 13, 2017

 Judith Solano no regresó a la primaria bilingüe Raúl Isidro Burgos, lamenta maestra

Fue de sus mejores estudiantes; siempre mostró interés por aprender y cumplir con sus tareas

No se sabe exactamente dónde está; puede andar en Sinaloa cortando chile, fresa o pepino


Chilpancingo, 12 de septiembre. Una mañana de junio, cuando estaba por terminar el ciclo escolar, Judith Solano, una niña na´savi (mixteca) de 9 años de edad, le dijo a su profesora que quería ser médica. Le comentó la idea de ayudar a los demás a través de la medicina.

Su profesora, Magdalena Maldonado Parra, desea que lo cumpla y lamenta no pueda ayudarle: Judith no regresó a estudiar a la primaria bilingüe Raúl Isidro Burgos, ubicada en la colonia San Isidro, en Tlapa, en la Montaña de Guerrero. No sabe exactamente dónde está; le han dicho que puede que andar en Sinaloa o en Baja California cortando chile, fresa o pepino.

Judith fue de sus mejores estudiantes. Siempre mostró interés por aprender y cumplir con sus tareas. “Yo vengo a aprender”, le decía la niña.

Era tranquila, cumplida y respetuosa, dice Magdalena. Algunas mañanas, la encontró terminando su tarea antes de que comenzaran las clases. “Lo tuviste que hacer en tu casa”, le decía cada vez que la sorprendía. La niña siempre respondía: “no tengo tiempo para hacerla”.

Saliendo de la escuela, Judith tenía que cumplir con obligaciones: lavar los trastes, lavar la ropa de todos, el aseo, cuidar al hermano menor y ayudar con la comida.

“Hubo ocasiones en que llegaba oliendo a orines, ella dormía con su hermano pequeño”, cuenta Magdalena.

Judith es la tercera de nueve hermanos. Sus padres el año pasado se fueron a trabajar como jornaleros. Todos quedaron a cargo de su abuela materna. La mujer hizo lo que pudo. Priorizó la comida antes de los estudios.

Judith y sus hermanos vivían amontonados en un cuarto con paredes de madera vieja, húmeda, con piso de tierra. Comían lo mismo todos los días: salsa con tortillas. Todos tenían responsabilidades. Los varones salían de clases y se iban a trabajar en la milpa en uno de los cerros cercanos. Las mujeres, molían el nixtamal; hacían las tortillas y preparaban los alimentos para cuando llegaran del campo comieran.

Con Judith también estudiaban cinco de sus hermanos. Hace un año, a la escuela llegó la abuela e inscribió a seis, uno en cada grado. Magdalena el año pasado se encargó de tercero y cuarto grado. Le dio clases a Judith y a una de sus hermanas. Vio de cerca sus carencias. Por ejemplo: en una ocasión le regaló un lápiz y en minutos sólo tenía un pedazo. La niña lo partió en tres partes y lo compartió con dos de sus hermanos. También recuerda como aprovechaba al máximo su cuaderno: escribía la letra lo más pequeña que podía para utilizar el menor número de hojas.

Los cuadernos que les daban de manera gratuita, no los utilizaban, los entregaban a la hermana mayor que estudiaba secundaria.

Magdalena no sabe nada de Judith; sólo que en julio sus padres mandaron por ella y sus hermanos. Tampoco sabe si la niña logrará ser doctora, lo único que desea es que no la casen pronto. La extraña, dice.