Imprimir esta página

Vida nocturna

Escrito por  Ago 01, 2019

Por el cariz que en algunos momentos tomó la polémica derivada de la matanza cometida en el Mr Bar, así como por declaraciones, comentarios, actitudes y gestos que asumieron algunas autoridades locales al respecto, puede percibirse –no sin cierta preocupación– que en el actual gobierno municipal tiene peso considerable la idea de que la noche debe ser sólo para la casta acción de dormir, como era antes de que a alguien se le ocurriera la idea de iluminarla, primero con antorchas y luego con inventos que funcionan a partir de la energía eléctrica.

Esa visión en esencia conservadora implicaría un cambio en la postura del gobierno municipal ante la vida nocturna del puerto, que en tiempos menos aciagos que los actuales –que hoy se ven lejanos aunque no lo están–, fue consustancial al surgimiento y a la consolidación de Acapulco como centro turístico.

La idea de que la cancelación de la vida nocturna puede dar a los ciudadanos más seguridad ante hechos delictivos no soporta el análisis; basta revisar las estadísticas criminales para constatar que, en su mayoría, los actos fuera de la ley son cometidos en otras horas.

En cambio, puede ser el punto tangencial por el cual las autoridades se fuguen de su obligación de garantizar la seguridad personal y patrimonial de sus ciudadanos, sobre todo de los que observan las leyes, pues –entre otras cosas–fueron elegidas por estos para que les den la protección que requieren para vivir en un ambiente propicio para el crecimiento material y espiritual, y para ello pagan sus impuestos.

Es impostergable que el Estado cumpla su obligación y genere las condiciones para que Acapulco recupere la paz y la tranquilidad, lo cual incluye su vida nocturna. Es necesario, no sólo por el derecho que tienen los ciudadanos a vivir su vida a la hora que quieran en las actividades legales que prefieran.

Para ello, por supuesto, deben emplearse a fondo y echar mano de toda suerte de recursos, pero particularmente de la inteligencia anticrimen.

No hacerlo así sería ceder la noche a los delincuentes, como se les han cedido los parques, los vecindarios de las escuelas, las canchas públicas y las calles. Ya durante mucho tiempo los han usufructuado para cometer sus crímenes, pero no tiene por qué ser así.

Los ciudadanos, por su parte, deben reclamar sus espacios y, con la presencia y el auxilio de las autoridades, ganarlos palmo a palmo a los antisociales. Ceder es renunciar al derecho de vivir en paz y gozar del día y la noche en el país que han construido. n