¿Sucumbió finalmente el pulpo?

Escrito por  Nov 06, 2018

A estas alturas de la historia,  quienes en algún momento fueron concesionarios del transporte urbano en Acapulco deben haber caído ya en la cuenta de que su desmedida ambición los sepultó.

Surgido el Acabús, no tuvieron más opción que aceptar convertirse en accionistas del nuevo sistema de transporte, con el ofrecimiento de que les iba a ir muy bien, pasando así de ser sus propios jefes a subordinados del gobierno.

No fue, sin embargo, ese su único error.

Antes de rodar por esta barranca ya habían caído en un despeñadero, al haber perdido la oportunidad de seguir usufructuando un negocio a placer y prácticamente bajo sus propias reglas, así como la seguridad de ganar incluso más dinero, pues sexenio tras sexenio nunca quisieron mejorar el parque vehicular ni estuvieron dispuestos a tratar bien al usuario, ni a sus trabajadores.

Tuvieron un destello creativo cuando dieron vida a Maxirrutas, un sistema que cubría las rutas que cruzaban el túnel y que incluyó la introducción de unidades nuevas, modernas, muy rápidas.

Porfirio Alvarado, en su momento uno de los directivos de esa línea, declaró hace dos días que cuando “antes del Acabús, cuando los concesionarios teníamos nuestras propias unidades, nunca sufrimos un descalabro. Cuando operó la línea de camiones Maxirrutas en Acapulco, durante aproximadamente 14 años, administrada por los propios transportistas, la ruta era rentable, pues alcanzaba para pagar el costo de la unidad, las reparaciones, los permisos y el personal”.

Pero no entendieron. Quisieron seguir haciendo negocio, olvidando como siempre la prestación del servicio social, que era la esencia de las concesiones del transporte.

Con Maxirrutas prescindieron, cierto es, de la estridente música que tanto irritaba a los usuarios en los demás camiones; igual se deshicieron de los chalanes; uniformaron a los operadores, que fueron puntos aplaudidos por la población, pero no protegieron al usuario en la manera de conducir, ni capacitaron a sus choferes para que tuvieran un gesto de atención hacia su pasajero; jamás se escuchó un saludo del operador al viajero, a menos que se tratara de conocidos.

Por eso, desde el primer momento en que arrancó el Acabús, los usuarios quedaron estupefactos al escuchar el atento “buenos días” del operador, al sentir el clima fresco o no tan caluroso al menos en la ruta principal, al no sufrir los arrancones o frenones, e incluso al llegar más pronto a su destino. Acabús, eso sí, le debe al usuario el cumplimiento de la comodidad ofrecida, pues la mayoría viaja de pie.

Ahora, la totalidad de los otrora concesionarios están a punto de dejar de ser accionistas de Acabús para retirarse a la gélida banca.

Los demás, los otros que quedaron fuera del Acabús y siguen explotando ciertas rutas, como la de los hospitales, siguen dormidos, usando camiones viejos y maltratando a los usuarios, desordenados y desorganizados.

Circulan ya versiones de que pronto introducirá alguien vehículos Urvan para desplazar a los actuales armatostes con sus cafres a bordo.

Pareciera que, al final de cuentas, se doblegó al pulpo camionero invencible durante muchos gobiernos cómplices, pues si bien se mueven por ahí algunos tentáculos, el octópodo está descabezado. n