¿Reconciliación? ¡Seguridad y justicia!

Escrito por  Oct 20, 2018

Vale la pena recordar lo expresado por el coordinador de la bancada priísta en el Congreso local, Héctor Apreza Patrón, en el acto en que el gobernador Héctor Astudillo Flores pronunció un mensaje con motivo de su tercer informe de gobierno, en el que el legislador convocó al gobierno en sus tres órdenes y a la sociedad en su conjunto “a que impulsemos juntos una cruzada por la reconciliación social de Guerrero”.

Fue claro que el priísta se refería a reconciliar a los guerrerenses, lastimados por la ola de inseguridad y violencia ante la cual sucumbe la entidad.

No es la primera vez que se menciona el término reconciliación en el mismo contexto, pretendiendo que la ola de sangre que ha ahogado a miles de habitantes quede en el olvido, haciendo de cuentas que no pasó nada.

La Iglesia ha formulado exhortaciones en ese mismo sentido, igual que algunos políticos cuando estaban en campaña.

Sería bueno que todos los dueños de esas voces preguntaran a los familiares de Reyna Valenzo Pérez y la profesora Itzel Vega Radilla, al igual que a las miles de familias que han sufrido la pérdida de alguno de sus integrantes como consecuencia de la violencia, si están dispuestas a olvidar la afrenta y a perdonar a los victimarios.

Resulta obvio que quienes buscan la reconciliación entre víctimas y victimarios no han tenido pérdidas entre sus seres queridos; por tanto, con esa facilidad llaman a olvidar el pasado, sin tomar en cuenta que ni entre sociedad y gobierno es posible la reconciliación porque la autoridad ha defraudado la confianza ciudadana al incumplir sus responsabilidades.

Y aun en el supuesto de que la autoridad capturara, encarcelara y sentenciara a todos los responsables de las miles de muertes, se antoja inconcebible que las víctimas perdonen, abracen y convivan con los asesinos de sus familiares.

Duelen todas las pérdidas, pero más dolorosas resultan, sin duda, las de los jóvenes y las mujeres.

Importante sería que, por ello, sacerdotes y políticos proclives a la reconciliación, se acercaran a los padres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa y les preguntaran si están dispuestos a la reconciliación.

Igual que hicieran con los familiares de las decenas de mujeres asesinadas, para ver qué responden.

Todos esos que se arropan con la bandera de la reconciliación bien harían apenas en exigir al gobierno que cumpla su responsabilidad de proteger a quienes aun quedan vivos y haga justicia a los que ya están muertos.

Eso es lo correcto, justo y procedente, como conveniente, necesario y humano es que se pongan en los zapatos de quienes han sufrido alguna pérdida, no con el ánimo de sentir lo que ellos sienten, porque no es posible, pero sí con la idea de entenderlos, de identificarse con su dolor, angustia e impotencia.

Fuera de lugar se colocan de plano cuando en vez de reclamar al gobierno su incapacidad o falta de interés por corregir el caos, optan por pretender que las víctimas se recojan en sus casas, dejen de buscar a sus familiares en cerros, morgues y calles, y otorguen perdón y bendición a sus verdugos, mientras todos los días nuevas vidas se pierden por todas partes.

Reconocer que el problema de Guerrero es la violencia no justifica, ni amortigua, las fallas de las autoridades, que pretenden aminorar los efectos de la inseguridad resaltando las supuestas bondades de su administración.

Guerrero, debe quedarles claro, está sediento de tranquilidad, paz, seguridad, justicia; demagógico es hablar de reconciliación y reconstrucción cuando los guerreresnes perviven entre la zozobra, el miedo, la paranoia. n