Migraciones partidistas

Escrito por  May 06, 2021

Es de lo más usual, y está visto que cada vez lo es más, que en épocas electorales los partidos contendientes anuncien por todo lo alto las adhesiones de militantes relevantes o de grupos más o menos amplios de integrantes de otras formaciones políticas.

Es usual y es también hasta cierto punto normal, porque las épocas electorales son temporadas de definiciones. Antes lo eran por razones netamente ideológico-políticas; ahora lo son más por motivaciones directamente relacionadas con la repartición de las posiciones de poder.

Hoy, militantes que no resultan candidatos a cargos de elección popular pueden sentirse blanco de discriminación, o pueden no sentirse debidamente recompensados por sus servicios partidistas. Y pueden acabar decidiendo abandonar su partido y, si también les es posible, llevarse con ellos al mayor número de correligionarios.

Esto pasa en todos los partidos y, al menos en apariencia, cada vez con más frecuencia.

Por eso esta migración causa menos extrañeza en cada proceso electoral. Pero no debería ser así, sino que dirigentes y militantes deberían obrar en la misma sintonía y decidir en apego a sus fundamentos ideológicos y políticos. Los dirigentes deberían proponer lo que consideran más conveniente no sólo para el partido, sino también –sobre todo– para la nación, y los militantes afectados deberían procurar ser más disciplinados y acatar con más humildad las decisiones de la superioridad que se enmarquen en esos criterios.

En otras palabras, el fenómeno muestra una especie de descomposición de la militancia partidista, una especie de degradación de la mística que, se supone, implica participar en un partido político, un descenso en la altura de miras de quien decide militar en una organización.

Esta descomposición ha trascendido a los partidos y ha llegado a las cámaras de diputados y senadores, donde la filiación partidista ya se había vuelto moneda de cambio, y los grupos parlamentarios ya estaban comprando –sí, comprando– representantes populares de otras formaciones políticas para formar mayorías artificiales o para acceder a presupuestos inalcanzables por otras vías.

Al respecto, ya el INE adoptó criterios para evitar este modo de lograr mayorías artificiales. Es un paso que hay que analizar y, de ser conveniente, afinar.

Sin embargo, es claro que esta circunstancia es uno de los nuevos escenarios de la democracia participativa. Y más vale que nos vayamos acostumbrando. n