El mapa no es el territorio

Escrito por  Oct 28, 2020

Si por una parte las autoridades rechazan el uso de la fuerza contra personas que se nieguen a acatar las disposiciones oficiales para eludir el Covid-19 y, por otra, la gente sigue resistiéndose a respetar los protocolos sanitarios, la percepción es que no parece haber recurso para contener la pandemia.

Ante tales circunstancias, el desafío que enfrenta el sector gubernamental reside en reprogramar la mente de la población; es decir que estriba en hacerle entender que si no obedece las indicaciones gubernamentales, mientras no haya vacuna para suprimir el mal los contagios se multiplicarán, los hospitales continuarán saturándose y la gente seguirá muriendo.

Si, como dice el gobierno, detener la pandemia depende de que la población se apegue a las indicaciones que se le dan, la solución está a la vista; no requiere fórmulas mágicas.

La complejidad radica en –dijera la chamacada– cambiar el casette a la gente.

Ahí es donde la puerca tuerce el rabo, porque, dicen los que saben, nada hay más difícil que cambiar las creencias, los hábitos, el modo de pensar, la manera de ser, pues, al ser humano; que si se dificulta cuando la persona tiene la disposición de hacerlo, cuando no quiere, simple y llanamente resulta imposible.

Las consecuencias sufridas hasta ahora con la pandemia así lo reflejan claramente.

Refieren los conocedores que hay tres vías para alcanzar el cambio: por convencimiento personal, mediante terapia o recibiendo un fuerte impacto sobre algún suceso.

En términos generales, la gente no se ha convencido de la necesidad de seguir las indicaciones que se le dan; no es posible someter a toda la población a terapia –que además podría llevar meses o años inclusive–, ni ha sido suficiente el impacto recibido al conocer los efectos destructivos del mal.

Actuar como lo han estado haciendo las autoridades –exhortaciones, regaños, súplicas– no ha generado los resultados deseados.

Y si no quieren, ni les permiten aplicar la fuerza, tienen que buscar la manera de convencer a la población, cuyo control está fuera del alcance de las medidas coercitivas que usan con el sector comercial y empresarial.

Cuando hablan de crear conciencia no saben ni lo que dicen; ni la gente entiende el mensaje.

Si no convencen, ni están en condiciones de aplicar la ley del garrote, ¿cómo, entonces, lograrán resultados satisfactorios?

Pero no se puede cambiar los paradigmas a la gente si quien pretendiera hacerlo no ha cambiado el suyo. n