Fe y milagro

Escrito por  Mar 12, 2020

En apariencia, parece ser necesaria demasiada fe para suponer que una campaña –así sea intensa– en radio, Internet, televisión y medios impresos bastará para que la población cobre conciencia sobre la importancia de lavar con esmero y frecuencia sus manos, usar cubrebocas si enferma de vías respiratorias, y estornudar y toser en el pliegue del brazo para evitar la propagación de un virus tan contagioso como el Covid-19.

Las reglas estrictas de comportamiento funcionan en grupos limitados, por lo general pequeños y cerrados, quizá en la comunidad de una escuela o hasta en los militantes de un partido político, pero no en una nación, donde hay todo lo imaginable en comportamientos, actitudes, visiones, expectativas, maneras de hacer las cosas y puntos de vista.

Sería excelente que todos los habitantes del país, así como los visitantes, pusieran en práctica siempre esos consejos. No cabe duda de que eso bastaría para que no se extendiera la infección del virus por el territorio nacional.

No hay enfermedades, sino enfermos. Cualquier estudiante de medicina conoce esta máxima del homeópata alemán Samuel Hahnemann, con la cual quería decir que cada organismo reacciona de manera particular, no necesariamente igual a los demás, ante un agente patógeno o toxicológico. Porque todos somos diferentes, en origen, en constitución física, en desarrollo, en alimentación, en cuidado personal, en hábitos, en disposición anímica.

Durante las dos semanas pasadas, pero en particular desde ayer que la extensión del Covid-19 fue declarada pandemia por la ONU, han saltado muchas dudas acerca de la eficacia de la estrategia del gobierno federal ante este problema de salud pública.

Es por lo menos preocupante ver en televisión que en los aeropuertos internacionales del país, quienes llegan del extranjero son apenas sometidos a una revisión superficial, ni siquiera con termómetros, como en otros países donde incluso se ha extendido el virus, sino con cámaras térmicas para incomodar lo menos posible a los viajeros.

No es creíble que el gobierno mexicano se esté olvidando de los infectados asintomáticos, los que no presentan síntomas y apenas experimentan ligeras molestias o ninguna. Esas personas, sin darse cuenta y sin dar positivo a la cámara térmica, irán diseminando el virus por donde vayan y pueden detonar una crisis sanitaria para la cual el país no está preparado, según lo han reconocido los mismos especialistas que cada día ofrecen una conferencia de prensa televisada para toda la nación.

No sea, pues, el caso de que el gobierno esté haciendo un acto de fe –lo cual no sería tan extraño, si se piensa bien–, a la espera de que todos nos lavemos las manos con esmero y con frecuencia, que todos usemos cubrebocas si enfermamos de las vías respiratorias, que todos estornudemos o tosamos en el pliegue del brazo, que no vayamos al trabajo si no nos sentimos bien o que acudamos con el médico a los primeros síntomas.

Si estamos ante un acto de fe, será necesario el complemento de ésta, es decir un milagro, para que los mexicanos se libren del mal, que en este caso será físico, no moral. n