Barcelona, Culiacán, Santiago...

Escrito por  Ginés Sánchez Oct 29, 2019

¿Alguien piensa en México que es el único país con problemas? Con las viscerales críticas carentes de la menor inteligencia y sentido común que hemos presenciado contra el presidente López Obrador motivadas por el caso Culiacán, pareciera que sí.

España, una de las 19 democracias plenas y consolidadas en el planeta, ni más ni menos, vive una crisis, no sólo de seguridad pública, en Barcelona (y toda la provincia de Cataluña), sino también ya de franca seguridad nacional. Los afanes separatistas de un grupo de insensatos violentos, alentados por un líder (ese sí) mesiánico, loco y torpe, como Carles Puigdemont, ahora prófugo de la justicia española, amenazan con desgajar el pacto federal de aquella nación, y al país mismo. Las consecuencias se ven ya en aquella parte de España y en el país ibérico todo: fuga de capitales, descenso dramático del turismo, miedo por las calles y division fratricida entre los españoles catalanes, por mencionar sólo algunas.

Barcelona lleva ya semanas, literalmente, en llamas. Barricadas de alucinados separatistas mantienen una ciudad (y otros poblados) aterrorizada. Actos vandálicos, incendios, agresiones a los cuerpos del orden, son cosa cotidiana.

¿Y qué opciones tiene el conjunto del Estado español? Paradójicamente, algo muy parecido a la delicadísima disyuntiva con la que se vio el presidente López Obrador el viernes: no utilizar el monopolio exclusivo de la fuerza pública para no matar civiles, sean inocentes o no tanto, lo que, además, le daría más fuerza al patético movimiento separatista catalán al darle mártires en esos potenciales muertos o “presos politicos” a los que sean legítimamente procesados por el sistema de administración y aplicación de justicia por sus actos ilegales.

En estos casos, la máxima de Cicerón “Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras” se ha impuesto en las decisiones de ambos gobiernos de habla hispana; ambos países han sufrido ya en carne propia, y de sobra, conflictos de todo tipo, que han dejado cicatrices y lecciones muy dolorosas. Entonces, aun ante algunas voces belicistas y muy poco reflexivas que exigen el uso de todo el poder de la fuerza del Estado, no encuentran eco. Definitivamente, no hay un estadista en cada ciudadano; de ahí que las dos democracias en cuestión sean representativas, como es la esencia de la inmensa mayoria de estas formas de gobierno.

Conflictos hay en todo el mundo; es más, se dice que la paz no es más que un conflicto siempre en suspenso, una “calma chicha” constante, se podría decir, como la sentencia de Tito Livio: “En tiempos de paz, si bien no se extinguen los odios, cuando menos se dejan en suspenso”, y es ahí donde entran los verdaderos estadistas, a hacer lo que sea posible para mantener a sus pueblos en dicho estado, contrario a remedos de este tipo de líderes, como lo fue Felipe Calderón, y ahí aplica otra frase, esta de John Milton, que dice: “¿Qué puede engendrar la guerra sino una guerra sin fin?” Y es que el viernes, con los tristes hechos de Culiacán, fuimos testigos de los efectos criminales del calderonato en todo su esplendor.

Mención aparte merecen Chile y su ciudad capital, Santiago. En el país andino la situación se ha salido de control, pero ahí sí ya el gobierno ha actuado contra la población civil, con saldo de muertos y heridos. Y es que, en ese caso, las recetas y la doctrina del neoliberalismo se han llevado al límite; baste ejemplificar que no existe el acceso a la educación pública gratuita y el agua –sí, el agua– es un servicio convertido en artículo suntuoso en manos privadas; el neoliberalismo en América Latina se cae a pedazos, no sin la valiosa contribución y el ejemplo de Mexico y su revolución pacífica lopezobradorista hecha ya gobierno.

Ya las horas y los días están pasando; el calor de lo acontecido enfría las exaltadas mentes, se va asentando el sedimento en las aguas embravecidas, y el presidente Andrés Manuel empieza a ser visto no sólo como el estadista que es, sino incluso como el héroe que fue el viernes pasado; innegable es que salvó incontables vidas, de militares y civiles, de hombres, mujeres y niños inocentes. Andrés Manuel López Obrador es un hombre que antepuso todo, incluida su tan trabajada y merecida popularidad, en aras del mal menor, haciendo honor, al menos en parte, a otra cita literaria, esta del escritor y filósofo decimonónico estadunidense Ralph Waldo Emerson, respecto, precisamente al heroísmo humano: “el heroísmo siente y no razona nunca; por eso siempre está en lo justo". El Presidente hizo lo justo –por tanto y sin duda ninguna, lo correcto– respecto a los acontecimientos recientes en Sinaloa. n