Rosario Ibarra de Piedra

Escrito por  Raúl Sendic García Estrada Oct 25, 2019

En sesión solemne, el Senado de la República otorgó la más alta distinción que entrega el Poder Legislativo, la medalla Belisario Domínguez, a doña Rosario Ibarra de Piedra, en manos de sus hijas Claudia y Rosario Piedra Ibarra.

Sorprendió a todos el emotivo mensaje que envió doña Rosario Ibarra, que a los asistentes conmovió hasta las lágrimas. En una acción sorprendente, dejó la medalla en custodia del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, a quien la veterana luchadora social solicitó no dejar inconclusa su lucha de casi medio siglo, y devolverle la presea hasta dar con el paradero de los desaparecidos de la guerra sucia del Estado mexicano.

Emotivo mensaje que me permitiré reproducir en este espacio, que el periódico La Jornada Guerrero me ha otorgado por 10 años.

Compañeros, amigos y camaradas, señoras y señores:

Por más de cuatro décadas, el Comité ¡Eureka! ha transitado azorado del terror oficial, sintiendo los dolores de saber cautivos y torturados a nuestros seres queridos, recibiendo como tremendas bofetadas en la cara la palabra hueca, la declaración engañosa o el discurso falso.

El mal gobierno mexicano, transgrediendo todas las leyes, privó de su libertad, de su dignidad y de justicia a nuestros familiares, los desaparecidos políticos.

La violencia alcanzó a nuestras familias completas, arrasó con poblados enteros, donde se detuvo a todos los hombres y mujeres viejos a los que la casualidad los llevó a portar el mismo apellido de alguno de los insurrectos que eran buscados y perseguidos.

Atestó los caminos de soldados y retenes, donde también se hicieron cientos de detenciones injustas de gente inocente. Llenó de presos políticos las cárceles de todo el país. En las ciudades, las hordas de la Dirección General de Seguridad y la Brigada Blanca allanaban los domicilios, saqueando y golpeando a sus moradores, y deteniendo a cualquiera.

Las cámaras de tortura de los campos militares, las bases navales y aéreas, y todos los centros clandestinos de detención, se tiñeron de sangre y retumbaban con los alaridos de dolor de las víctimas.

Mi adorado esposo, firme soporte de mi vida, fue torturado, viviendo en carne propia lo que le esperaba a todo aquel que era detenido. Los poderosos del sistema, los empresarios cómplices, sostén de estos malos gobiernos, prestaban sus ranchos para que nuestros desaparecidos también ahí fueran llevados a martirizar.

Esta es la única e incontrovertible verdad.

Compañeras nuestras, como Conchita García de Corral, Elodia García de Gámiz, Alicia Hernández de Vargas, Delia Duarte y Alicia Gutiérrez, antes de unirse a nuestro comité para seguir buscando a sus hijos desaparecidos, tuvieron que pasar por el martirio de recoger los cuerpos destrozados por la tortura o la metralla. De otros de sus hijos. Doña Guillermina Moreno, tan pequeña y tan valiente, se unió a nosotros después del asesinato de su hijo, y permaneció a nuestro lado buscando a los hijos de otras hasta el día en que, como las demás, la debilidad y el agotamiento físico o la enfermedad ya no las dejaron continuar.

Estos señores del poder quisieron borrar todo rastro de sublevación o rebeldía, pero no pudieron; siempre queda algo, siempre hay alguien que prosigue por la brecha para seguir abriendo los caminos.

Nosotros entonces supimos que no podíamos buscar a los nuestros sin pelear también sus batallas, teníamos los mismos motivos y las mismas justas razones para hacerlo.

No tomamos las armas que defienden o hieren los cuerpos, pero usamos, en su lugar, todo lo que pudimos y tuvimos a nuestro alcance para arremeter contra las conciencias, para sacudirlas, para indignarlas, para marcarlas con la impronta de la rebelión contra la injusticia.

Ellas y todos los queridos añorados compañeros que murieron esperando saber de los suyos, y la justicia que nunca llegó, están en mis recuerdos, gritando junto a mí por nuestros hijos y familiares, increpando y señalando a quienes se los llevaron, tomando la catedral o San Hipólito, o la Secretaría de Gobernación o los recintos legislativos; en las huelgas de hambre o haciendo plantones en las puertas de los campos militares y en los pasos fronterizos.

Marchando con los movimientos estudiantiles, campesinos e indígenas, volanteando fuera de las fábricas, visitando los salones de clases en las universidades, crucificándonos en el Zócalo o con el rostro cubierto, encadenándonos en el Ángel de la Independencia.

Visitando las cárceles en todo el país, boteando para poder tener recursos para los volantes y los carteles y los costosos desplegados, incitando por todos los medios posibles a las organizaciones políticas, campesinas o sindicales para que incluyeran, entre sus demandas principales, la presentación con vida de los desaparecidos políticos y llamándolos también a la unidad para defendernos todos con un frente nacional contra la represión; acudiendo a las instancias internacionales defensoras de los derechos humanos para hacerles ver que aquí en México no sólo éramos las víctimas de un gobierno represor, sino que también éramos las víctimas de la simulación que provocaba incredulidad y la desconfianza para nuestras denuncias, o reclamando en más de una docena de veces a la ONU por su complicidad con los gobiernos en turno. n