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Pigmentocracia

Escrito por  Ginés Sánchez Ago 13, 2019

La joven activista Estefanía Veloz puso un debate inesperado en la agenda periodística nacional.

Comenzado en un programa de análisis político en televisión, brincó a las redes sociales, todo por motivo del tema de la Fórmula 1 en México; no se va, pero el Estado mexicano, en sus tres órdenes, no erogará millonarias cantidades, sino que serán (como siempre debió haber sido) las empresas privadas las que financiarán los costos.

Magnífico; ganaron Claudia Sheinbaum y Miguel Torruco, quien en algun programa de televisión y radio dijo, sin tapujos: “ya no estén de pedinches” a la IP, malacostumbrada por muchos años a ver al erario público como a un vulgar botín. Eso se acabó.

Bien, el debate (y aún escándalo) se derivó de un término utilizado por la referida analista: “pigmentocracia”, refiriéndose a lo elitista de la F1, que sin duda alguna lo es, pero el término empleado es, cuando menos, excesivo; en México no existe el racismo, cuando menos no en cuanto al origen étnico o al color de la piel. En todo caso, existe, y eso sí es irrebatible, el “billeterismo” o la “billetocracia”; en este país, el que tiene dinero, sea cual sea su origen, es adulado, y todas las puertas se le abren. Por supuesto que debemos acabar con esa tara de nuestra cultura, pero el racismo, encauzado en la dirección de Estefanía Veloz, repito, no aplica en México, en el peor de los casos, no como es en otras partes del planeta, como por ejemplo Estados Unidos, e incluso más Europa, y aquí me permito reproducir un texto de una reflexión del que esto escribe en relación con uno de los muchos infernales episodios de tragedias migratorias en el mar Mediterráneo, en 2015:

“Ya estando en temas de racismo y migratorios, a propósito de tanto hablar de Donald Trump en México, la fotografía que da la vuelta al mundo es la de un niño sirio muerto en la playa, escupido por el mar, y la indignación es tal que es como si fuera casi una novedad; imágenes como esa se han visto por cientos en los últimos meses, ya sea de la Siria sumida en el horror de la guerra, o de migrantes africanos queriendo cruzar el Mediterráneo, sólo que esas no circulan, y esa del horror del pequeño niño, sí, en buena medida por un detalle poco percibido por todos: el niño en cuestion es blanquito; si el lector lo duda, busque imágenes en Google y se sorprenderá al ver miles de personas y niños incluidos (en su mayoría negros) que han perecido en este año en similares o aun peores circunstancias en el infierno que se vive debido a la migración a Europa.

Qué triste que tampoco trasciendan las noticias ni las imágenes de los infiernos que viven los niños por matanzas religiosas de poblados completos arrasados en Nigeria, pero que haya sido, sí, motivo de convulsion global el asesinato de un puñado de periodistas de tez blanca en París por las mismas absurdas y anacrónicas motivaciones, si bien en este caso en particular faltaron al respeto de manera sistemática a las respetables creencias religiosas de muchos.

¿No es bestial la desproporción del impacto de ambos acontecimientos en la opinión pública internacional? El mar deposita casi a diario en las costas del Mediterráneo a muchos seres humanos; nos preguntamos entonces: ¿vale menos un niño de piel oscura? Pareciera a veces que sí, y esto es sólo un síntoma de lo que somos: una civilización fallida, veladamente racista, entregada al egoísmo, a la envidia y a la depredación de los recursos natuales en una orgía de consumismo, que incluso se vale de la esclavitud disfrazada de “ventajas competitivas” y de esquemas de “outsoursing laboral”, para que un ínfimo porcentaje pueda comprar el coche, el iPhone o la tableta más nuevos, e indiferente ante el daño que ya padece el planeta, y por tanto ante el infierno que vive un altísimo porcentaje de sus habitantes (no sólo humanos, sino también animales).

Verdades incómodas, tal vez, pero incuestionables; por ahora y paradójicamente, ya muchos miles de personas compartimos en nuestras iPads la espantosa fotografía en cuestión, y los países europeos empiezan a tomar, a raíz de la misma, algunas medidas muy tímidas, pero, sobre todo, créanlo, aun mucho más tardías.

Ojalá que en México jamás lleguemos a ese tipo de aberración, y no lo creo, porque es un crisol de culturas, etnias y nacionalidades, sólo que, eso sí, el clasismo repugnante y ridículo es una asignatura tristemente pendiente en nuestro país. n