Construcción de ciudadanía

Escrito por  Ginés Sánchez Jul 02, 2019

Más allá de los comienzos en la antigua Grecia y los avances en el Renacimiento, y mucho más decidida y científicamente en la época de la ilustración en Europa, con los franceses a la vanguardia, el mundo ha ido avanzando en la construcción de ciudadanía, de lleno, lenta o de plano nulamente en algunas regiones del mundo, y con muchísimo más avance en otras partes.

Las democracias plenas, al estilo liberal y occidental, suelen ir de la mano con naciones con una mayoría de ciudadanos a carta cabal, con todos los derechos y obligaciones que ello implica. Esto no quiere decir que otros modelos de democracia no construyan ciudadanía; Cuba es muy buen ejemplo: basta con pasear por La Habana y platicar con algún taxista o cubano cualquiera, así sea un niño, para constatar el nivel de cultura política y general con que cuentan.

En México, los ciudadanos vivieron décadas en una democracia también tropicalizada, un modelo hecho a nuestra medida, como fue el anterior sistema PRI-gobierno, que, dado su nivel de efectividad, aceptaron de modo tácito y pacífico (salvo aislados brotes de inconformidad, dentro y fuera de la ley) este contrato social.

Sin embargo, México tenía que dar el salto a una “democracia sin adjetivos”, como tanto insistió el historiador Enrique Krauze, y esto conllevaba como requisito que el mexicano, en general, se politizara y se fuera alejando de ese conformismo social de que habló la ya desaparecida politóloga mexicana de origen sirio Ikram Antaki: “...existen distorsiones extremas, que llegan a formar un abismo entre el país real y el país de la autoridad mediática. A menudo, la opinión contraria a lo que se repite no se atreve a expresarse; la presión oculta, peligrosa, despreciativa, logra acallar a la gente (...)”.

La primera señal contraria a este conformismo social tuvo su primera expresión significativa en el movimiento estudiantil de 1968, pero era tan evidente la ausencia de cultura política de los jóvenes mexicanos que carecía este movimiento contestatario de un mínimo eje rector de ideas articuladas que le dieran rumbo a sus peticiones.

El nivel de ingenuidad de aquella generación queda en evidencia en cuanto a que, tal vez, nunca se dio cuenta de que fue engañada y utilizada –cada vez hay más indicios– con fines sucesorios presidenciales.

De ello nacieron las guerrillas urbanas y, al margen de eso, las rurales de los años 70, que fueron reprimidas al principio y llevadas después por la vía institucional de la mano de las reformas políticas de 1977. De ahí, hasta el terremoto de 1985, en la capital hubo un verdadero despertar ciudadano, que junto con un manejo errático de la economía en las dos anteriores administraciones federales dio paso a las primeras elecciones con competencia real para el partido de Estado, con la fractura de la mejor parte de su ala progresista.

Vino la tan ansiada alternancia política en 1997 y 2000, producto de otra generación de reformas (1996), pero fue y ha sido innecesariamente tortuosa, en buena medida por la monumental mediocridad de los líderes del partido que tomó el relevo, la ultraderecha conservadora e improvisada encarnada en el PAN, que con una cada vez más cercana, cínica y hasta inmoral alianza y complicidad, tomó como dogma el credo neoliberal a ultranza, con un elemento clave, el control –por la vía de concesiones de todo tipo a sus propietarios– de los medios masivos tradicionales de comunicación.

Esto comenzó a cambiar con un movimiento que se empezó a gestar con más velocidad, ya que su líder, Andrés Manuel López Obrador, acumulaba muchos años en sus afanes opositores, desde la ciudad de México, durante los años de su Jefatura de Gobierno, magistralmente utilizados para, sutilmente, ir poniendo al desnudo, principalmente por medio de sus conferencias de prensa matutinas, al régimen que crecía en su ineptitud y abusos en cuanto a su abierta sociedad con el gran capital, la Iglesia católica, los medios y las multinacionales extranjeras.

Es a partir de esos seis años que el lopezobradorismo empieza de manera decidida a politizar, poco a poco, al mexicano de a pie, a las masas; a convertir siervos en ciudadanos, a concienciar y a empoderar a la gente. Sus avances son impresionantes: logra poner en jaque al establishment, que se sentía invencible y eterno, y que en 2006, año electoral, logra descarrilar su candidatura a la mala, con las peores artes, con una campaña abierta de odio que no hace más que polarizar la nación y abrir paso al presidente más gris y mediocre de nuestra historia contemporánea, que nos dejó como legado un país convertido en centro de torturas y cementerio de docenas de miles de mexicanos.

Ya para 2012 irrumpen las redes sociales; sí, las benditas redes sociales, que contribuyen de manera más que firme a la aceleración del proceso de politización impulsado por el lopezobradorismo. Ese año los gobernadores y los grandes empresarios compran, en los hechos, la Presidencia de la República, y ponen a un político de su gremio, es decir a un gobernador, para conducir al país con la agenda neoliberal impuesta por los poderes fácticos; es como se llega a 2018, cuando queda evidenciado el gran fracaso y bajísimo grado de efectividad del Estado mexicano debido a sus tres últimos gobiernos, sobre todo, y Andrés Manuel López Obrador se convierte en el presidente de México más votado y popular de la historia.

La obra y el legado del primer sexenio de la cuarta transformación de la vida pública en México la conoceremos, a cabalidad, en 2024, pero ya vivimos hoy su primera gran obra, que es, sin lugar a dudas, el exponencial crecimiento de la cultura política del mexicano de a pie, sin la cual no sería posible nuestra inserción, de lleno, en una democracia plena y, ahora sí, ya sin adjetivos. n