PRI, abuelo achacoso

Escrito por  José de la Paz Pérez Mar 11, 2019

Tiene 90 años, pero no, no está en la lista de beneficiarios de la pensión de adultos mayores que el gobierno federal otorga a personas con una edad mínima de 68 años. Y es que no se trata de una persona, sino de un instituto político compuesto por personas, algunas que bien podrían ya disfrutar del apoyo.

Es el Partido Revolucionario Institucional, mejor conocido como PRI –por sus siglas–, nacido el 4 de marzo de 1929 con el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR), a propuesta del presidente Plutarco Elías Calles, y conformado por fuerzas políticas surgidas del movimiento revolucionario de 1910.

El partido del presidente y de la Revolución Mexicana, la hazaña histórica más importante después de la emprendida en 1810 con el movimiento de independencia, ni más ni menos; la mesa estaba servida para ser el partido más competitivo en el escenario electoral futuro.

Luis L. León, el general Manuel Pérez Treviño, Gonzalo N. Santos, Emilio Portes Gil, José Manuel Puig Casauranc, Manlio Fabio Altamirano, David Orozco y Aarón Sáenz son algunos nombres de los que subieron a este barco que, al igual que el Titanic, había sido creado para no sucumbir jamás, y que, al igual que la mítica embarcación, terminó por sucumbir.

Mucho antes de caer en desgracia, el partido sufrió su primera transformación en 1938 cuando fue llamado Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Sería en 1946 cuando tomó el nombre actual, PRI, en cuyo escudo conservó, con algunas variaciones en el diseño, los tres colores oficiales de la bandera de México: verde, blanco y rojo.

Bajo varias acepciones, como el “partido en el poder” o el “partido oficial”, el PRI gobernó el país durante 70 años consecutivos, de 1930 a 2000. En ese último año, el domingo 2 de julio, el panista Vicente Fox Quezada hace lo que parecía imposible: derrotar al sistema y al partido que hasta entonces parecía invencible.

La derrota priísta no llegó sólo por el fenómeno Fox, sino que venía precedida de un hartazgo hacia la clase política gobernante, de un sentimiento de podredumbre por actos de corrupción e impunidad atribuidos al partido en el poder, y a la escisión sufrida en 1988, cuando la Corriente Democrática deserta para impulsar la creación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), con Cuauhtémoc Cárdenas al frente.

El PRI no estaba muerto, sólo gravemente herido, y se levantó de sus cenizas en 2012 con el triunfo electoral de Enrique Peña Nieto, quien recibió la estafeta gubernamental del panista Felipe Calderón Hinojosa.

Pero los tiempos de control político y de conciencia habían terminado para el PRI y el presidente emanado de sus filas; Peña Nieto padeció durante su gobierno una serie de críticas no sólo por la manera en que condujo al país, sino también por las pifias al hablar, como cuando daba datos equivocados o mostraba desconocimiento sobre temas de conocimiento básico o sentido común.

Se acabó aquello de que es la hora “que usted diga, Presidente”, práctica generada y parodiada en los gobiernos priístas.

Y llegó el segundo descalabro en las elecciones presidenciales de 2018, año en que no sólo pierde nuevamente el control político que había recuperado seis años atrás, sino que en esta ocasión el PRI cae hasta la posición de tercera fuerza política nacional, con sólo 13 por ciento de los votos emitidos.

A partir de entonces se pinta una nueva realidad para el priísmo nacional y local que, convertido en una oposición sin fuerza capaz de negociar su participación en la conducción del país, se ha tenido que conformar, incluso, con arroparse con aquel al que antes combatió y que hoy es el partido en el poder: Morena.

Y como las derrotas son huérfanas, destacados priístas se han echado culpas unos a otros de las actuales circunstancias; por otro lado, quienes tienen en sus manos la conducción de este instituto político han sacado de sus chisteras frases que intentan recuperar la confianza de los electores, como si todo fuera asunto de palabras, esas que no supieron honrar en su oportunidad.

Existen, por otro lado, quienes han sugerido la expulsión de Enrique Peña Nieto, como si esto les fuera a librar de pecados añejos y contemporáneos; como si expulsar al ex presidente fuera un exorcismo político con el que limpiarían el alma y las entrañas del partido.

Y como un reflejo del “mea máxima culpa”, el sitio web del PRI Guerrero ofrece sus presuntas y nuevas intenciones en estas frases que aparecen, una a una, acompañadas de imágenes ilustrativas: Nueva mañana, Nueva oportunidad, Energía renovada, Visión, Objetivos frescos, Críticos, Autocríticos, Nueva luz, Diálogo, Nuevas metas, Propositivos, Cambio, Nuevo comienzo, Ganas, Experiencia, Juventud, Nuevo día, Ser mejores.

Palabras, palabras… parece que el PRI, ese nonagenario achacoso, no ha aprendido la lección. n