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Cambio: dolor de parto

Escrito por  José de la Paz Pérez Ene 24, 2019

Si de manera personal nos cuesta –y hasta nos duele– cambiar de juicios y actitudes que hemos practicado durante años ante nuestros familiares, amigos y ante la vida misma, imaginémonos lo difícil que resulta cambiar un régimen de gobierno en donde resultan afectados millones de personas con sus propios juicios y actitudes respecto a temas de interés colectivo.

Los cambios duelen incluso cuando se cambia para bien. Tomemos el caso de una persona que ha dedicado su vida a las fiestas, a la parranda, y por consiguiente al alcohol, y que hay un punto en que sabe que debe cambiar antes que llegue una catástrofe a su vida; de entrada, la simple decisión es muy difícil, y cambiar en los hechos lo es más.

No es fácil dejar las prácticas que siempre creímos que eran cosa natural, cotidiana y hasta necesaria. Llegamos a amar eso que nos daña y que en lugar de acercarnos a la familia y a la propia sociedad, nos alejaba, y por eso mismo surgió la necesidad del cambio.

La transición es difícil, pero una vez del otro lado nos damos cuenta que sí vale la pena.

Lo mismo ocurre hoy en el ámbito nacional en donde los mexicanos estuvimos –y seguimos– acostumbrados durante décadas a ser parte de un sistema en el cual prevalecieron prácticas que, vistas desde el exterior, son propias de bárbaros, de habitantes de la selva, en donde sobrevive el más fuerte, el más corrupto, el que sabe engañar, el que viola las leyes y el que permite que se violen las leyes.

“El que no tranza no avanza” es una de las frases que se acuñaron y que presumimos como identidad del mexicano. Hasta aquí ha llegado nuestro cinismo.

Recientemente nos escandalizamos porque vimos a un presunto ladrón que llevó a su pequeña hija a robar un establecimiento. Está bien que nos escandalicemos pero, ¿acaso no hemos dado malos ejemplos a nuestros hijos también? Desde que les ordenamos: “Dile que no estoy”, los estamos enseñando a mentir; cuando nos estacionamos en lugares para gente con discapacidad, les estamos enseñando a no respetar. Y así, podríamos dar más ejemplos de una sociedad corrompida a la que pertenecemos y de la cual nos espantamos.

Cuando los hijos crecen y nos mienten, roban y nos faltan al respeto ¡pegamos el grito en el cielo! Somos incluso de corta memoria.

Cuando Andrés Manuel López Obrador (AMLO) andaba en campaña nunca dijo que el cambio sería fácil, pero sostuvo que sí era posible. “Me canso ganso”, dice ahora.

El cambio es como un parto: duele, pero posteriormente da una nueva vida. Tras el llanto del recién nacido llega la felicidad por la presencia de un nuevo miembro en la familia.

Los cambios que ha hecho AMLO en la vida pública del país han encontrado resistencia entre los beneficiarios de los anteriores regímenes; eso se entiende y quizá hasta se justifique. Lo que no se entiende es que estemos en contra de estas nuevas medidas aquellos que desde hace años hemos exigido que las cosas se hagan de manera distinta.

Nos damos golpes de pecho presumiendo que somos patrióticamente mexicanos, y demandamos a nuestros gobiernos que defiendan riquezas nacionales como el petróleo, “que es nuestro”, y cuando el Presidente inicia una campaña contra el robo de la gasolina lo descalificamos. Nos quejamos que hay desabasto, que hay largas filas para comprar un poco, y hasta propagamos rumores de que el país se desestabilizará.

¡Eso es el cambio! ¿O qué?, ¿creímos que el Presidente iba a llegar con una varita mágica a cambiar todo?, ¿así somos de ingenuos?, ¿y con esa mentalidad somos muy críticos?

Hemos llegado al grado de enjuiciar al Ejecutivo nacional y determinar que es culpable incluso de la tragedia de Tlahuelilpan, Hidalgo. Es bueno ejercer la crítica, pero la crítica responsable. Sí, parece un cliché, pero siempre es preciso recordarlo.

Todos pensamos distinto respecto a ciertos tópicos, pero hay que reconocer nuestras limitaciones; si no conocemos más allá de lo que escuchamos o leemos en redes sociales, difícilmente podemos emitir un juicio.

La desgracia, en la que varias decenas de personas murieron y otras tantas resultaron severamente heridas, requiere una investigación a fondo, en la que los especialistas difícilmente se pondrán de acuerdo sobre las causas y los responsables directos. Por eso no esperemos resultados inmediatos.

Habrá causas mediatas e inmediatas; culpables por omisión, materiales e intelectuales. Nada fácil, como para acusar –que no es lo mismo que opinar– a la ligera.

Lo verdaderamente alarmante sobre las desgracias que ocurren en México, es que ahora nos están dividiendo, cuando antes nos unían; recordemos los terremotos como el de la Ciudad de México (entonces Distrito Federal) aquel 19 de septiembre de 1985, tras el cual nadie buscó culpables o criticó sobre escasa o nula ayuda del gobierno, la gente simplemente se sumó a ayudar y a reconstruir.

Desgraciadamente ahora hacemos grupos y tomamos partido para destruir, no para solidarizarnos y ayudarnos mutuamente. n