Ni buenos ni malos

Escrito por  José de la Paz Pérez Dic 17, 2018

Tal parece que a muchos no nos ha caído el veinte: las campañas políticas ya terminaron. Para bien o para mal, ya hay un ganador en la Presidencia de la República, en los congresos federales y locales, y en las alcaldías.

Durante la contienda se vale de todo, por eso es una guerra: la guerra electoral.

Las cosas iban más o menos bien –o más menos mal, según el enfoque de pros y contras de Andrés Manuel López Obrador– hasta que surgió el tema de los ministros de la Suprema Corte de Justicia, sus altos sueldos y la posibilidad de bajarlos para cumplir la Ley Reglamentaria de los artículos 75 y 127 de la Constitución, creada por el pleno de la Cámara de Diputados, en el sentido de que “ningún servidor público podrá recibir remuneración (…) mayor a la establecida para el Presidente de la República en el presupuesto correspondiente”.

Sin meternos en detalles sobre quién tiene la razón o no, pues no somos especialistas en el tema, diremos que la división que traíamos los mexicanos desde las campañas políticas se agudizó: por un lado, quienes aplauden al Presidente por su valentía al enfrentar, dicen, la severa corrupción que viene arrastrando el Poder Judicial Federal desde hace muchos años, y, por otra parte, quienes critican al jefe del Ejecutivo por “entrometerse” en asuntos de otro poder.

México se dividió entre “buenos” –entre quienes todos nos queremos colocar– y los “malos”, que siempre diremos que están enfrente.

Pero no se trata de buenos y malos porque ¿quién determinará en qué bando estamos?

Todo es subjetivo. Cuando López Obrador era la oposición, muchos mexicanos lo pusieron en el lugar de los “buenos”, el que iba a sacar a los “malos” de Los Pinos.

Ahora, en su investidura de presidente, se ha convertido en el “malo”: el que canceló la construcción de un aeropuerto, el que quiere bajar los sueldos a todo mundo, incluidos los ministros de la SCJN, los encargados de impartir y repartir la justicia, esos que “han hecho valer las leyes” de México de manera tan “pulcra”.

En las redes sociales diariamente se lanzan ataques a cada paso que López Obrador da; a sus seguidores les echan en cara que “se equivocaron” al elegirlo, que llevará a México a la ruina y que muy pronto se arrepentirán; en respuesta, los llamados amlovers les recuerdan lo malo que gobiernos priístas y panistas hicieron en el pasado.

Pero el problema no es defender posturas, pues así es el debate, y cada quien cree en lo que quiere; lo verdaderamente preocupante es el tono que se maneja, los insultos, los malos deseos para quien no piensa igual que nosotros, las amenazas, la división, sí, la división que no conviene a México; nos cansamos de decir que la unión hace la fuerza, pero lo que hacemos es dividirnos cada día más sólo por no admitir que a veces nos equivocamos, cuando equivocarnos es algo que la naturaleza humana conlleva.

Con Enrique Peña Nieto nos ensañamos; destacamos sus errores y defectos. Y no es que no se haya equivocado en parte de sus acciones al frente de México, sino que muchas veces se magnificaban estas fallas o se sacaban de contexto o se mentía; esto también hay que decirlo.

Con López Obrador pasa lo mismo: quienes no votaron por él agrandan sus errores y minimizan sus aciertos en momentos en que aún no se puede calificar su obra de gobierno porque está en el arranque del mismo.

Los seguidores y detractores del nuevo gobierno tenemos que entender que este país no es un ring, que no estamos los mexicanos para pelear sólo por tener una “razón” que no es la razón, sino para caminar hacia un mismo rumbo, que es el progreso de México y la unidad de los mexicanos, aunque tengamos distintas visiones de país.

Tras cada cambio de autoridades alguien dice: es hora de trabajar por México. ¿Y a qué horas lo hemos hecho? Criticar o tirarle a todo lo que se mueve no es buen comienzo, ni es cuestión de defender libertades como la de expresión; es sólo afán de molestar, y de paso eludir nuestra responsabilidad como mexicano que quiere lo mejor para su patria.

Cuando otros estuvieron en poder se nos pidió un voto de confianza, y lo dimos, quizá de mala gana, pero ahí hemos estado; ahora es lo mismo, hay que trabajar con quien está dirigiendo las riendas del país; criticando e insultando a López Obrador no vamos a hacer que las cosas cambien, sobre todo si la crítica la hacemos con el hígado.

El nuevo gobierno va a cometer muchos errores, desde luego. No se equivoca quien no hace nada, nos han dicho muchísimas veces. No se le ven los defectos o las fallas a quien no actúa, o al que no ostenta el poder.

El torero, que es la estrella de la plaza, es el más criticado: el público ve cada uno de  sus movimientos, y cualquier falla estará siendo observada y comentada; no sucede así al que está en la tribuna, a quien nadie verá sus defectos, ni los señalará.

Así sucede cuando estamos en las redes sociales criticando cada movimiento del gobierno, muy cómodos porque estamos en una posición de francotiradores, a la sombra y al acecho.

Pongamos un ejemplo cotidiano: cuando estamos frente al televisor viendo el futbol criticamos por la forma en que marcó el árbitro, la forma en que el director técnico colocó a los jugadores, la forma en que le pegó al balón un delantero o por el gol “facilito” que le metieron al portero. Hablamos como si nosotros hubiéramos podido hacerlo mejor.

Bendita la libertad de expresión, sí, pero aquí no se trata de buenos y malos. Se trata de México, de cómo lo queremos ver y de qué estamos dispuestos a hacer para que así sea. n