Díaz Ordaz y el Metro

Escrito por  Oct 09, 2018

En abril de 1967 fue creado el Sistema de Transporte Colectivo Metro, un organismo público descentralizado con personalidad jurídica propia, iniciándose las obras en julio del mismo año, y apenas 29 meses y medio después, el 5 de diciembre de 1969, el presidente de la República Gustavo Díaz Ordaz, acompañado de distinguidos miembros de su gabinete, incluido, desde luego, el regente de la ciudad, general Alfonso Corona del Rosal, inauguraba la Línea 1, que comprendía 16 estaciones con una longitud de poco menos de 12 kilómetros.

Para agosto de 1970 se puso en funcionamiento la Línea 2, que va de Tacuba a Tasqueña. El 20 de noviembre de ese mismo año, la Línea 3, sumando al sistema 7 estaciones más y casi 5 kilómetros de extensión.

La megaobra, que muchos creían imposible, incluía también instalaciones diversas, como talleres para el mantenimiento de equipos y sistemas de diversa índole, para la distribución de energía eléctrica y oficinas administrativas, así como obras para la desviación de las redes de agua potable y drenaje, todo esto sin suspender los servicios públicos de las zonas aledañas. En un tiempo récord, y para asombro de todos, se concluyó una obra, que si bien recurría (en parte) a financiamiento externo, era perfectamente manejable.

La obra en su conjunto, comparada a otras similares en ciudades del mundo, resultó ser mucho más barata, por no hablar del costo del boleto al usuario.

Bien, pues la semana pasada nos enteramos que las enormes placas de bronce que han estado en dichas estaciones desde entonces han sido retiradas, por una absurda orden del jefe de Gobierno interino, José Ramón Amieva. En buen momento, y vaya de qué forma, busca este señor, al que la ciudadanía nunca eligió por ninguna vía, buscar el aplauso y el reconocimiento fácil: los 50 años del movimiento estudiantil de 1968, movilización social en parte copiada de una moda extranjera (Praga, París) y aprovechada en México para alimentarla por medio de elementos infiltrados, es decir al fin de cuentas creada en enorme medida por el mismo gobierno (la Secretaría de Gobernación) con fines perversa y claramente sucesorios.

Y no es casualidad que en el sexenio siguiente, de Luis Echeverría, el Metro no haya avanzado en su construcción ni un solo metro, y que el general Corona del Rosal haya sido eliminado del mapa político mexicano.

Echeverría Álvarez, funcionario opaco, siempre pretendió desmarcarse de su antecesor, resultando a la postre y en comparación, un sexenio desastroso.

El secretario Echeverría hacía crecer el movimiento estudiantil para conseguir una carambola de tres bandas: por un lado, malinformando al presidente, luego le “resolvía” el gran problema que amenazaba la estabilidad social y la mismísima Olimpiada, y por el otro, siendo Corona del Rosal el considerado sucesor natural de Gustavo Díaz Ordaz a la Presidencia, lo eliminaba de la contienda por dos razones: una, el ser militar (general de división), y la otra, por ser el regente de la ciudad capital, teatro principalísimo de toda la trama del consabido y tóxico 68.

Somos testigos hoy, repito, de un acto arbitrario y de injusta bestialidad, del retiro de las placas que conmemoran una de las grandes obras del presidente Gustavo Díaz Ordaz (tal vez la principal víctima de los trágicos eventos de 1968), porque ya quisiera yo saber de una obra siquiera que se le acercara a la del multicitado sistema de transporte y que merezca unas placas conmemorativas como las que hoy de forma ignominiosa se quitan, identificada con la presente aun administración capitalina, que será recordada como una en la que la Ciudad de México retrocedió en no pocos rubros. No, señor Amieva, quitando usted unas placas históricas no hace que el ciudadano capitalino, o de otras partes de México, se olvide de las abismales diferencias entre otras grandes gestiones del pasado en la ciudad y la actual, ni mucho menos de obras históricas de hace ya décadas sin las que hoy la ciudad y el país sencillamente resultarían impensables dada su incalculable utilidad, como es la del SCT.

Así no; eso sólo supone el pretender tapar el sol con un dedo.