Delitos contra la seguridad de la nación

Escrito por  Eduardo López Betancourt Abr 26, 2021

A lo largo de la historia de todas las naciones del mundo, en cada una de ellas siempre se ha procurado evitar o acabar con todos aquellos actos que afectan o ponen en riesgo, por insignificante que sea, la seguridad de la nación.

Podría decirse que la represión de cualquier tipo de acto que atente contra la seguridad de la nación es tan antigua como la misma existencia del Estado. En el derecho oriental, todo acto de autoridad que vulneraba la seguridad de la nación era considerado una ofensa a la divinidad, por la esencia religiosa del gobernante, así como del Estado. En Grecia, se llegaba a sancionar hasta con la pena de muerte este tipo de ilícitos.

En Roma, hasta el periodo de las Doce Tablas se conocían únicamente dos tipos de delitos contra el Estado: el perduellio (perduelles eran los enemigos del pueblo romano o de la patria), el cual comprendía todo acto contra la seguridad de la nación; y el parricidium, que era el asesinato del jefe del Estado. Ambos eran castigados con la pena capital, conocida como suplicium.

Durante el último periodo de la República aparece el crimen majestatis, introducido por la lex Apuleja y extendido por Sila, por medio de la lex Cornelia de Majestare, que abarcaba todo acto hostil contra el Estado. Ulpiano lo define como el que se comete contra el pueblo romano o contra su seguridad, y su pena era la expulsión del territorio romano, interdictio aqua et ioni.

Posteriormente, al abolirse la lex Julia Majestatis, el delito de perduellio desaparece dentro del crimen majestatis, y durante el imperio romano, éste comprende no sólo los atentados contra el Estado, sino también todos los atentados contra la vida del príncipe. Se aplicaba la pena de muerte a los reos de este delito.

En el derecho germánico, primero se presenta el ilícito contra el Estado como un tipo de infidelidad al rey y se castiga con la pena máxima; empero, también se indicaba que los atentados contra la vida del rey se podían subsanar pecuniariamente; no obstante, como el precio era tan alto, nadie lo podía pagar y, por tanto, era inevitable la muerte. n