Breve historia del delito de robo

Escrito por  Eduardo López Betancourt Mar 08, 2021

Este delito podemos remontarlo al tiempo en que surgió la propiedad privada, la cual para muchos autores se considera a partir de que el hombre se hizo sedentario y comenzó a criar animales y a cultivar las tierras; empero, otros, como Francesco Carrara, opinan que el hecho de que algunos grupos de hombres se hayan dedicado a la pesca o a la caza no denota que no hayan tenido la idea de lo que significa el dominio, es decir que ellos utilizaban armas como arcos, flechas, redes, etcétera, las cuales consideraban como propias y no dejaban que algún otro hombre se las quitara, como ya lo expusimos anteriormente. En consecuencia, podemos expresar que el robo es uno de los delitos tan arcaicos como la humanidad misma. En la antigua Grecia, el hurto se castigó en Atenas y Esparta; sin embargo, se cree que los lacedemonios no lo sancionaron, sino cuando el ladrón era sorprendido en flagrante robo, o en cualquiera otra circunstancia en que se comprobara el mismo.

Dentro de las primeras legislaciones se estimó el delito de robo de una manera distinta. Así, en el derecho romano se concebía como un delito privado, concediendo la acción únicamente al perjudicado, ya fuera propietario, proveedor, o quien tuviera interés en que no se distrajera el bien jurídico.

En la Ley de las XII Tablas se dividía el delito en furtum manifestum y furtum nec manifestum, figuras que se distinguían en el hecho de que se sorprendiera in fraganti o no, respectivamente, al agente del delito.

Es muy singular el hecho de que en el delito de hurto se incluían los delitos ahora conocidos como abuso de confianza y fraude, entre otros, por tener un elemento común, que era el ataque lucrativo contra la propiedad.

En ese derecho se incluían como elementos del robo la cosa, la cual debía ser un bien mueble, quedando implicados los esclavos; la sustracción de la misma en la cual se consideraba el furtum rey, cuando el sujeto hacía maniobras sobre un objeto ajeno, con la intención de apropiarse de él. También se incluía el furtum usus, cuando el agente se sobrepasaba del derecho que tenía sobre las cosas, sin el ánimo de apropiarse de ella. Y por último, el furtum possesiionis, cuando el propietario de una cosa que había consentido a otro usarla, violaba este derecho; la defraudación, consistente en que el agente efectuara el delito con la intención de un enriquecimiento ilegítimo; y, el perjuicio, es decir que de la comisión del delito resultara dañado algún bien de otra persona.

En el antiguo derecho romano no se hacía distinción entre robo o hurto cometido con violencia o sin ella. Pero posteriormente se hizo esta distinción, denominando el robo sin violencia, como hurto; y al robo con ésta, como rapiña.

En la Lex Cornellia de Sicaris se impusieron penas muy duras contra el robo con violencia, castigándolo con la pena capital por medio de la horca o de las bestias.

Justiniano consideró al hurto como la sustracción fraudulenta y sin violencia, y mandó castigarlo con penas diferentes a la mutilación o la muerte.

“El derecho germánico concibió también el hurto como sustracción de cosas muebles ajenas y distinguió entre hurto clandestino o en sentido propio (Diebstahl) y hurto violento o robo (Raub, Robbaria). La pena era casi siempre pecuniaria, graduable según el valor de lo robado. Y cuando concurrían agravantes minuciosamente previstas, podía imponerse la pena capital, que se aplicaba al reincidente reiterado, o de modo preciso, al que recaía en el tercer hurto”.

El derecho penal francés en sus inicios no declinó claramente o específicamente el delito de robo, debido a la influencia que tenía del derecho romano, incluyendo en éste figuras como el abuso de confianza y la estafa.

Posteriormente, con el Código de Napoleón entre los ilícitos contra las propiedades encontramos el robo, las estafas, las quiebras y los fraudes, así como el abuso de confianza, agrupadas en un capítulo; y por último, las destrucciones o perjuicios a las cosas.

“El artículo 379 del Código francés citado describe el delito de robo así: Quiconque a soustrait frauduleusement une chose qui ne lui appartient pas est coupable de vol”, o “cualquiera que sustrae fraudulentamente una cosa que no le pertenece es culpable de robo”. De esta manera el derecho galo disminuyó la extensión del antiguo furtum romano. El robo se limitó a un único caso, el de la sustracción fraudulenta, el del manejo por el cual se quita una cosa a su legítimo tenedor o propietario sin su consentimiento.

Respecto a las definiciones dadas por los diversos autores, es necesario hacer hincapié en que nuestra legislación, inspirada en el Código de Bonaparte, no establece una diferenciación entre hurto y robo; sin embargo, no todas las legislaciones siguieron este criterio. Un ejemplo es la legislación española, como señala Francisco Muñoz Conde: “La distinción robo-hurto en el derecho penal español no se puede comprender plenamente sin un examen histórico de la cuestión. En el derecho romano estos delitos permanecían, en principio, indiferenciados y sólo después por influencias germánicas comenzaron a distinguirse. Aunque en el derecho romano la noción de furtum abarcaba las más diversas modalidades de sustracción patrimonial, siendo en principio un delito privado, posteriormente y por obra del derecho pretorio, se fueron separando las figuras más graves, para pasar a la categoría de delitos públicos, sobre todo en los casos de violencia en las personas. En el derecho germánico, por el contrario, se conoce la distinción de hurto-robo, pero se entendía por robo el de violencia en las personas solamente. En la Edad Media existe un confucionismo que perdura hasta la Codificación. En el Código Penal de 1822 se recoge por primera vez la distinción entre hurto y robo; pero, además, y por influencia del Código Penal francés, se caracteriza este último por la distinción entre robo con fuerza en las personas y las cosas, sistema que ha perdurado después en todos los códigos posteriores.

En el Derecho Canónico se distinguió el robo oculto del robo visible, y se castigó con menos severidad el visible; así mismo, algunos autores han considerado que, por su gran influencia del cristianismo, resaltó en gran medida a la intención del ladrón. No obstante, también reguló el robo de indigente, aquel que roba alimentos y vestido, y estimó también la devolución de la cosa robada.

Por lo contrario, en la Edad Media se castigó al hurto agravado con penas como la amputación de la nariz o de las orejas, la pérdida de un trozo de carne, el estigma (señal en el cuerpo, impuesto muchas veces con hierro candente) o la horca. Posteriormente, en el siglo XVIII, se abolió la pena de muerte para el delito de hurto simple. n