Hacia una plenitud democrática

Escrito por  Ginés Sánchez Oct 28, 2020

Tres personajes son, a la luz de acontecimientos clave que han posibilitado avances democráticos reales en México, así el proceso haya sido innecesariamente doloroso: Andrés Manuel López Obrador, Porfirio Muñoz Ledo y Ernesto Zedillo. Sin sus osadas pero firmes decisiones y voluntad política, quizás estaríamos muy atrasados aún en dicha asignatura.

La democracia se entiende, a grandes rasgos, como el poder público ejercido desde la base, representativa por necesidad, pero participativa y directa también, con todo y los claroscuros y aun riesgos que esto pueda suponer (el Brexit, un buen ejemplo).

En México, la democracia participativa –esto es mediante consultas, referéndums, iniciativas populares, revocación de mandato, presupuestos participativos y algún otro instrumento– que se legisló en México en el sexenio de Enrique Peña Nieto, pero mucho más como una cesión hipócrita y demagógica a los ciudadanos que como mecanismos que realmente permitieran la participación ciudadana directa en algunas decisiones del proceso político mexicano.

Tan difusa fue dicha reforma, que recientemente la SCJN tuvo que entrar al quite, para resolver una polémica iniciativa presidencial relativa a una consulta que pretende recabar la opinión de las mayorías en cuanto a la eventual aplicación de la justicia a los ex presidentes.

Si dicha legislación no hubiese sido redactada tan ambigua, difusa y con lagunas jurídicas de principio a fin, muy probablemente la participación de la Suprema Corte no habría sido necesaria.

Lo cierto es que México parece estar experimentando sus primeros años en un clima de democracia, algo nuevo para este país, heredero de absolutismos seculares; las instituciones funcionan, cada día más, vigorosamente, y no sólo de manera simulada, haciendo ver que no pocas veces a nuestras leyes como vil letra muerta.

La división de poderes ahí está, el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial autónomos; el federalismo haciendo valer sus facultades al límite; la libertad de expresión como nunca antes la habíamos visto; el Presidente, como cabeza del Poder Ejecutivo federal y como jefe del Estado mexicano, saliendo, a diario, a rendir cuentas; la iniciativa privada (el gran capital) sujetándose de nuevo a un Estado de derecho que ya sólo era una entelequia para ellos, donde las prácticas de defraudación fiscal eran más regla que excepción, y donde también el Estado no era más que un cofre de oro abierto y sin guardianes.

En el Congreso se hacen a diario propuestas de todo tipo, se modifican, aprueban o desechan iniciativas presidenciales; los órganos autónomos cumplen sus funciones; el debate público se enriquece (o se empobrece por algunos actores extraviados) todos los días. Todo esto es parte de un sistema que aspira ya al de una democracia plena, y da sus primeros pasos en ese sentido. De ahí que una de las figuras adoptadas por el primer gobierno de la 4T sea Madero, que lo es, no por su ingenuidad y torpeza, sino por sus fuertes y claras convicciones democráticas, acaso demasiado adelantadas a su tiempo y circunstancias.

La democracia, a partir de las reformas impulsadas por el doctor Zedillo Ponce de León, había sido prostituida, desvirtuada y vejada.

Una descripción a la nueva democracia mexicana (1997-2018) bien pudo ser esta: “la democracia acaso deba entenderse así: los vicios de unos pocos, puestos al alcance de todos”, como lo sentenció el dramaturgo francés H. Besque, mucho más que como un ideal a alcanzar (así jamás se llegue a esa meta), que permita mucho menos peor sistema del manejo de la cosa pública; o como para la posteridad Aristóteles: “la democracia tuvo su origen en la creencia de que, siendo los hombres iguales en cierto aspecto, lo son en todo”; o como dejó asentado el pastor liberal protestante estadunidense Harry Emerson Fosdick: “la democracia se basa de que existen posibilidades extraordinarias en el pueblo medio”.

En fin, también debemos de estar conscientes de que la democracia liberal no es el único régimen que puede hacer a un Estado funcionar eficazmente, pero sí parece ser cierta la afirmación aquella de Sir Winston Churchill, de que la democracia es el peor sistema de gobierno inventado por el hombre (en la Grecia antigua), a excepción de todos los demás, que dada la naturaleza humana parece no dejar de tener vigencia.

México va ya en ese camino, el sistema de pesos y contrapesos empieza a funcionar a plenitud, y al parecer ya no hay una vuelta hacia atrás. n