Echeverría y el 68

Escrito por  Ginés Sánchez Oct 14, 2020

Tres ejemplos de los movimientos sociales de 1968 son Checoslovaquia, París y México, cada uno con matices distintos; en Praga se representaba la lucha por la liberación del yugo impuesto por la Unión Soviética, con la bandera de un “socialismo con rostro humano”; en Francia la causa era menos clara y objetiva: representaba la insatisfacción con el orden conservador y los excesos del capitalismo y el consumismo, que había olvidado, a su juicio, la promesa humanista de la lucha contra el fascismo; con vagas consignas como “la imaginación al poder” o “prohibido prohibir”, se lanzaron a las calles, detonando otros movimientos estudiantiles en casi todo el mundo, como el de México, donde los estudiantes veían prácticas autoritarias, represivas y antipopulares.

Lo que no ponderaban los estudiantes mexicanos de entonces era la indudable estabilidad política en las últimas décadas, donde, si se le comparaba a México con el resto de Latinoamérica era (como lo llegó a afirmar, poco más tarde, Porfirio Muñoz Ledo) una “isla de democracia y paz social en América latina”, y tampoco valoraban en su justa dimensión los logros económicos, que precisamente una revolución verdadera y profunda había engendrado: un crecimiento económico en un entorno de paz social, que dio lugar, en combinación por las ventajas que dio a nuestro país la época de la posguerra al llamado internacionalmente “milagro mexicano”; salarios que se incrementaban (en términos reales) en más de 6 por ciento anual, mucho menor corrupción a la actual, confianza económica por las nubes, una clase media cada vez más amplia y con acceso a todo tipo de bienes, una balanza comercial equilibrada, tipo de cambio estable frente al dólar desde 1954, inversión extranjera fluyendo, bajísima inflación, deuda externa completamente manejable, y en fin: finanzas públicas sanas. Todo esto daba a los estudiantes y jóvenes en general un inmejorable horizonte de oportunidades, declarando incluso el presidente Díaz Ordaz: “los jóvenes reciben cada vez mejores oportunidades de preparación; son, pues, en mayor grado, deudores de la nación”. Basta leer el pliego petitorio del movimiento estudiantil mexicano: nada en concreto, peticiones vagas y hasta absurdas, e incluso algunas inviables y francamente ilegales.

El movimiento del 68 en México está, pues, sobredimensionado en cuanto a su impacto y logros, carecía de una base social real. Al día siguiente de la brutal matanza todo el país siguió su marcha habitual y cotidiana, como si absolutamente nada hubiera pasado; ¿por qué creció tanto el movimiento, y por qué Díaz Ordaz reaccionó así? Una versión (cada día más creíble) es que el entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría, conociendo como nadie los entretelones del poder, al estar por varios sexenios dentro de los sótanos de la Segob, alimentó el movimiento y también (des)informó al Presidente aprovechando su personalidad paranoica, infiltrando a su vez agentes entre los manifestantes, que no sólo agitaron de más y radicalizaron a los estudiantes, sino que ya la misma tarde de aquel 2 de octubre dispararon al Ejército haciendo que este arremetiera, seguros que lo hacían en legítima defensa, contra los indefensos jóvenes congregados aquel 2 de octubre en la plaza de Las Tres Culturas en Tlatelolco, ganándose Echeverría así el favor del dedo sucesorio de Díaz Ordaz, al “resolver de forma efectiva” el problema, a unos días de ser México sede de los Juegos Olímpicos.

¿Qué logró el movimiento del 68 en estos tres países? Fueron, sí, un factor y un eslabón (pero no más que eso) que ayudó a abrir paso al camino de la normalidad democrática y la crítica social por las vías institucionales. Al 68 siguieron en México las guerrillas rurales y urbanas, que con una utopía en mente y con el ejemplo de la revolución cubana querían cambiar al país por la vía armada, provocando la represión dentro de la llamada “guerra sucia” en la década de los 70.

Con la Reforma Política Integral y su Ley Loppe, impulsada por Jesús Reyes Heroles desde Gobernación en 1977, se empezó a dar un cauce civilizado al pluralismo de ideas.

Más, mucho más, influyó el terremoto de 1985 en la ciudad de México para impulsar una nueva cultura ciudadana, con el establecimiento de un verdadero esfuerzo comunitario, de solidaridad y autogestión, que vino derivando después en una gradual transición, aún hoy inacabada, aunque sí por fin, desde el inicio del presente sexenio, con sustanciales avances hacia una normalidad democrática.

El estudiantado mexicano ha sabido ponerse a la altura, encabezando movimientos como el #YoSoy132 u otros, como el de los jóvenes del IPN, con demandas, estas sí, específicas y viables, siendo partícipes mucho más activos de nuestro proceso político.

Así, pues, dicho sea de paso, las marchas que “conmemoran” cada año el 2 de octubre no hacen más que ensuciar a aquel noble, pero ingenuo movimiento estudiantil, y encuentra la antítesis a estos eventos, que no pocas veces generan violencia estéril, en la imponente Marcha del Silencio de aquel año, e imitan más bien la conducta represiva del gobierno encabezado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz. El 68 está, pues, sobrevalorado por muchos en su real influencia en la historia contemporánea de México. n