Rockdrigo González

Escrito por  Ginés Sánchez Sep 23, 2020

Reconocido y querido por escritores como José Agustín, Ángeles Mastretta y otros tantos, el músico mexicano, ya de culto, Rockdrigo González, originario de Tampico, Tamaulipas, también conocido como el sacerdote del rock o el profeta del nopal, se nos adelantó la fatídica mañana, más cercana al mismísimo fin del mundo que otra cosa, para la ciudad de México, la del 19 de septiembre de 1985 (hace ya 35 años), al derrumbarse el edificio en el que vivía en la colonia Juárez del todavía llamado Distrito Federal, en la calle de Bruselas (entre Berlín y Liverpool, para ser más precisos), ciudad adonde había llegado después de tocar en algunos grupos de su natal Tampico, con influencias del blues, del rock norteamericano y de la música tradicional tamaulipeca.

Fue de los precursores del llamado movimiento rupestre y le cantó irreverentemente tanto a los intelectuales como a las amas de casa, a los feos, a las calles sin sol, pero también a “ranchos electrónicos”, “ nopales automáticos” y a “garbanzos matemáticos”.

También dedicó sus rolas a desde el “agandalle transnacional” (¿qué nos podría decir acerca de eso en la actualidad?) hasta a los perros y a las ratas (humanos, más que animales), pero en especial a la gran y caótica ciudad de México, que ya lo había adoptado como su hijo.

Vivió, como decía en una de sus canciones, un poco “prisionero iluso de esta selva cotidiana”, y compuso letras incluso algo melancólicamente premonitorias, porque eso fue antes que “fatal, poeta maldito o apocalíptico”, como algunos lo encasillaban. Eso, más que nada, premonitorio hasta lo inaudito, con letras en sus canciones y poemas como el de un manuscrito hallado junto a él en los escombros de su apartamento, donde compartía su lecho con su esposa, Francoise, de nacionalidad francesa, y que decía: “Mañana podría morir en la gran ciudad... he estado observando cosas misteriosas en gente que le hace a las ciencias ocultas”, o un fragmento de su vasta poesía que reza: “me dijeron que la sintaxis era una señora muy severa, y que en los temblores había que tomar cerveza debajo de las puertas (...)”, u otro inédito por mucho tiempo y también rescatado de entre las ruinas: “Si el día de hoy no fuera un camino sin fin/ Si esta noche no fuera una sombra quebrada/ Si mañana no fuera demasiado tarde”.

Rockdrigo compuso e interpretó también canciones cuya letra contenía enunciados como: “sobre historias de concreto”, “he llenado mis bolsillos con escombros del destino” o “cuando tenga la suerte de encontrarme a la muerte le voy a ofrecer todo el tiempo vivido”, o aquella canción muy famosa llamada No tengo tiempo... y realmente es que no tuvo ya tanto tiempo.

Su hija, la cantante Amandititita, vivió en Ciudad de México, con pavor e incredulidad, el 19 de septiembre de 2017, la macabra coincidencia de la réplica de la desgracia citadina, justo 32 años después, que aunque significativamente menor en cuanto a sus daños materiales y víctimas, fue una experiencia muy traumática también.

En la estación del Metro Balderas existe una estatua en su honor, debido a que es el autor de la canción en honor a ese sistema colectivo de transporte.

Su legado a la cultura popular es indeleble y está inmortalizado en su música; la gran ciudad lo extraña, pero perdura en su legado, a pesar de la diferencia de tiempo y estilo musical, con el gran Chava Flores.

Rockdrigo Gonzalez fue iconoclasta; su ya citado movimiento rupestre, del que fue indiscutible líder y precursor, organizando junto con Roberto Ponce su primer festival en el museo del Chopo, en 1984. Fue una corriente vanguardista, en tanto que apelaba a alejarse del sintetizador y los grandes alardes tecnológicos, ya en boga en la música, y regresar a sus orígenes, instrumentos como la guitarra acústica, el chelo, la armónica y el violín, antecedente más cercano en nuestro país, de hecho, del concepto conocido como acústico o unplugged (desenchufado), que la cadena multinacional MTV puso en moda muchos años después.

Pero aun más allá de todo lo anterior, Rockdrigo González poseía una veta ecléctica, tal vez aún no tanto conocida, ya que, además de la música, incursionó en la poesía, en la pintura, la escultura, a desarrollar diseños de inventos y objetos ornamentales y hasta juguetes.

El cantante y compositor de Tampico, que llegó a la gran ciudad de México a mediados de los años 70, es hoy todo un ícono popular, que murió intempestiva y prematuramente (a sus 35 años), como reza la muy particular picardía mexicana, “de un pasón de cemento”. n