Las utopías han muerto; ¿qué sigue?

Escrito por  Ginés Sánchez May 12, 2020

En un principio, el llamado modelo neoliberal, entró a México como una serie de medidas de urgente aplicación, en un primer periodo, con el presidente Miguel de la Madrid, más de estabilización ante una ‘borrachera’ de excesos estatistas que dejaron estragos tanto en la macroeconomía como en los bolsillos de millones de familias mexicanas, enumerar aquí dichos abusos sería ocioso, pero basta decir que si Cuauhtémoc Cárdenas hubiese ganado en el 88 la presidencia, el país sólo se enfrentaba a perder lo poco que se había recuperado con Miguel de la Madrid. Con Carlos Salinas, los equilibrios en las finanzas públicas se consolidaron, el país crecía a tasas y ritmo acelerados con el indispensable cambio de rumbo; el sexenio 88-94 habría resultado un total éxito casi, si no es por el demencial año de 1994 (y sus nefastas consecuencias en 1995), en el que simplemente al presidente Carlos Salinas se le salió la sucesión presidencial de las manos, llevando al país a perder no poco de lo ya recuperado.

Los utópicos del socialismo se vieron orillados, cómo era natural, a montarse en el relativo pero innegable éxito de ese nuevo paradigma del libre mercado, desincorporación de paraestatales hacía el sector privado y toda esa serie de llamadas “recetas” de los organismos financieros internacionales, y lo hicieron de manera proactiva, confeccionando e implementando, por ejemplo, el también en su momento exitoso Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), que llevaba todo tipo de infraestructura y servicios a las comunidades y colonias más necesitadas, donde el gobierno aportaba los recursos presupuestales y la gente su mano de obra calificada, dando a la vez, empleos temporales bien pagados.

El modelo neoliberal comenzó a desvirtuarse, con más claridad, desde Vicente Fox, cayendo en un proceso decadente de acumulación de capital y saqueo por parte de empresas nacionales y extranjeras, permitiéndoles, bajo la bandera del credo neoliberal, todo tipo de excesos y abusos, reduciendo al Estado ya ni siquiera a un mero rector de la actividad económica y, en general, la vida nacional, sino a un vulgar comité al servicio de una pequeñísima pero muy poderosa élite económica. No es casualidad, que una famosa columna periodística lleve el atinado nombre de México S.A.

El modelo neoliberal llegó al exceso de los extremos, y cómo es sabido, suele suceder que los extremos se toquen, como una serpiente se muerde la cola, los neoliberales terminaron por ser más estatistas que los estatistas mismos a los que combatió en sus excesos en sus primeros años; utilizaron al Estado las élites empresariales, parte de ellas creadas o crecidas durante los inicios del multicitado periodo salinista, para hacer rentables muchas empresas que, y he ahí la más grande paradoja, en un contexto de libre mercado, nunca lo habrían sido, y claro, cómo intermediarios, los jóvenes funcionarios públicos egresados de institutos (nacionales y extranjeros educativos) semilleros de estos talentos mal encausados, que, a manera de premio por los servicios prestados, se les permitió la creación una alta burocracia dorada, mediante no pocas instituciones públicas obesas e improductivas, que no hicieron más que acabar contribuyendo a que el país cayera en algunas de las misma taras del anterior modelo estatista, como el sobre endeudamiento público, que apelaba al nacionalismo revolucionario, que (no sobra decirlo) tantos avances dio a México durante algunas décadas.

Entonces hoy, ya bien entrado el Siglo 21, nos enfrentamos al fin de las utopías, cuando menos cómo las conocimos en la centuria ya pasada: desde el llamado comunismo, que jamás pudo haber existido en la práctica, y se quedó en el llamado ‘socialismo realmente existente’ y su bloque de países, cuyo fin llegó con su fracaso ante su contraparte, el capitalismo, que a la postre, por cierto, resultó por ser triunfador, el más salvaje de todos, hasta el otro extremo, igual de inalcanzable que la utopía comunista, que es (o era) la llamada “competencia perfecta”, en donde se suponía que la mano invisible del mercado sería la panacea; los fracasos del modelo, en Chile y México, por ejemplo, dos de los alumnos más aplicados en dicho dogma neoliberal, han dado de sí, nos hacen ver que los modelos dictados o copiados desde el extranjero no nos llevarán hacia puerto seguro, lo que parece venir a continuación, máxime con la irrupción de la pandemia, son modelos propios, ajustados a las realidades de cada país e incluso región de un país en específico, modelos “tropicalizados”, se les pudiera llamar, en donde una especie de pragmatismo utópico sea la guía y hoja de ruta.

De entrada, ya hago énfasis, la absurda y hasta cínica contradicción de un modelo que sataniza al Estado a la vez de tenerlo cómo imprescindible para sus fines privados parasitarios, hace que el modelo neoliberal haya llegado a su fin, con un fracaso igual, y muy posiblemente hasta más estrepitoso que los modelos estatistas, hablando de ellos en general, con todos sus matices y grados de implementación, dependiendo del país al que nos refiramos. n