Antaño y hogaño

Escrito por  Javier Soriano Guerrero Nov 26, 2017

Muchos contemporáneos míos siempre comparan las situaciones que vivieron en su época de niños y jóvenes, con la que actualmente viven sus hijos y nietos.

Yo también me he puesto a pensar en los diferentes ambientes en que cada uno, en su época, se desarrolló, así que, con el permiso de ustedes, les comentaré lo que me tocó vivir.

Para empezar, en aquellos tiempos, las únicas calles pavimentadas de Acapulco eran la Costera, la Cuauhtémoc y la Ruiz Cortínez, así que en las colonias y en el centro, inclusive, jugábamos en la pura tierra, a pie pelón, con amiguitos y amiguitas, todo con la inocencia de la edad, sin que se presentara en los juegos algún malentendido o pleito por ser alguien mejor que el otro.

A veces dejábamos la tarea para hacerla en la noche con tal de no dejar de jugar y convivir con demás. Tomábamos agua de la manguera, y nunca nos enfermamos por tomar agua de la llave.

Los vecinos mayores se sentaban afuera de sus casas, no digo banquetas porque no existían en ese entonces, a contemplar los juegos infantiles que se desarrollaban en la calle.

El 10 de mayo, Día de las Madres, se organizaban grupos de jóvenes con sus guitarras para ir a cantarle Las Mañanitas a las mamás desde los primeros minutos del día diez. Recorrían calles y colonias de Acapulco sin problema, a cualquier hora de la madrugada.

En ese tiempo yo vivía en la colonia Progreso, y recuerdo que estaba estudiando y practicando en la oficina de Telégrafos, que estaba en el Palacio Federal, y salía a las doce de la noche. Me iba caminando a mi casa a esa hora y nunca tuve ningún problema en el trayecto, que hice de lunes a viernes, durante como año y medio. Con decirles que hasta confianza se le tenía a la policía.

En la temporada navideña, la mayoría de las calles se adornaban con papel picado o cualquier tipo de papel de colorines para alegrar la vista.

La gente se preparaba para las posadas, las misas y toda la parafernalia de esos días.

Parecía que había competencia entre los vecinos para ver quién ponía el mejor Nacimiento, la casa mejor adornada e iluminada; se repartían las fiestas de las posadas, pues muchos querían participar de la alegría de fin de año.

Con la llegada de las posadas había piñatas, toritos de fuegos artificiales, recorrían las calles los pastores, todos bien ataviados, hombres y mujeres. Eran fiestas populares, donde la gente se amanecía festejando.

Del diario había un ambiente tranquilo en toda la ciudad, por eso precisamente era visitada por turistas, extranjeros la mayoría, quienes podían andar en la Costera a cualquier hora del día o de la noche sin problemas. Había poca vigilancia policiaca en las calles. Cuando uno veía a militares o marinos en las calles, era porque iban o venían de su turno de trabajo. Nada más.

Irse caminando del zócalo a La Quebrada era un placer. Porque la zona del centro estaba llena de negocios de renombre, que siempre tenían movimiento. Muchas de estas tiendas duraron años en funcionamiento, se hicieron referencia para los nativos. Desgraciadamente, con la retirada del turismo también esas tiendas se fueron.

Los barrios históricos de Acapulco eran atractivos para caminar entre sus callejones, con confianza y tranquilidad.

En aquellos años había pocos taxis y caros, así que había que irse a Caleta y Caletilla en autobús. Estas playas y todas las demás eran excelentes para descansar y disfrutar la belleza de la bahía. No había o casi no había vendedores ambulantes.

Caleta y Caletilla era la zona preferida de los turistas en aquellos años; en esa zona estaban buenos hoteles, centros nocturnos, grandes negocios.

Poco a poco y a través de muuuuchas administraciones municipales es que la ciudad empezó a tener calles pavimentadas. Se acabaron las lagunas que se hacían en las calles de terracería que tenía uno que ir saltando cuando se iba a la escuela, para no manchar el uniforme.

La ciudad se fue modernizando, pero, también, las autoridades locales empezaron a abusar del poder y del dinero. Pero esa es otra historia.

Ahora, cuidado. Ni en el día se puede andar en las calles de la ciudad, pese a la vigilancia que mantienen las autoridades, tanto militares como policiacas. Acapulco parece en estado de sitio. Ya se le perdió la confianza a los agentes, ahora imponen miedo.

Las serenatas del 10 de mayo desaparecieron, por razones obvias. Las fiestas navideñas ahora se realizan dentro de las casas, encerrados en cuatro paredes. Las posadas que se hacían antes ya pasaron a la historia. Ya no se puede convivir con vecinos ni familiares en lugares públicos.

Recorrer los barrios históricos es un desafío; andar por los callejones es tentar a la muerte.

Los hoteles mueren de inanición, igual que los buenos restaurantes. Muchas tiendas desaparecieron. Ahora da lástima andar en el zócalo al ver tanto negocio cerrado y la mayoría de locales en renta. ¿Y las autoridades locales?, durmiendo el sueño de los justos.

En fin, dicen por ahí: aquí nos tocó vivir.

Antes, corríamos para jugar, para llegar pronto a un lugar, para hacer rápido los mandados. Ahora, corremos por nuestras vidas.

Ay nanita. n