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Escribo poesía para desterrar el silencio de mi pueblo, asevera indígena mè phaa Foto: Salvador Cisneros Silva

Escribo poesía para desterrar el silencio de mi pueblo, asevera indígena mè phaa

Escrito por  Arturo de Dios Palma Feb 22, 2018

Busco darle voz, ojos y rostro a lo que ahí pasa: Hubert Martínez


Acatepec, 21 de febrero. Hubert Martínez Calleja, indígena mè phaa, escribe poesía para desterrar el silencio de su pueblo, para darle voz, ojos y rostro a lo que ahí pasa y que casi nadie ve, porque ocurre en un lugar donde muy poco llegan: a Montaña de Guerrero. Sus poemas nos trasladan a las historias y la vida cotidiana que transcurre en su pueblo Zilacayota, en Acatepec. Nos cuenta el día a día de sus pobladores, su alegría, del Tlacuache borracho, de la travesía que representa tener un médico a siete horas; de la niña que es vendida para prostituirla. 

Del hombre que sale de su pueblo para convertirse en jornalero. O de cuando llegan los sicarios a un pueblo y se llevan a los niños y le siembran en las manos los Ak-47, la muerte. Su pueblo, Zilacayota, está en un recodo de la Montaña de Guerrero. 

Es un poblado como los demás de la región: lleno de carencias, donde todo falta, donde la vida siempre pone límites.

Donde la resistencia es una palabra clave para la sobrevivencia. Donde se vive sin caminos ni centros de salud, ni escuelas dignas, ni agua potable. Donde los piquetes de alacrán o una diarrea aún son letales. Zilacayota y la Montaña de Guerrero son lugares donde el machismo, la venta de las mujeres, el alcoholismo, la pobreza y el hambre están encarnados, donde los hombres, mujeres, ancianos y niños todavía les duele el estómago por tenerlo vacío.

Es el lugar donde la injusticia se encaramó hace siglos; donde los militares violan a las mujeres, donde las mineras quieren apoderarse de los bosques, del oro, de la plata, donde el narco quiere controlar la amapola. Hubert no ha ignorado nada de eso, sabe que es necesario nombrarlo, porque si no se nombra no existe. Sabe que es necesario mantener viva la lengua me´phaa, porque es la identidad de su pueblo, porque es la herramienta para contar desde adentro lo que ahí pasa. Eso le quedó claro hace un par de años, cuando estaba reunido con unas mujeres de una cooperativa del pueblo indígena de Sutiava en Nicaragua.

Las mujeres le pidieron que les dijera las palabras “árbol” y “pueblo” en mè phaa. Hubert se las dijo y se le vino a la cabeza su pueblo. Le entró el temor de que en Zilacayota desapareciera su lengua y fuera sólo un recuerdo de los abuelos. Cuando regresó a México el recuerdo las mujeres de la cooperativa no se borraba.

Optó por solucionar a la inquietud: comenzó a confeccionar su primer libro de poemas. Retomó unos que escribió desde la preparatoria y otros nuevos. Ese libro lo nombró Xtámbaa, (Piel de Tierra), como la ceremonia que los indígenas mè phaa realizan cuando nace un niño: lo entregan a un “hermano animal” para se acompañen, se ayuden en este mundo. Hubert está consciente del riesgo que corren las lenguas originarias de desaparecer.

Sabe que afuera de los pueblos la vida es distinta, que la discriminación por no hablar español es una realidad cotidiana, que la educación no permite a los indígenas pensar como indígenas, sino como mestizos. Sabe que el mè phaa al no ser una lengua hegemónica no podrá incluirse en la globalización. 

Pero Hubert desde niño ha ido conociendo su pueblo. Zilacayoca es un pueblo pequeño lleno de historias, leyendas y tradiciones. Cuentan que el cerro más alto, el de El Gachupin, sirvió se guarida al héroe guerrerense de la Independencia, Vicente Guerrero y, que 100 años después, lo ocuparon las tropas de Emiliano Zapata para protegerse. En ese cerro, cuentan los pobladores, aún están las formadas las trincheras. Todas esas historias se las contaron sus abuelos, sus padres, sus tíos. Las escuchó en las tardes cuando regresaban del trabajo o en el trabajo. Y cuando se dio cuenta él también las contaba. Fue en la secundaria cuando sintió la necesidad de escribirlas y encontró la poesía como la mejor herramienta. Escribió cientos de poemas que perdió con las mudanzas y que se borraron de los discos duros. Pero cuando murió su abuela recopiló los poemas que tenía y armó un libro en su honor que nombró Gòn natse (Luna que amanece), como ella le dijo que asi quería llamarse. En los poemas contó los consejos de su abuela.