En defensa de la vida

Escrito por  Jul 31, 2018

Con mucha frecuencia, cuando se analiza el tema del crimen organizado también se aborda, de manera casi obligada, el problema de la participación creciente de los jóvenes, sector de la población al que los criminales han tomado como carne de cañón para llevar a cabo sus ilícitos propósitos.

El sicario constituye, por hacer una comparación con un ejército regular, la infantería de la organización, la tropa de menor grado, la que va a la vanguardia, la que cae primero y la peor retribuida. Es desechable, cae por montones y no se lleva nada al morir, ni hereda nada a nadie, porque no posee nada; su corta vida no le alcanza para hacerse de bienes y en su oficio no goza de seguro de vida, ni tiene derecho a indemnización por accidentes de trabajo.

Los criminales se aprovechan de su estado de abandono perenne, de sus carencias en afecto, en atención y en orientación, porque la mayoría de esos jóvenes no tuvo padres amorosos que los guiaran con paciencia por la vida y que los encaminaran por la senda del bien, que les proporcionaran preparación académica y el ejemplo de un buen vivir para ser útiles a la sociedad y para sentir amor por sus congéneres, por el planeta y por el universo.

En el caso de las personas que se oponen a la instalación en Chilpancingo de una clínica en la que se practiquen abortos en apego a lo que permite la ley, es loable su preocupación por la vida desde la concepción. Pero deben ser consecuentes, deben ir hasta las últimas consecuencias: si tanto les preocupa la vida ya concebida que con el tiempo se convertirá en un ser humano, también deberían ocuparse del ser humano ya formado: del niño que no tiene quien lo atienda, lo guíe, lo ame y lo cuide; del joven que no tiene quien lo oriente con paciencia, con firmeza y con amor.

Deberían rescatar a todos esos jóvenes hoy enrolados en las filas de la delincuencia organizada como sicarios, como material de desecho, y proporcionarles esperanza y oportunidades, guía y enseñanza.

Porque esas personas han de saber que los sicarios de hoy son los bebés abandonados de hace años, los que crecieron sin rienda, sin cariño, sin guía y sin educación; y debido a ello hoy los deslumbra la posibilidad de portar un arma escondida bajo la ropa, de tener poder sobre la vida de otros, de poseer dinero y lujos –expectativas falsas, por cierto–, porque sus padres sólo los engendraron y luego abandonaron a sus madres, porque sus madres no querían parirlos porque no sabían cómo harían para manternerlos y educarlos, o porque –aun estando presentes ambos– nunca supieron ser padres.

Las autoridades no deben dejarse chantajear por argumentos emocionales y religiosos. Si la ley dice que el aborto es legal en determinadas circunstancias, basta que el establecimiento y sus usuarias cumplan esos requisitos. Puede abortar toda mujer cuyo producto tenga malformaciones, sea consecuencia de violación –un embarazo no consentido, ni deseado– o ponga en riesgo su propia vida.

Eso ordena la ley. Y si, como ellos dicen, desean un mejor país, deben empezar por cumplir las leyes.