Seguridad electoral

Escrito por  Jul 01, 2018

El sistema electoral mexicano fue en su momento el más seguro del mundo y aún hoy quizá lo sea. Pero es evidente que sus mecanismos de seguridad no corresponden ya a la realidad actual, no sólo por la formidable evolución que en 30 años han experimentado las tecnologías de la información, sino porque durante ese tiempo surgió y creció hasta volverse dominante el fenómeno de la violencia desbordada del crimen organizado en nuestro país.

Los mecanismos de seguridad electoral diseñados por el Poder Legislativos durante las grandes reformas políticas de los años 90 fueron pensados para contener prácticas entonces conocidas como el carrusel, el ratón loco, las casillas zapato, el acarreo a las urnas, la publicidad en las casillas y una lista más o menos larga de ejercicios irregulares de la desfachatez de aquel régimen.

Todas esas prácticas fueron abatidas de manera formidable de entonces a la fecha, porque los poderes ejecutivos fueron excluidos de las instancias que organizan los comicios, y su lugar fue ocupado por ciudadanos de reconocida independencia partidista, así en el nivel más alto como en el más básico, desde el Consejo General del hoy Instituto Nacional Electoral hasta las mesas directivas de las casillas.

Además, en cada nivel del organigrama hay lugar para representantes de los partidos que participan en la contienda, de modo que en cada casilla hay una persona que cuida los votos de cada partido, que vigila el desarrollo de la jornada electoral y que observa el conteo de las pepeletas tras el cierra de la casilla.

Al final, estando todos –integrantes de la mesa de casilla, representantes de partidos y ciudadanos del vecindario– de acuerdo en las cifras de votación, los números se asientan en actas, una copia de la cual se entrega a cada uno de los enviados de los institutos políticos, quienes la llevan a su sede partidaria, donde es contabilizada junto con todas las demás que lleguen de los centros de votación.

En circunstancias ideales, no hay manera de cometer fraude electoral, pues para ello tendrían que estar de acuerdo todos los que participan en la recepción y el conteo de los votos, lo cual es virtualmente imposible, pues no parece que, por ejemplo, el enviado de Morena vaya a aceptar que sus votos sean contados a favor del PAN, o que el representante del PRD avale que los sufragios del sol azteca vayan a dar a la cuenta del PRI.

Sin embargo, el sistema electoral mexicano, que ha sido ejemplo y modelo para otros países, se enfrenta a situaciones inéditas, para las cuales no fue diseñado: el vertiginoso avance de las tecnologías de la información, que ha abierto nuevas posibilidades para actividades fraudulentas, y la entronización de la violencia criminal, que por la fuerza de las armas o del dinero, o de la combinación de ambos, es capaz de burlar prácticamente cualquier norma o ley. Si se diera el caso, por ejemplo, de que todos los integrantes de la mesa directiva de casilla están comprados por los criminales de la plaza, los representantes de partidos están amenazados de muerte y los ciudadanos del vecindario están todos amedrentados, entonces la situación es propicia para cambiar de manera indebida los resultados de cualquier votación.

Esta situación, que puede parecer sólo un ejemplo extremo para ilustrar una hipótesis, es una realidad en algunas regiones de nuestro país.

Por eso sería interesante saber cómo es que el vocal ejecutivo del INE en el distrito 01 federal de Guerrero, Rubén García Escobar, llegó a la conclusión –publicada hoy en estas páginas– de que la disminución en el número de observadores electorales en esa demarcación es consecuencia de la creciente confianza en los resultados de ese organismo.

A veces más significa menos.