¿El hombre más poderoso?

Escrito por  Abr 15, 2018

No constituye precisamente una novedad la afirmación que recién hizo el Grupo Financiero Santander, en el sentido de que lo que pretende el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con sus vacilaciones –reales o aparentes– y con sus desplantes en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte es desalentar las inversiones en México.

Esa intención quedó clara desde que, incluso antes de tomar posesión del cargo, el magnate amenazó con imponer aranceles a los productos que empresas de origen estadunidense intentaran introducir a territorio de Estados Unidos desde México.

Y lo ha refrendado cada vez que tiene oportunidad. La ocasión más reciente fue esta semana que concluye, ante legisladores de estados agrícolas, con quienes se reunió en la Casa Blanca: “nosotros podemos renegociar indefinidamente” el Tratado de Libre Comercio, y mientras el documento no sea firmado, ninguna compañía invertirá millones de dólares para construir una planta automotriz en nuestro país, les dijo.

Así ha sido siempre en la administración pública: un gobernante destruye lo que otro construyó antes.

Ocurrió muchas veces en México, y aún sigue ocurriendo, que se tira al basurero lo que fue invertido en la obra de que se trate.

Trump parece gozar tirando a la basura lo poco de bueno que pudieron haber construido sus antecesores. Nada más tomar posesión del cargo decidió sacar al gobierno de Estados Unidos del Acuerdo de París contra el cambio climático; luego hizo lo mismo respecto del Tratado de Asociación Transpacífico, mientras por otro lado amenazaba con poner fin al TLCAN.

Pero el hombre más poderoso del mundo no se manda solo, y esa es la lección que está aprendiendo, porque se equivocan quienes piensan que un presidente en una democracia moderna es una especie de monarca depositario de todo el poder del Estado, que es culpable de todos los males de una nación, pero que también tiene en sus manos el remedio a todos esos males. Amplios e influyentes sectores productivos de Estados Unidos lo presionan para que no afecte sus intereses económicos al tomar decisiones proteccionistas como las que ha tomado. Y él tiene que ceder, porque –ya se habrá dado cuenta– no gobierna sólo para su base electoral, por más que él quisiera que así fuera; ahí están los otros, incluso los que no votaron por él, y para ellos también debe gobernar, pues en una democracia moderna no es viable un gobierno faccioso.

Pero así como es claro que no tiene la sartén por el mango porque no todos los sectores sociales aplauden sus decisiones, también queda claro que tampoco tiene todo el tiempo que él dice tener cuando habla de negociar por tiempo indefinido el TLCAN, pues vienen las elecciones intermedias en su país –el 6 de noviembre, toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, además de gubernaturas–, y no es muy difícil imaginar el escenario que surgirá de ellas, a partir de la penosa actuación del magnate en la presidencia: que el partido Republicano quede en minoría y entonces él se vea obligado a negociar o incluso a ceder ante los demócratas. El hombre más poderoso del mundo no lo es tanto. n