Responsabilidad compartida

Escrito por  Abr 10, 2018

En la viña del Señor, ni todos somos santos, ni todos somos demonios; más bien, algunos serán más santos que demonios, y otros, más demonios que santos, pero resulta inconveniente medir a todos con el mismo rasero.

En el caso específico de los médicos, muchos de ellos, quizá los más, son profesionistas con vocación de servicio, interesados en ayudar al prójimo y en ser compasivos con el dolor de sus semejantes, ni duda cabe. Pero también los hay, indudablemente, que se olvidan del juramento hipocrático y poco les importa la salud de sus pacientes, pues su prioridad es amasar fortuna en el menor tiempo posible.

Este domingo, grupos de médicos del país salieron a las calles a defender a su colega Luis Alberto Pérez, quien en Oaxaca intervino quirúrgicamente a un niño que posteriormente murió, razón por la cual fue detenido por homicidio doloso.

Los galenos se pronunciaron mediante mantas y proclamas verbales contra la criminalización del ejercicio médico y a favor de la inocencia de su compañero, cuya libertad demandaron.

Bien está, por principio de cuentas, que hagan sentir su solidaridad con su compañero; mal está, en contrapartida, que se hayan erigido en jueces y lo hayan declarado inocente.

No es posible que desde los lugares del país donde se manifestaron, sin investigación de por medio alguna, hayan llegado a esa conclusión; Luis Alberto Pérez está detenido, lo que no quiere decir que haya sido declarado culpable; la autoridad seguramente halló elementos suficientes para privarlo de su libertad y ahora tendrá que probar su culpabilidad o, de lo contrario, liberarlo.

Bien harían los médicos manifestantes en exigir, eso sí, que se investigue de manera minuciosa el hecho y con base en ello se haga justicia; bien harían también en procurarle los servicios de un grupo de buenos abogados y permanecer pendientes del curso del caso para impedir que la justicia se tuerza.

Esa sería una medida más inteligente y adecuada que convertirse en jueces y emitir desde ahora una sentencia en la que salga librado el detenido, sin importar el dolor de los padres del menor.

Los inconformes no buscan justicia, exigen impunidad, previendo que, mañana, otro de ellos podría ir a la cárcel por una situación parecida, pretendiendo ignorar que de que hay médicos negligentes, los hay, sin insinuar siquiera que este sea el caso.

Nunca un médico acusa a otro de alguna anomalía en que haya incurrido; se protegen entre ellos; parecen conducirse mediante pactos no escritos y formación de hermandades; se guardan sus secretos para no pasar apuros con familiares de los afectados y con la ley.

Es legítimo que se organicen para defenderse de probables injusticias, pero que se conduzcan de manera imparcial, no pretendiendo inclinar la balanza en su provecho mediante presiones, ni buscando ocupar el lugar del juez.

También es importante que el caso de Luis Alberto Pérez les sirva de lección para actuar con más conciencia en el ejercicio de su profesión; si Pérez es inocente, injusto sería encarcelarlo; pero si resulta culpable, deberá pagar ante la sociedad, una sociedad indefensa ante los errores o la negligencia de quienes tienen la responsabilidad de velar por su salud.

No son dioses, como dicen, es verdad, pero tampoco se les piden milagros, sino profesionalismo; al final de cuentas, médicos y pacientes están obligados a hacer lo que les corresponde, y unos y otros deberán asumir su responsabilidad; no se trata de medir fuerzas para ver quien puede más, sino de unir esfuerzos y entendimiento en busca del bienestar y la salud. n