Víctimas colaterales

Escrito por  Abr 02, 2018

Poco a poco, conforme se difunden nuevos testimonios acerca del incidente en el que murieron al menos dos integrantes de una familia, el domingo 25 de marzo en Nuevo Laredo, Tamaulipas, cuando un helicóptero de la Armada perseguía a delincuentes que habían emboscado a tres patrullas de marinos, la versión que el instituto armado dio de los hechos se desmorona.

El episodio ha escalado a otro nivel en su ruta hacia el escándalo, al declarar uno de los supervivientes que un militar bajó de la aeronave, se acercó al vehículo baleado e informó: “Es una familia. Nos equivocamos. Llamen a una ambulancia”. Los testimonios, sin embargo, son sólo algunas de las pruebas que se han ido acumulando.

Hasta donde queda claro hoy, ese día murieron ametralladas la madre y dos niñas, de 4 y 6 años, víctimas colaterales de una guerra que no tiene futuro para ninguna de las partes.

De las guerras del Estado contra el crimen organizado, la enfocada al narcotráfico es la más absurda, la más perniciosa y la más condenada al fracaso, por una razón muy simple y muy sencilla: las personas que consumen drogas lo hacen, no forzadas, sino por voluntad propia.

Eso hace la gran diferencia entre ese crimen y los otros de alto impacto, pues en ningún otro caso la víctima lo es por su propia voluntad, si bien la del adicto puede estar distorsionada por el efecto de las sustancias tóxicas que consume. Es, pues, un asunto que tiene que ver con el derecho a la libre autodeterminación personal, y en ese ámbito debería ser resuelto.

Otro hecho ineludible es que en una guerra siempre habrá víctimas y daños colaterales. Siempre civiles inocentes acabarán perdiendo algo o todo. Es una especie de ley universal, aunque los ejércitos traten –si es que lo hacen– de minimizar esas pérdidas. Ocurre ahora mismo en Siria y ha ocurrido en Vietnam, en Crimea, en Corea, en la Revolución Mexicana y en toda conflagración armada.

Por eso es urgente cambiar el paradigma en el caso específico de la lucha contra las drogas. Y una manera muy sencilla de hacerlo es dejar de considerarlas ilícitas; despenalizarlas, pues, como se está haciendo en Estados Unidos y en cada vez más países.

Quienes así lo han hecho ya comprendieron que lo que se pierde con esa guerra es mucho más que lo que se gana; que es mejor que el adicto lo siga siendo en paz, que liberarlo de éstas al costo de miles de vidas.

Ojalá que sirva este gravísimo incidente para empujar a la sociedad a repensar este tema complicado, y para convencer a sus representantes populares y a sus autoridades de la necesidad de cambiar el paradigma. n