Violencia de género

Escrito por  Feb 15, 2018

La batalla que ayer hicieron pública varias mujeres del PRD en su demanda de respeto a la ley en el reparto de candidaturas, si bien se inscribe en la tradición de insubordinación de las bases que tanto ha costado a ese partido, más bien es acorde a los movimientos de resistencia femenina recién creados ante las actitudes abusivas, opresivas y ofensivas de muchos hombres para con ellas.

Esta ola de nuevas protestas ya llegó incluso a los países cuya religión oficial es el Islam, de mentalidad oficial conservadora en lo que respecta al papel de la mujer en la sociedad, al ejercicio de su sexualidad y a su derecho a decidir sobre su cuerpo.

En el ámbito político, las luchas de las mujeres no han cesado desde mucho antes de que su derecho a votar quedara establecido en las leyes.

En el caso del PRD es innegable que muchos hombres –dirigentes la mayoría– se han burlado de las disposiciones legales, como cuando convencieron a mujeres para que gestionaran candidaturas en nombre de la cuota femenina que entonces les correspondía, con el compromiso de que, cuando ganaran la contienda, solicitaran licencia al cargo para que ellos pudieran ocupar, como suplentes, los puestos de representación popular vacantes.

Ellas dieron entonces la lucha por que las mujeres sólo pudieran ser suplidas por mujeres, nunca por hombres, para que el género femenino no pudiera perder las posiciones ganadas con tanto esfuerzo.

Ahora denuncian que, a fin de mantenerlas en la marginación, el PRD las está postulando como sus candidatas en municipios que sabe que están perdidos, para cargar sobre sus hombros el peso de la derrota. Aceptaron cambiarlo todo, con la esperanza de que nada cambiara.

Todas esos son modos de violencia de género, que las mujeres han arrostrado desde que lograron meterse a las contiendas políticas.

Su fin aún no se ve próximo, y las mujeres tendrán que persistir en su exigencia, en su presión y en su denuncia.

Ellas son la mitad de la humanidad –de hecho, son poco más de la mitad–, y por ese solo hecho deberían tener la mitad de la representación y la mitad del poder de decisión, o un poco más, independientemente de si sus criterios o sus escalas de valores o su percepción del mundo parezcan extraños o ilógicos a los hombres. Ellas y ellos, y demás seres vivos del planeta, comparten un destino y una casa común. Y fuera de ese diminuto hogar, perdido en algún confín del universo, nadie de ellos es nada. n