Alianzas

Escrito por  Ene 04, 2018

A estas alturas del desarrollo del sistema político mexicano, a nadie deberían sorprender las alianzas entre partidos de idearios y programas aparentemente opuestos e irreconciliables, básicamente de derecha y de izquierda.

Y no es sólo porque en un sistema democrático y civilizado están ausentes las estridencias, sino porque esta práctica de aliarse se lleva a cabo en México desde hace décadas, aun cuando desde entonces han sido señaladas con dedo acusatorio por críticos de todo signo.

La llevaron a cabo los entonces destacados militantes del PRI que constituyeron la Corriente Democrática de ese partido, con Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigencia Martínez a la cabeza, cuando el sumamente impopular gobierno de Miguel de la Madrid se ocupaba de sentar las bases del neoliberalismo en México y desmontaba el Estado mexicano malbaratando a diestra y siniestra empresas que, a decir verdad, nunca debió poseer y operar el gobierno.

Entonces a la izquierda le pareció correcta e histórica esa decisión, de salirse del PRI y ponerse al servicio de fuerzas políticas progresistas y opuestas al neoliberalismo. Los que defeccionaron del partido entonces oficial se colocaban del lado correcto de la historia.

Más recientemente, la creación de Morena dio oportunidad a militantes del PRD de renunciar a este partido, con cuya praxis ya no coincidían. Y también notables militantes del tricolor acabaron por arribar al partido que encabeza Andrés Manuel López Obrador.

También el que fue el partido de izquiera más grande de México, el del sol azteca, y otro de centro izquierda más pequeño, Movimiento Ciudadano, decidieron pactar una alianza con el partido de la derecha mexicana por excelencia, el PAN, para la elección federal de 2018, con la intención de que esa unión pudiera adquirir rango nacional y se replicara en cada elección local donde fuera posible.

El partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), considerado por muchos como de izquierda, decidió por su lado aliarse con otro pequeño que está más a la derecha del blanquiazul, el Partido Encuentro Social, mientras conservaba su viaja alianza con el Partido del Trabajo (PT).

Así las cosas, el PRI optó por aliarse con su antiguo compañero de batallas electorales, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y con el que fundó la lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo Morales, el Partido Nueva Alianza (Panal), pacto cuya finalidad real ha sido cuestionada, pues coincidió en el tiempo con una resolución judicial que benefició a la maestra, al concederle la prisión domiciliaria.

Y después de consumadas estas alianzas –de las que tiene que resultar una especie de cogobierno– queda muy poco de qué asombrarse.

Es que la política es como la vida cotidiana, en la cual las personas se unen a conveniencia y a discreción, según sea la finalidad que buscan, como también ocurre a diario en los parlamentos de todo el mundo, de lo cual el mexicano no es excepción. Ahora un partido suma fuerzas con otro de distinto programa por apoyar un proyecto de ley en el cual ambos coinciden; ahora se acerca a otro bando por las mismas razones, y así.

En Europa esta práctica está incluso reglamentada. Partidos forman coaliciones electorales y luego cogobiernan, si ganan. En estos días, la canciller de Alemania, Angela Merkel, gestiona formar gobierno con el partido de Martin Schulz, porque no desea gobernar en minoría –es decir en busca de lograr gobernabilidad por medio de tener una mayoría asegurada en el Bundestag–, y nadie se escandaliza por ello, ni tilda tales alianzas como uniones contra natura, como se oye en México, o con un lugar tan común como: “no se juntan el agua y el aceite”.

La democracia mexicana tiene sus limitantes y deficiencias, harto señaladas, por cierto, pero es una democracia tan normal como cualquiera de cualquier país moderno.

Lo único que hoy importa es que se aplique el criterio –un ciudadano un voto– y que el sufragio sea bien contado y bien respetado. n