Una guerra inútil

Escrito por  Dic 31, 2017

La gran diferencia entre las víctimas directas del narcotráfico y las de los otros delitos de alto impacto es que en el primer caso los directamente perjudicados quieren continuar su dependencia de las sustancias adictivas, o no pueden resistirse a ellas, mientras que los afectados por los otros delitos no desean serlo.

Es tan simple que parece verdad de Perogrullo. El secuestrado no desea ser secuestrado; el extorsionado no quiere ser extorsionado, el esclavo nunca quiso ser esclavizado, y así todas las víctimas de todos los otros delitos. Sólo el drogadicto desea seguir consumiendo la droga.

Eso hace al narcotráfico un delito de muy difícil combate, y por esa característica única es que el enfoque que el Estado dé a su combate debe ser distinto de aquel con el que diseña las estrategias para atacar a los otros.

Y la mala noticia es que la oferta de drogas no terminará mientras haya demanda. Y mientras haya sociedad humana habrá demanda.

Por eso es que la guerra emprendida hace décadas en todo el mundo contra el narcotráfico no da resultados, sino que, por lo contrario, el problema se ha agudizado al pasar del tiempo.

Gobiernos de varias partes –países o estados– ya se dieron cuenta de esto. Y han empezado a revertir su postura ante el flagelo de las drogas. Por ejemplo, una veintena de estados de Estados Unidos ya despenalizaron el consumo de mariguana con fines recreativos. Y de ello se ha generado una industria que ya está dejando ingresos a sus empresarios y al Estado por la vía de los impuestos.

Y ahí donde las drogas han sido despenalizadas acabó ocurriendo lo que sucedió con la legalización del alcohol en el vecino país al norte: se acabaron las guerras de pandillas con toda su cauda de destrucción.

Claro, como el nuevo negocio ya no deja los volúmenes de ganancias que dejaba cuando era ilegal, los que se dedicaban a él terminan por dedicarse a otras actividades, siempre las más lucrativas.

En México el crimen organizado se ha diversificado; ya no se dedica solamente al negocio de las drogas; ahora está en la trata de personas, en el secuestro, en la extorsión. Pero el narcotráfico sigue siendo su piedra angular.

Ojalá que no pase demasiado tiempo para que se aplique el remedio definitivo, pues la violencia que genera esa piedra angular ya le ha costado la vida a nueve alcaldes este año, el último de ellos el perredista Arturo Gómez Pérez, de Petatlán, quien, a juzgar por las muestras de dolor de propios y extraños, era muy querido en su comunidad y en su partido.

Por algo será.