Chavela Vargas y Félix Salgado

Escrito por  Ginés Sánchez Jun 05, 2018

Siempre admirador de Chavela Vargas, en el año 2009 me propuse conocerla, y sin más señas me fui a Tepoztlán a preguntarle a la gente del mágico pueblo de Morelos por el lugar de residencia del icono de la música popular mexicana que trascendió fronteras.

Finalmente, y después de no pocas negativas, una amable pero aún algo desconfiada mujer me dio su dirección y me explicó cómo llegar hasta ahí, no sin antes decirme: “¿Pero es en buena onda, no es para algo malo?”. La convencí de que no mostrándole un par de regalitos que yo llevaba para ella en caso de poder verla.

Tomé un taxi, la misma mujer le dio las instrucciones al taxista –pues en Tepoztlán la gente la cuidaba con cariño y celo–, y en cosa de 20 minutos estábamos ahí, a las puertas de su casa, una tranquila villa a los pies del mitico cerro El Chalchi propiedad de su amiga y protectora en los últimos años, la escritora, periodista e incansable promotora cultural María Cortina.

Al tocar el timbre se asomó y abrió la puerta Lorena, una de sus dos inseparables enfermeras y guardianas, como les llamaba Chavelita. “Está dormida”, me dijo amablemente, pero después de un rato de plática me recibió los regalos que llevaba para ella y me dio un par de números de teléfono. Con ellos, a las pocas semanas al fin la conocí.

Tuve la oportunidad de platicar con ella varias veces, en persona y más por teléfono; aun me tocó asistir a dos de sus conciertos, uno en 2010 en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y otro más en una de las ferias del libro, en el Zócalo del entonces Distrito Federal.

Todo lo anterior viene a colacion a partir de una fotocopia que hallé de la dedicatoria de otro entrañable amigo, Félix Salgado Macedonio, de un libro que recién habia escrito, con el título de Los pubertos de mi tierra.

Ameno y picaresco, se lo di a doña Chavela en otra de mis visitas, a lo que, semanas después y en una de las llamadas que yo le hacía periódicamente, Liliana, su otra enfermera y compañera, me preguntó de qué era el libro que le había yo regalado, porque Chavela “soltaba las risotadas en el jardín” al leerlo.

Chavela amaba a Acapulco; aquí trabó amistad con las grandes luminarias de Hollywood en los años 50 y 60, y llegó a cantar en la boda de Liz Taylor con Mike Todd, en 1957, en la casa del actor Mario Moreno Cantinflas.

Amiga de grandes personajes de todo tipo y de varias épocas, fue la mejor amiga de José Alfredo Jiménez, también de Frida Kahlo y Diego Rivera; incluso vivió dos años en la icónica Casa Azul de Coyoacán, donde tuvo cercanía con Juan Rulfo, María Félix y Pita Amor, entre otros muchos, incluyendo al líder exiliado de la Revolucion Rusa, León Trostsky.

Chavela murió en el año 2012, a sus 93 años, al regresar de un viaje que se empeñó en realizar para visitar, y en cierta forma despedirse de sus amigos en la madre patria; sólo que regresó con la salud muy quebrantada, para partir a las pocas semanas.

Chavelita y Félix se quedaron con las ganas de conocerse personalmente, como era lo acordado y deseado por los protagonistas de lo contado en este breve texto.

Esta historia, que puede parecer banal, la comparto al tiempo que me congratulo del regreso del buen Toro sin Cerca al ruedo político, personaje transparente, simpático y de una sola pieza, amante de la vida, bohemio, por qué no decirlo, y sobre todo muy cercano a la gente común y del pueblo trabajador, que puede caminar y lo hace por todo Acapulco y Guerrrero, sin escoltas, ni miedo, que no es poco decir por estos lares.

Así que el autor del último libro que leyó Chavela Vargas está de vuelta, después de retirarse de la política ante la decadencia de su partido, el PRD; hoy, de la mano de Andrés Manuel López Obrador seguirá sirviendo a su gente, ya no sólo desde las trincheras de las letras y el periodismo, sino desde donde pueden sus acciones impactar de mayor y mejor manera, que es en el servicio público.

¡Bienvenido de regreso, Torito, y muchos éxitos en lo sucesivo! n