No más asesinatos. Toño vive

Escrito por  Sergio Ferrer Jun 04, 2018

¿Y si no me hubiera escondido? ¿Me habrían roto la cámara? ¿Habrían disparado a más personas? ¿Se habría evitado su muerte? Las preguntas rondaban mi mente después de los hechos del 7 de junio, el día de las elecciones. Por la mañana, acompañando a una reportera de otra entidad recorrimos Cualac y Olinalá; todo en aparente tranquilidad. Al llegar a Tlapa vi helicópteros e imaginé que algo estaba mal, pero no a la dimensión de lo que se viviría.

Efectivos de la Policía Federal irrumpieron en la colonia El Tepeyac, entraron a las instalaciones de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (Ceteg) pero al no hallar a nadie, se llevaron a varias personas que toparon en la calle e incluso sacaron de su casa, entre éstas varios docentes y un menor de edad, y las trasladaron en helicóptero para Acapulco. Los colonos de El Tepeyac se organizaron y retuvieron a un grupo de casi 30 policías, que fueron llevados a la capilla, a quienes además exigieron solicitar el regreso de los colonos y explicar el porqué de la detención. Otros policías federales fueron llevados a una de las entradas de la colonia por un contingente que les hizo frente y les pidió retirarse de la parte alta, lo cual forzadamente hicieron con las manos en sus gases lacrimógenos e instrumentos de agresión.

Allí llegó Abel Barrera, director de Tlachinollan, luego de ser solicitada su presencia; estableció un ríspido diálogo entre federales y manifestantes, y solicitó a las autoridades informar del paradero de los detenidos y su situación jurídica. Después de un tiempo, hubo diálogos y acuerdos; sin embargo, los policías federales ansiaban subir por sus compañeros, se burlaban de los manifestantes; soldados pasaban en vehículos militares y entre mandos intercambiaban de vez en vez diálogos con federales, además del halconeo del grupo de choque local y civiles de inteligencia.

Nos van a atacar, no hay que movernos, decía una voz femenina; sin embargo, los líderes del Movimiento Popular Guerrerense se habían refugiado al conocerse de las aprehensiones. La noche cayó. Los federales comenzaron a avanzar, varios colonos corrieron a sus casas, jóvenes de barrio mantuvieron cierto aguante frente a los gases, toletazos y avasallamiento de los federales; sin embargo, fueron superados en número, tomé una fotografía de un enfrentamiento en una de las calles que conducen a la capilla y corrí hacia ella porque no tenía fotos de los policías retenidos. En el atrio me encontré con Antonio Vivar Díaz, quien me preguntó: ¿ya subieron los policías? Sí, le dije. ¿A poco? Sí, ya están avanzando. Se oían gritos, la gente buscó resguardarse en un pequeño cuarto, un hombre tocaba las campanas, intenté salir del otro lado, y una reja estaba cerrada; alguien al otro lado dijo: querían pleito, ahora aguántense... Había una barda, la salté y no pensé en posicionarme, me ganó el miedo y me escondí en un baño; el teléfono se había descargado.

Gritos, llantos. Se oyeron detonaciones. Por un pequeño hoyo vi pasar a los uniformados; sentado, escuché que se alegraron después de golpear a la gente: dos carcajadas, gritos; a huevo, pinches indios, no que muy verga, pendejos; otro grito de celebración; una voz dijo ya cumplimos con la misión y dio la orden de retirarse. Dentro del baño que atoré fuertemente; no sabía que Toño había quedado tirado a metros de mí. No quise salir hasta después de cierto tiempo, ya se lo habían llevado.

Le dispararon, los casquillos, la ventana rota... Un joven me dijo: ¡se chingaron a Toño!, le dispararon desde adentro; yo estaba al ladito, pero no me tocó; se pasaron de lanza... Lo perdí de vista y fui a buscar a la reportera que se había refugiado en una casa a la cual nos dejaron entrar.

Eramos como 15 personas en el patio, calladas porque se empezaron a correr rumores de que los militares y gente de civil estaban entrando a las casas. Un vecino vio cómo los policías quemaron una motoneta, otros más vieron cómo fueron golpeados jóvenes de barrio que acudieron a defender “al pueblo”. Fue una noche larga. La peor.

Antonio Vivar Díaz era de origen na’savi, estudiante de la licenciatura en Desarrollo Comunitario Integral en la Universidad Pedagógica Nacional de Tlapa, panadero, padre de familia. Le gustaba tocar la guitarra y usar boina; se metió de lleno al movimiento social cuando ocurrió la desaparición de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Junto al Movimiento Popular Guerrerense (MPG) tomó por seis meses las instalaciones del ayuntamiento. Yo lo conocí por allá de 2009 en la UPN.

A Toño lo mató un efectivo de la Policía Federal; le disparó en el pecho; el policía asesino le disparó a un joven desarmado, a un joven con convicciones ideológicas de justicia, a un joven que soñó con cambiar el sistema. Ese disparo nos dolió a muchos, si bien ya se llevan en la mente los golpes de violencia que desgraciadamente ocurren en el país y que quien no es indiferente siente, esto fue cercano, así como cercano fue el momento en que golpearon al maestro Juan Tenorio y Leguín Sánchez.

Simpatizantes del PRI y del PRD, grupos de taxistas, montadores de toros, funcionarios e incluso personas que manejan diarios locales se vieron involucrados en acciones de violencia civil. El 1º de junio desalojaron el plantón del MPG; allí estuvo Toño de testigo viendo cómo quemaban los humildes puestos de los vendedores y cómo al amparo de la noche desarticulaban la resistencia. Para el día 5 hubo también un primer choque entre policías estatales e integrantes del MPG que protestaron fuera de una bodega privada donde militares que lanzaron resorterazos a los manifestantes resguardaban las boletas electorales. Más tarde, cuando la manifestación que llevaba a un estatal  retenido se enfilaba al zócalo en la calle Morelos, junto a una terminal de autobúses, el grupo de choque custodiado por policías estatales alcanzó al profesor Juan Tenorio; en los videos se aprecia cómo una turba de un centenar de personas dotadas previamente con machetes y palos, golpearon a dos maestros y los llevaron al centro, al pasillo del ayuntamiento. Bañados en sangre, su victoria frente a una lucha social.

Tomé rápidamente una foto, y se oye una voz: a ver, pendejo, no tomes foto; te va a pasar lo mismo. Guardo la cámara, busco la voz, pero se vuelve eco: si no tomé foto. Fuera. Me retiro, y el dueño de un interdiario sensacionalista que ahora busca un cargo político camaleónicamente posicionado me alza la voz preguntando: ¿qué?. Trabajando, le respondí. Otro aparente comunicador empuñaba un palo. Lo mejor era retirarse del lugar.

Entre jóvenes de barrio que son discriminados y ante los cuales no hay una oferta real de acceso a la educación, Internet, desarrollo, participación social, cultural o cívica, Toño es recordado como un amigo, un camarada del barrio que fue asesinado por la policía. Para colectivos juveniles es también un amigo, un joven que será recordado siempre y a quien duele recordar y no vivir. Es necesario que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos se manifieste sobre el caso. Es necesario que llegue la justicia a todas las personas víctimas de violación grave a sus derechos humanos. No podemos vivir en un país donde las fuerzas que están para proteger y servir a su nación estén asesinando, desapareciendo y golpeando personas.

En un párrafo. Estoy físicamente muy lejos de Palestina; sin embargo, he seguido la causa, y los ataques violentos contra la población en Gaza, Cisjordania o Hebrón no cesan. Niños encarcelados, decenas de personas que protestaban en la Marcha del Retorno asesinadas; invasión, violación a los derechos humanos, a tratados internacionales. Si la gente no toma postura y se informa de la situación de Palestina frente a las acciones del gobierno sionista de Israel y su Ejército, no verá lo que representa una de las maneras más atroces de un gobierno moderno cuyo modelo representa el sometimiento a punta de bala de los pueblos. En memoria de Razan al-Najjar, enfermera de 21 años y madre de familia, asesinada por soldados israelís. n