¿Por qué no debió ser Meade?

Escrito por  Ginés Sánchez Abr 10, 2018

El presidente Peña Nieto resolvió de la peor manera la encrucijada que suponía la decisión más importante de su sexenio, decisión que era por completo trascendental para el país antes de la llegada del pluralismo y la alternancia, a finales del siglo pasado.

Aun así, vimos ante nuestros ojos revivir el viejo juego del tapadismo priísta, con todo y su tradicional cargada.

En esta dinámica no hubo sorpresa alguna, todo estuvo burdamente previsto desde meses atrás, con el ya abiertamente destapado José Antonio Meade, por no pocos actores políticos de relevancia nacional, tanto miembros del tricolor como de la oposición y por señales inequívocas del partido oficial mismo.

Enrique Peña Nieto careció por completo de la perspicacia para interpretar la situación y en ningún momento uso su mano izquierda –utilizando el argot taurino– para dejar, engañosamente, que ciertas versiones corrieran para fomentar una sana competencia.

La carrera al interior del partido fue una burla; fue lo que Porfirio Muñoz Ledo denominó “el peor dedazo de la historia”; un grave error que lo exhibió como un presidente previsible, incluso débil, completamente moldeable a la conveniencia, no del país, sino de ciertos grupos con intereses propios y de todo tipo, e incluso de algún miembro del gabinete presidencial, ninguno de ellos alineado a los intereses de la colectividad, sin olvidar que exhibió como una certeza lo que antes de inclinarse por Meade era sólo un rumor no confirmado: el pacto, también llamado amasiato, entre el PRI y el PAN (PRIAN) en lo general, y entre Felipe Calderón y Peña Nieto en lo particular, que ha contribuido a viciar, si no es que a envenenar, en mucho el ambiente político de polarización que prevalece desde 2006.

El presidente tenia opciones y cartas valiosas, que podrían haber metido al PRI –dado el escenario de fractura en las demás fuerzas políticas– a la pelea presidencial, y podemos mencionar a dos en particular, el doctor José Narro Robles, secretario de Salud y ex rector de la UNAM, y el titular de Turismo, Enrique de la Madrid Cordero, ambos ideológicamente mucho más cercanos a la esencia original de su partido y a lo que el país y los electores demandan. No las afinidades del transexenal secretario Meade, que encuadran mucho más con el PAN, instituto político que nació como expresión netamente reaccionaria al sistema emanado de la Revolución mexicana.

Centrándonos sólo en el segundo prospecto, es decir Enrique de la Madrid: sus puntos a favor eran apabullantes a los que se pudieron enumerar eventualmente como negativos. Egresado de la UNAM, pero también con formación financiera en el extranjero, combinación que lo ha llevado a desempeñarse de manera sobresaliente en el sector público, reflejando en su perfil un equilibrio político-ideológico que hubiera sido como bocanada de aire fresco al debate nacional que ya tenemos encima con motivo de la cada día más cercana sucesión de este año.

Su padre fue el último presidente que defendió al nacionalismo revolucionario, si bien ejecutó una serie de cambios que eran impostergables dado el giro que experimentó el escenario geopolítico de esos años, y en cuanto a su estilo personal de gobernar, un presidente sobrio y austero, como no se veía quizá desde la administración de Adolfo Ruiz Cortines.

Estas cualidades son rarísimas hoy en día, pero se ven también en el actual miembro del gabinete peñista, pues se traslada, por ejemplo, en vuelos comerciales para sus giras de trabajo, incluso en las aerolíneas llamadas de bajo costo, a diferencia de la generalidad de sus pares, rubro que pareciera irrelevante, pero no lo es, si nos atenemos a la máxima de que en política la forma es fondo.

En hechos más concretos, los resultados de su gestión al frente del ministerio dedicado al turismo –actividad que es ya, y lo será aun más, un pilar en el futuro de México–, son espectaculares y no están siquiera en tela de juicio.

Su formación y su visión de nación se pueden ver también en que no se le puede catalogar como un tecnócrata dogmático, de los que satanizan al Estado como agente económico y pugnan por, ya no su adelgazamiento, sino hasta su debilidad misma, y creen ciegamente en la “mágica mano invisible del mercado” como la panacea.

Lo anterior expuesto es evidente en un innovador esquema propuesto durante su administración, de coinversión entre la iniciativa privada y el Estado en la industria hotelera en Huatulco, Oaxaca, con el objetivo de ampliar el número de cuartos en ese destino turístico mexicano.

El primer posible prospecto citado aquí, y desechado por el presidente y su partido, el doctor Narro, está aun más alejado de los dogmas llamados neoliberales; también fue marginado, y de fea manera, por alguien que ni siquiera tiene militancia en ese partido.

En fin, la unción de Meade como candidato fue un disparo que se dieron en el pie, tanto Peña Nieto como el PRI, porque se les avecina un desastre electoral nunca antes imaginado siquiera.

Los electores mexicanos, y cualquier otro en estos tiempos, no son proclives a la continuidad, y no olvidemos el ejemplo de nuestro vecino del norte, y la decisión de sus ciudadanos al elegir a un magnate algo desequilibrado y por completo alejado de las cuestiones de Estado, como Donald Trump; los estadounidenses prefirieron eso al continuismo que ofrecía la señora Clinton.

Todo lo anterior explica, en cierta medida, el más que anunciado fracaso de la candidatura de José Antonio Meade. n