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Dos mundos

Escrito por  Javier Soriano Guerrero Ene 28, 2018

A raíz de que iniciaron las precampañas políticas para lograr las candidaturas a puestos de elección popular, se ha soltado una serie de declaraciones de los aspirantes que pareciera que vivimos en dos mundos: el mundo de los políticos, todo color de rosa; y otro, el del pueblo mexicano, que en nada se parece al que nos pintan los discursos.

Veamos. Los políticos nos dicen que vivimos casi en el paraíso, nos detallan las maravillas del país que habitamos y que no nos damos cuenta.

En las urbes los pobladores tienen trabajo seguro, bien remunerado, en empresas y negocios que otorgan todas las prestaciones laborales, y más. Los salarios alcanzan para alimentar bien a las familias, con dietas bien balanceadas; además para dar vestido, estudios a la familia, sobrando aún dinero para las diversiones familiares. También alcanza para ahorrar un poco.

En el campo no se diga. Todo es jauja. El campesinado tiene tierras suficientes, apoyo oportuno del gobierno para la producción agropecuaria: semillas, fertilizantes, insecticidas, riego. Todo lo que produce el campo se lo compran al campesino a precios justos, lo que le permite ofrecerle a su familia una vida digna en el ámbito campestre. No existen conflictos agrarios.

En las zonas indígenas se respetan su autonomía y sus usos y costumbres. Se les proporcionan los apoyos necesarios para que poco a poco vayan saliendo del atraso en que viven y se vayan incorporando al desarrollo que el país necesita.

Si todo lo anterior no fuera suficiente, los candidatos actuales están ofreciendo la luna y las estrellas a cambio del voto que los haga llegar al poder para que, ahora sí, lleguemos al primer mundo y tengamos lo que siempre hemos soñado. Para convencernos nos ofrecen mejorar aún más las condiciones actuales en que vivimos los mexicanos: acabar con la inseguridad, mejorar el nivel de vida, subir los salarios, acabar con la corrupción, y una serie de beneficios que pareciera que, con sólo de llegar al poder, se acabarían nuestras penas por arte de magia.

Pero no nos confiemos, abramos los ojos y veamos el otro país, el de la realidad que vivimos la mayoría, día a día.

En las ciudades, principalmente en la periferia, se observan cinturones de miseria, donde viven hacinados los mexicanos ilusos que pensaban que en las ciudades iban a estar mejor que en sus pueblos o en el campo; en casas miserables, sin servicios básicos, donde reina la insalubridad y la inseguridad. Muchos de estos habitantes están desempleados, pues no están capacitados para trabajar en alguna empresa, porque apenas saben leer y escribir.

Los que habitan en las zonas urbanas no están tan bien que digamos. Por lo regular rentan la vivienda que habitan, pues viven al día con los bajos salarios que perciben en sus trabajos y, obvio, no les alcanza para la compra de una casa, ni del Infonavit.

Estas personas se la pasan pensando cómo sobrevivir del diario con los sueldos que ganan. Hay incluso personas con licenciatura, maestría y doctorado, que no encuentran trabajo en la materia que se especializaron y terminan trabajando en lo que encuentren, con el salario que les ofrezcan. Algunos andan de taxistas.

Con los salarios actuales quién piensa en ahorro o diversión o vacaciones. Lo prioritario es darle de comer a la familia, aunque sea poco, pero diario.

La situación real en el campo son carencias en todo. Si el campesino cuenta con sus tierras para sembrar, pero no tiene dinero para comprar los insumos para cultivar la tierra, de nada sirve tener el predio abandonado, por lo que decide trabajar en otras tierras donde gane poco, pero que le sirva para darle de comer a su familia.

Suponiendo que el campesino logre cultivar la tierra y produzca frutas, verduras o ganado, las tendrá que vender al precio que le quiera pagar el acaparador, quien es el que sacará el mayor provecho de la producción. El campesino lo único que logrará es recuperar lo que invirtió, y lo poco que llegue a ganar le alcanzará para sobrevivir a la siguiente cosecha.

Cuando el 1º de enero de 1994 irrumpió en Chiapas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y todo lo que provocó su aparición a nivel nacional e internacional, se pensó que ese movimiento iba a ser en beneficio de los pueblos indígenas. Todo quedó en sueño.

Los pueblos originarios siguen viviendo en la marginación y miseria, poco a poco, el gobierno los está haciendo desaparecer por inanición.

Éste es el México real que los candidatos no ven, sin embargo, ahí está.

No olvidemos que las palabras no cambian la realidad. n