La Pipirucha

Escrito por  Esthela Damián Peralta Ene 17, 2018

La Estacada, en Guerrero, es un poblado cercano a Tixtla. He ido a visitar el lugar, digamos una cuadrilla, se siembra  milpa, se produce mezcal, la población es muy sencilla, la agricultura y la ganadería son sus actividades principales, me enteré de que también  expulsa muchos “mojados” a la frontera.

En este lugar, en 1951, nació Estela Peralta Peralta, hija de Eutiquia Peralta y Agripino Peralta, mi madre, la segunda hija de mi abuela, quien al no estar casada con Agripino, el abuelo,  toma la decisión de probar suerte en la capital del estado: Chilpancingo, así emprende el viaje, regresando al poco tiempo a buscar a su madre, la bisabuela Martina, quien para ese entonces ya era viuda, la anima y juntas, con mi madre en brazos, y la tía Soco -quien era la mayor - ya de al menos cuatro años, se van a vivir a Chilpo.

Dicen que la abuela era una mujer guapa, justo por esa virtud se vino tras de ella un hombre de nombre Adrián, quien fuera su pareja por años. Al decidir que vivirían juntos, Tiquia con Adrián, la bisabuela Martina le pide que las dos primeras hijas, tanto Socorro como Estela, se queden a vivir con ella. Así crece mi madre en un hogar integrado por tres mujeres, su hermana y su abuela.

Ellas vivían en lo que hoy se conoce como Heroico Colegio Militar, antes calle Uruguay,  en ese entonces ya eran los límites de Chilpancingo, su jacalito de adobe con lámina de cartón, no medía más de 3 por 3 metros, sus muebles: una mesa, sillas de palma, un fogón donde ponían su leña y encima su comal, una cama, afuera tenían algo que se podría llamar establo y ahí amarraban al buen burro de nombre Germán, dice mi madre que el nombre obedeció a que nació el día de ese Santo.

Enfrente de su “jacalito” había un árbol de esos muy conocidos como “pipiruchos”, fue esa la razón por la que al trío de mujeres las conocían con el apodo de "las pipiruchas". Se dedicaban a vender leña, salían temprano a la montaña y recogían aquello que otros leñadores menospreciaban para subirlo al burro Germán y bajar cansadas y sudorosas a vender la leña, cuenta mi madre que la peor temporada era justo el verano, pues les agarraban unos aguaceros y así tenían que salir a venderla para llevarse algo de comer a la boca.

Cuando no vendía leña y había ciclo escolar asistía a la escuela “Vicente Guerrero”. Me cuenta que fue una infancia de muchas carencias colmada de cariño por la abuela Martina; no había un padre que las golpeara, malas palabras, ni insultos, lo que les faltaba, eso sí, era algo que llevarse a la boca.

Mi madre fue una niña que así como vendía leña, era empleada doméstica o  abría las puertas de los coches de los turistas que se hospedaban en el hotel “Posada Meléndez”, único  en esa época, si los huéspedes le daban propina servía como sustento para su familia. Quien le consiguió el “trabajo” fue su hermana, la querida tía Soco, quien en ese momento era mesera del mismo hotel. 

Así las cosas,  cuenta por ejemplo el día que no ganó un centavo y ya entrada la tarde, con el último huésped y desencantada por no haber comido abrió la puerta del vehículo teniendo el mismo resultado, iba en la esquina cuando el señor de ese coche la alcanzó y le preguntó que dónde podía cenar, mi madre que conocía el mejor restaurante le dijo que lo acompañaba porque pasaba por el lugar camino a su casa, así llegó al famoso restaurante “Carmelita de la U”,  ubicado frente a la Alameda, ese buen hombre la invitó a comer, no sabía que con eso le cubría también el desayuno y la cena a mi madre, quien primero se negó, pero la necesidad pudo más y terminó aceptando.

Como esta historia tiene un millón, conozco por ejemplo que tomar leche era poco común; la carne en muchas ocasiones era de la que dejaban los comensales en el restaurante donde trabajaba la tía Soco, y ella, en lugar de tirarla, la pedía regalada para la bisabuela Martina y mi madre.

Hay que decir que también tuvo vecinos que le tendían la mano regalándole un caramelo, gelatinas, en la escuela los compañeros le prestaban los colores, cuadernos y los programas de gobierno del entonces presidente Adolfo López Mateos, que ofrecía paquetes de desayunos en las primarias públicas que le hicieron la vida.

Terminando la primaria se inscribió en una academia donde estudió para secretaria ejecutiva, concluyendo empezó a trabajar en diferentes espacios del gobierno del estado y luego al gobierno federal, a los 17 años, casi dieciocho, conoce a mi padre y se casan.

Creo que ahí conoció el víacrucis del machismo y sus consecuencias. Así las cosas, Peralta ha sido trabajadora, orgullosa, se ha sabido dar su lugar, a los 25 años de casada se separó de mi padre, superó una enfermedad que casi le cuesta la vida hace ya 16 años, por todo esto y más me da tanto gusto que esta semana cumpliera 66 años la querida y hermosa Pipirucha.

Sirva este relato como homenaje a una alma alegre, forjada de carácter, para enfrentar dificultades y reírse de ellas. n