Los presidentes y sus estatuas

Escrito por  Ginés Sánchez Ene 09, 2018

Adolfo el joven y Adolfo el viejo (López Mateos y Ruiz Cortines) tienen la suya, en Atizapán y el puerto de Veracruz, respectivamente. Miguel Alemán tuvo la propia en Ciudad Universitaria; tal vez si se hubiese erigido en otra parte ahí continuaría su estatua monumental, pero en los convulsos años 60 sufrió varios atentados de estudiantes rebeldes con dinamita, y al final fue destruida y retirada.

Existen sendos monumentos a un presidente de México más, uno en Jiquilpan, Michoacán, pueblo natal del general Lázaro Cárdenas y, a partir de su reciente develación, el pasado 12 de diciembre, a Miguel de la Madrid Hurtado, en Colima, su ciudad de origen. Estos últimos quizá representen dos posiciones muy distintas en la geometría política, y sean los referentes, uno y otro, de la izquierda y la derecha mexicanas. Independientemente de lo anterior, la historia se ha encargado de dejar en buen sitio tanto a Cárdenas como a De la Madrid; los dos tomaron las riendas del país en momentos críticos y lo sacaron avante, cuidando todos los aspectos y recuperando la nación, de la convulsión social uno, de la económica el otro. Y algo también en su estilo personal de gobernar, los dos hombres de Estado honestos, cualidad tristemente cada vez menos común en todo servidor público.

Las ciudades de Morelia y Atlacomulco muy difícilmente tendrán una estatua de este tipo, de presidentes que nacieron en ellas, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, cuando menos no sin que sean blancos naturales para cualquier contingente de manifestantes, tanto pacíficos como no tanto. No sería extraño que tuvieran el triste final que la de Miguel Alemán en CU; aunque este último dejó un legado innegablemente positivo a su país, su administración tuvo también como característica la corrupción y los grandes negocios al amparo del poder público.

Más allá de los resultados de la gestión de Miguel de la Madrid y el indispensable cambio de rumbo que a tiempo dio a México, dada la realidad geopolítica, tan cambiante por esos años, dos simples anécdotas que han trascendido en el tiempo pueden pintar a la persona y al servidor público responsable y comprometido: una es que en los tiempos previos a la sucesión de 1982, cuando al presidente López Portillo llegaba la versión, algo malintencionada de más de uno de los otros posibles aspirantes, de que el entonces titular de la hoy extinta cartera de Programación y Presupuesto, consultaba a un psicólogo antes de tener algún acuerdo con el presidente, pero era tal el conocimiento y la confianza del jefe al subordinado que el primero tomó el trascendido como algo muy positivo, pues no hacía más que reafirmar en él su imagen como un tipo serio y cuidadoso en extremo; otra es cuando De la Madrid, ya con muchos años de ex presidente, declaró en una entrevista su pesar por no haber indagado más acerca de la familia de su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, más concretamente de su hermano Raúl y su proclividad ante los negocios poco claros.

Miguel de la Madrid recibió y dejó el poder dentro del anterior sistema sucesorio, si bien no perfecto, sí uno que era considerado por no pocos enterados de los asuntos públicos como de ponderación de los problemas nacionales, donde el peso del presidente respecto de la decisión final era sin duda decisivo.

Este año, el presidente Enrique Peña Nieto y el PRI revivieron los antiguos mecanismos, mas parece que al final sólo vimos la parafernalia sobre la sustancia, la forma muy sobre el fondo, porque además de que hoy ya el candidato del tricolor no tiene el pase automático a Palacio Nacional, el Presidente decantó su decisión por un político no sólo externo al partido y ajeno por completo a la militancia, sino también mucho más identificado con el PAN, partido que justamente nació como un movimiento reaccionario a los primeros gobiernos emanados de la Revolución y sus políticas, y dio la razón a la versión de un pacto entre el ex presidente Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, el cual tiene y ha tenido ya alcances transexenales, pero al cual se le avizora ya un ignominioso final.

El “amasiato” del que habla el periodista Álvaro Delgado en su libro del mismo nombre ha quedado confirmado, con todos los costos que ello implica para la nación misma.

Independientemente de geometrías políticas, que cada día suenan más anacrónicas, Jiquilpan y Colima tienen inmortalizados en bronce a sus hijos predilectos, dos presidentes que han trascendido, para bien, a su tiempo, y que hacen honor y comprueban la validez de una máxima pronunciada en más de una ocasión por Miguel de la Madrid: “la eficacia es el valor supremo de la política”.