La lucha por el territorio - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: lunes 20 de marzo de 2017 Opinión La lucha por el territorio

Roberto Ramírez Bravo

La lucha por el territorio

l dirigente de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (Upoeg), Bruno Plácido Valerio, ha defendido en diversos aspectos una tesis: “el territorio no es de nadie”.

La frase no es gratuita: es una defensa contra la acción de otras policías ciudadanas que defienden el terreno sobre el cual mantienen control, y se han confrontado con la organización que Plácido Valerio lidera, en pleitos que han dejado muertos y heridos, y que de alguna manera tienen como contexto el uso de determinados pueblos como corredores del narco, es decir espacios para hacer circular todo tipo de drogas o armas. El caso más visible de esto ha sido el del Fusdeg y la Upoeg en Tierra Colorada, donde el primero tiene el control de la seguridad y el segundo quiere entrar.

Los delincuentes, ha dicho Plácido Valerio, no reconocen territorio, y cuando cometen una fechoría se desplazan de un pueblo a otro sin fijarse si es un área controlada por la Upoeg, la Crac o el Fusdeg u otra organización. Es el caso, mencionado por el dirigente en una conferencia de prensa, de Barra Vieja, donde controla la Upoeg, y los bienes comunales de Cacahuatepec, donde controla la Crac. Alguien comete un ilícito y se desplaza de Barra Vieja a los bienes comunales y ya está a salvo, ha dicho Bruno.

Por ello, su tesis de que el territorio no es de nadie.

Pero, a diferencia de esta concepción, en los bienes comunales de Cacahuatepec la gente se ha organizado desde 2003 para, precisamente, defender el territorio. Es decir defienden el espacio físico donde corre el río Papagayo, donde existe una diversidad de flora y fauna y donde han impedido la construcción de la presa La Parota que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) tiene proyectada desde 1976.

Al hacerlo, también han defendido el territorio de Acapulco ante la posibilidad de un desastre debido a que la cortina –que sería tan alta como el hotel La Palapa, el más alto de Acapulco– se construiría en una zona sísmica. La cantidad de agua que contendría la presa –al ser 12 veces el tamaño de la bahía de Acapulco– causaría una devastación en caso de que por un sismo la cortina reventara.

El territorio es un espacio físico, pero implica también el modo de vida de los pueblos, la biodiversidad y la cosmogonía de sus habitantes, el apego a los restos de los ancestros en los panteones que serían inundados, la historia que ha marcado a las comunidades.

El territorio, pues, es algo tangible y sí tiene dueño. Se lo dijeron los campesinos así en Salsipuedes a la entonces secretaria general de Amnistía Internacional, la hindú Irene Khan, cuando los visitó: “estamos dispuestos a dar nuestra vida para defender el territorio”.

Esa disposición fue lo que impidió precisamente que el Ejército entrara a los bienes comunales en conflicto por la presa, y que en Dos Arroyos, un retén de campesinos, con más mujeres que hombres, obligara a los soldados a retirarse; y que la CFE no pudiera meter su maquinaria por ninguno de los siete accesos a los bienes comunales en los que se instaló un retén.

Uno de los campesinos del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a la presa La Parota (Cecop) definió así la cuestión: “Nosotros estamos en nuestra tierra y defendemos nuestra tierra, porque si no la defendemos, no servimos para nada”.

En la comunidad indígena de Cumbres de Barranca Honda, en el municipio de Ayutla, hubo también un incidente destacado, en diciembre de 2006: mujeres armadas con ramas verdes, ramas simples con hojas, pero sobre todo armadas con su coraje, arremetieron contra un campamento del Ejército, asentado en los alrededores del pueblo desde octubre de ese año, y sin más, hicieron retroceder a los militares hasta que los obligaron a irse con todo y sus vehículos y sus armas. Defendían también el territorio. Los soldados, relataron en esas fechas las mujeres afiliadas a la Organización del Pueblo Indígena Mixteco (Opim), liderada por Obtilia Eugenio Manuel, habían violado a mujeres en los últimos años, destruían sus sembradíos y detenían a sus esposos o hijos sin ninguna justificación.

El territorio también es disputado, y fuertemente, por organizaciones delictivas armadas para controlar el trasiego de la droga, para que sus elementos se muevan con libertad y también para traficar armas. Cuando policías ciudadanas se pelean no están haciendo otra cosa más que defender el territorio sobre el que tienen control; lo mismo pasa cuando una policía comunitaria está asentada y otra organización pretende sacarla de ahí: el tema es el territorio.

Por eso cuando Bruno Plácido dice que el territorio no es de nadie, en realidad debería entenderse que el territorio no es de los delincuentes. Es la única afirmación que tendría sentido. La ausencia del territorio solo podría entenderse como un símil de la ausencia del Estado, preconizada por la perspectiva neoliberal.

Por eso la incursión armada de la Upoeg en los bienes comunales no es otra cosa sino un intento por controlar el territorio aunque se le declare inexistente, y apropiárselo aunque se diga que no es de nadie. Técnicamente, afirmar que no es de nadie sólo es un argumento para poder tomarlo. Quiere decir: “no es de quienes lo tienen, y por tanto podemos tomarlo”.

¿Por qué o para qué quieren el territorio en conflicto por la presa La Parota? Esa es la pregunta clave. n

 
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