El verdadero desastre de las inundaciones en La Sabana - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: miércoles 29 de septiembre de 2010 Opinión El verdadero desastre de las inundaciones en La Sabana

LEONEL LOZANO DOMÍNGUEZ

El verdadero desastre de las inundaciones en La Sabana

No se declara emergencia”, dijo el director de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) en Guerrero, respondiendo a la solicitud de apoyo federal por afectaciones a la población derivadas de las lluvias, pues “no procedían para el municipio de Acapulco y Juan R. Escudero, pues la lluvia no fue suficiente para que hubiera un desastre”.

Los desastres no son naturales. Los desastres representan una condición de daño y siempre suceden por la acción del hombre y sus instituciones o simplemente, por su inacción. Un desastre genera estados de emergencia que se identifican por las grandes pérdidas materiales y a veces humanas y que además, mantiene por un tiempo en alto nivel de riesgo a la población afectada.

Los daños a la población derivados de un fenómeno natural pueden intensificarse cuando no hay control de los asentamientos humanos, no se evita la invasión de cauces, hay deficiente planes de emergencia y obsoletos sistemas de alerta temprana, pobres previsiones presupuestales para medidas contingentes y ausencia o incumplimiento de planes de ordenamiento ecológico del territorio, entre otras medidas de carácter preventivo.

El origen del desastre puede deberse a fenómenos naturales: terremotos, sequías, erupciones volcánicas, tormentas tropicales, huracanes, intensas nevadas, etc. Los efectos o daños para la población derivados de un fenómeno natural, pueden reducirse significativamente si existen eficientes medidas preventivas.

La Conagua determinó que la lluvia de días pasados no fue suficiente para que hubiera un desastre en zonas de Acapulco. Niegan con ese sesudo argumento “técnico”, el derecho a que los afectados reciban los siempre pobres y tardíos apoyos del Fondo Nacional para Desastres (Fonden), en este caso la verdadera emergencia es la incapacidad y negligencia institucionalizada de los omisos funcionarios de la Conagua -Guerrero, que no han honrado su responsabilidad.

Es evidente que en la Conagua no se han aprendido el viejo dicho popular “más vale prevenir que lamentar” o “es más barato prevenir que remediar”. En resumen, los funcionarios de esa institución están obligados a actuar con medidas técnicas y administrativas de previsión y no lo han hecho. La Ley de Aguas Nacionales, la Ley de Bienes Nacionales y el encargo los obliga.

La misión de la Conagua es “Administrar y preservar las aguas nacionales y sus bienes inherentes (por ejemplo, los cauces y zona federal colindante), para lograr su uso sustentable, con la corresponsabilidad de los tres órdenes de gobierno y la sociedad en general”, además, dentro del Programa Nacional Hídrico 2007-2012, deben cumplir, entre otros, los siguientes objetivos: Promover el manejo integrado y sustentable del agua en cuencas y acuíferos, evaluar los efectos del cambio climático en el ciclo hidrológico, crear una cultura contributiva y de cumplimiento a la Ley de aguas nacionales en materia administrativa.

La rendición de cuentas es obligación, por ley. Entonces, que la Conagua informe puntualmente que se ha hecho en la cuenca del río La Sabana y la laguna de Tres Palos. ¿Qué justificaciones presentarán ante el desastre socio-ecológico y económico que priva en esa cuenca y a quien le lanzarán la bolita, en caso de que intenten hilvanar una respuesta? Los damnificados por inundación y los empobrecidos pescadores de Tres Palos merecen puntual respuesta y resarcisión de daños.

Diputado Fermín, agárrele la palabra al secretario de Hacienda, Ernesto Cordero. Él propuso a los señores diputados “diseñar una política pública para sacar recursos para atender las consecuencias de fenómenos naturales…”.

Que no se haga bolas el secretario. Recuérdele don Fermín, que la mejor política para sacar recursos es “el que la hace, la paga”. Es decir, que los recursos salgan de los bolsillos de los malos servidores públicos negligentes e incapaces y no de los recursos públicos que son de todos.

Con la medida anterior, veríamos que por arte de magia el nivel de gasto público y el riesgo y afectación a la población y sus bienes por fenómenos naturales bajaría, simplemente por la adopción de paquetes efectivos de medidas preventivas y por temor de los negligentes a la aplicación de la ley. Propóngale también, estímulos y recompensas al buen desempeño personal e institucional, que siempre será bien visto.

Cuando esas medidas se concreten, tendremos un buen motivo para comenzar a festejar el bicentenario.

 
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