Memoria de la guerra sucia en Guerrero - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: jueves 28 de enero de 2010 Opinión Memoria de la guerra sucia en Guerrero

JUDITH SOLÍS TÉLLEZ

Memoria de la guerra sucia en Guerrero

El 18 de diciembre –a sólo 3 días de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) diera a conocer la resolución en la cual se condena al Estado Mexicano por el caso de Rosendo Radilla Pacheco y se dan recomendaciones para llevar a cabo cambios en las leyes mexicanas para que sea posible llevar a juicio a militares y a políticos– en nuestro estado los militares violaron la autonomía universitaria y trataron como delincuentes a los residentes de la Casa de Estudiantes Francisco Villa de la UAG. Es deseable que la Universidad Autónoma de Guerrero demande esta flagrante violación de su autonomía y de los derechos humanos de sus estudiantes para contribuir a que los cambios en las leyes mexicanas se agilicen.

Como se ha hecho patente la llamada guerra sucia (que en países como Argentina –en donde hay más avances en los resultados de las investigaciones– se le conoce ya como “terrorismo de estado”) sigue vigente. Por ello, recurrir a la memoria histórica de la guerra sucia, que pareciera no tener fin, no es de ningún modo un ejercicio inútil.

En su libro El banquito de la foto del recuerdo y El Chino y el invidente, dos cuentos de la guerra sucia en México (Comisión Estatal de Derechos Humanos/ Editorial Tierra Roja, Querétaro, 2003), José Enrique González Ruiz nos introduce en el ambiente represivo de los años setentas, por medio de uno de sus protagonistas: Acosta Chaparro, quien fue liberado el 28 de junio del 2007, en el 12º aniversario de la masacre de Aguas Blancas, a pesar de ser responsable de la desaparición forzada de personas. Lo cual apenas comenzará a tipificarse como delito en las leyes mexicanas.

La nada fácil conjunción de un trabajo que desea aproximarse a lo literario por medio de narraciones de evidente denuncia social obtiene, sin embargo, más de un logro; como la amenidad y el distanciamiento que, aunque no en muchas ocasiones, permite mostrar las acciones de los personajes sin el resabio de un narrador que expresa sus juicios de valor, aún por medio de signos tipográficos como el uso de comillas para destacar el sentido irónico. En “El banquito de la foto del recuerdo” la ironía se expresa en el título ya que ese banquito es en donde sientan a los presos políticos con el pretexto de tomarles la foto y en lugar de disparar la cámara disparar a matarlos. En la primera parte se nos dan los rasgos de carácter del personaje: Mario Arturo Acosta Chaparro, en un presente histórico en donde el personaje es un joven teniente al que se le da la oportunidad de asistir a un curso de adiestramiento en guerra irregular en Carolina del Sur y en Georgia, “en el mero centro del poder imperial”, como un reconocimiento a sus méritos en el combate de grupos extremistas de México. Por medio de la retrospección presenciamos la infancia con el trato rudo del padre militar, quien llegó a ser general y a quien el hijo tratará de llegar a superar; los años de aprendizaje, en donde no sólo no logra destacar, sino que además es dado de baja en el ejército por no aprobar un curso de formación y por la denuncia ante la superioridad por un colega quien no le pagó un préstamo. En la segunda parte “Rudo aprendizaje”, se nos cuenta lo aprendido en la Escuela de las Américas, el convencimiento ideológico de tener una gran misión, lo que permitirá al iniciado llegar a dominar las técnicas de tortura, asustar e instigar en los interrogatorios para obtener información rápida de las víctimas, atemorizarlos violando a la esposa, a la madre o a la hermana: “En opinión de los instructores de Acosta Chaparro, torturar es un arte. Hay que definir con precisión el tipo de castigo para cada individuo”. También se intercalan las reflexiones del protagonista: “–He experimentado lo que significa quitar la vida a alguien, y tengo el orgullo de decir que mis manos no temblaron. Tampoco me arredra aplicar tormento, porque sé que los fines que busco son superiores: la permanencia del sistema, donde podemos alcanzar todos los bienes posibles”. Aprendió que la guerra se da en todos los espacios de la sociedad, especialmente en el informativo. Para las víctimas hay un ambiente que garantiza la impunidad de los represores; los ayudantes a los que se les puede pasar la mano en la tortura y matar a tres estudiantes, sin que eso les conmueva, y sólo les valga un reprimenda por no haber obtenido antes información. Asimismo, se menciona la posibilidad de “Una fulgurante carrera militar” que llevará a cabo Acosta Chaparro en el estado de Guerrero vinculado con el gobernador Rubén Figueroa. El papel de la UAG, cuyos estudiantes también fueron detenidos y desaparecidos. Se nos ofrece en este libro las dos caras de la guerra sucia: el personaje símbolo de la represión y los personajes que representan la juventud de los años setentas, el deseo de una vida con igualdad de oportunidades para todos, la hermandad y el amor. Da la impresión de que la cocina de este libro ha sido lenta, hay mucha información y un desmantelamiento de ideologías, tanto de la represiva como de las ideas de lucha, combativas. n

 
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