Buenas noticias para la familia Radilla y para todos - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: sábado 19 de diciembre de 2009 Opinión Buenas noticias para la familia Radilla y para todos

JUDITH SOLÍS TÉLLEZ

Buenas noticias para la familia Radilla y para todos

A pesar del luto por la muerte de Andrea, catedrática de la UAG, ocurrida en noviembre, sin duda la familia Radilla Martínez debe de estar celebrando la sentencia de La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que responsabiliza al estado mexicano de la desaparición forzada de Rosendo Radilla Pacheco, ex alcalde de Atoyac, que se dio a conocer el día 15 de diciembre. También sus amistades nos alegramos con esta nueva. El miércoles 16 de diciembre, muy temprano, recibí un mensaje de Claudia Esperanza G. Rangel y, luego, me habló por teléfono Isabel Osorio, ambas compañeras del Cuerpo Académico de Andrea –con quienes ella trabajaba sobre la memoria de la guerra sucia de la década 1960-1970– y compartimos la emoción de la noticia, contentas, a pesar de todo. Además me llamó Víctor Cardona, el cronista de Atoyac, y me encargó los periódicos que no llegan allá.

Este hecho inédito abre el camino para que empiece a llegar la justicia a los familiares de los desaparecidos: “Sí de ellos; los lluviosos, los sin nombre, de los que no se fueron, de los que se llevaron”, como los nombra el poeta Jesús Bartolo (No es el viento el que disfrazado viene, ayuntamiento de Acapulco, 2004).

La familia Radilla Martínez ha vivido con la incertidumbre de lo ocurrido a su padre. Con su libro: Voces Acalladas. Vidas Truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco (Semujer/UAG, 2008), Andrea Radilla nos legó su memoria y aunque ya no se enteró de esta grata noticia, ya la aguardaba, sabía que algo bueno pasaría, ya que junto con sus hermanas: Romana, Evelina, Ana María, Tita, Agustina, Rosa, Carmen, María del Pilar, Judith, Victoria y su hermano Rosendo, esperaba esta resolución.

Se ha tardado en llegar, pero ya está cerca y uno puede volver a creer en la justicia humana.

Ojalá sea posible atenuar las pesadillas grabadas en las mentes de los niños, jóvenes y adultos de aquel tiempo, porque los militares podrán ser juzgados en Cortes Civiles: “Con la línea amarilla llegaron los armados verdes y la gente se volvió hosca y desconfiada. La palabra desaparecido ramificó sus letras”, (Bartolo, 2004: 16-17),

Es cierto, muchos parientes de desaparecidos han muerto: padres, madres, hermanos; así como algunos de sus descendientes, pero los huérfanos podrán aspirar, al menos, a conocer la verdad sobre el paradero de sus progenitores: “de él, que se fue cuando su memoria no tenía brazos para asir recuerdos”, (Bartolo, 2004).

Gracias a la terquedad de la familia Radilla Martínez y de sus defensores, que se llevaron 19 años, desde la primera denuncia en 1990 en la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) hasta la sentencia de la Corte el 15 de diciembre de 2009.

Los parientes de don Rosendo pueden ahora, más que nunca, mantener la esperanza de saber qué pasó con él y de darle sepultura. La necesidad de lo tangible, a la que alude Arturo Martínez Reyes en su poema Perdidos en la guerrilla: “Madres, con gotas del alma/ huelen la sonrisa,/ esperan de sus vástagos, la silueta o los huesos” (La piel se retuerce en el tiempo, Taller Alebrije, 2004)

Aplaudamos la insistencia y existencia de todas las organizaciones de familiares de desaparecidos, entre ellas, de la Afadem: con Julio Mata y Tita Radilla; de doña Rosario Ibarra con el Comité Eureka y el Comité de Desaparecidos de la Guerra Sucia de los años 70, presididos por Eleazar Peralta Santiago.

La presencia de la familia Radilla ante diversos foros no fue en vano, y con esta sentencia empezará la modificación de las leyes, para que la desaparición forzada de personas sea un delito, ya que es algo que sigue existiendo.

Tal vez, sea posible paliar el sufrimiento de los familiares de los desaparecidos, su dolor perenne, que podemos vivir con la poesía: “Mabré, tu dolor es de lejos. Son tus labios que no dijeron muchas veces padre. Son tus manos que no le abrazaron; es la ternura que tienes dentro como un cáncer. Son los días en los que esperabas mirarle llegar por el final de la calle. Es tu forma de odiarle con ese amor con el que muchas veces le reprochaste a Dios. Eres tú, Mabré. Eres tú Mabré, el que rumia la vida y no la ladra”, (Bartolo, 2004: 26) n

 
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