El alto Clero se rebela - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: jueves 19 de julio de 2007 Opinión El alto Clero se rebela

RODRIGO HUERTA PEGUEROS*

El alto Clero se rebela

Una vez más somos testigos de los intentos del alto Clero de la Iglesia Católica mexicana para que se reforme la Constitución Política de México a fin de que puedan ser incluidos como sujetos a votar y ser votados, y han ido mas allá de esa sola petición, quieren desaparecer el Estado laico e imponer en las escuelas públicas la materia sobre religión y aunque no lo han esbozado siquiera, pronto estarán hablando de que se les entreguen subvenciones del erario público para su funcionamiento como está aceptado, regulado y reglamentado jurídicamente en países europeos, en donde continúa el debate sobre estas disposiciones disparatadas.

Debemos recordarle a los miembros del alto Clero de México, particularmente al cardenal Norberto Rivera, que don Benito Juárez García fue el artífice de la Constitución de 1857, cuando se decretó la separación definitiva de la Iglesia y el Estado, negándose a reconocer no sólo la religión del Estado, sino la existencia jurídica de las instituciones clericales y puso en marcha la consolidación de la nación y enterró en definitiva el pasado colonial.

Sólo para recordar, la Iglesia es en síntesis una sociedad religiosa fundada por Jesucristo. Es el Conjunto del clero y pueblo de un país en donde el cristianismo tiene adeptos. O también se puede considerar una comunidad formada por personas que profesan la misma doctrina. Hay Iglesias de todo tipo, como católica, ortodoxa, protestante, solo para citar algunas. También se identifica a la Iglesia como al Edificio donde se reúnen los fieles.

¿Pero que es un Estado Laico? Pues simple y sencillamente este se basa en la libertad como fuente de la asociación de los sujetos bajo la ley; aspira a formar una moral colectiva basada en los valores, en los que la tolerancia y la comprensión del otro son el marco en el que se desarrolla el diálogo y la convivencia. Es aquella forma de gobierno que reconoce el campo inviolable de la vida privada, donde cada hombre y cada mujer conservan el derecho a creer en cualquier manifestación divina que le dicte su conciencia y, sobre todo, el derecho a no creer.

El tema es controversial y está dentro de un amplio debate inacabado. No ha pasado ni un año de que se conmemoró en el país el 200 aniversario del natalicio del Benemérito de las Américas, Benito Juárez García, artífice de la legislación que en la Constitución de 1857 separó definitivamente a la Iglesia del Estado, cuando nuevamente aparecen los altos jerarcas de la Iglesia Católica para demandar lo contrario a lo que establece nuestra carta magna, la que puntualiza que el clero se ocupe de lo espiritual y los políticos se encarguen de todo lo que concierne al Estado.

Los liberales del siglo 19 sostenían que era una falacia elemental pensar que la religión de la mayoría debe ser la religión de todos; que para alcanzar una vida moral y una convivencia civilizada se requiere de un Dios que vigile a través de sus ministros y que castigue o premie a comunidades enteras.

Esta forma de pensar de los liberales aplicó en México y por lo mismo se dio plena vigencia al Estado laico.

No se necesita ser un consumado letrado o erudito para recordar que nuestro país enfrentó durante el siglo 19 conflictos armados y estos se debieron al poder de una Iglesia Católica que no quiso nunca situarse del lado de los más desprotegidos –reclamo de los revolucionarios–, pues su fe obraba en el ámbito de los controles sociales y de conciencia.

Actualmente el Estado laico se consolida y tiene sentido. Hoy los ciudadanos comprenden que para existir y progresar, la sociedad no puede atarse a las ligaduras de la religión y menos a una religión exclusiva; que para convivir debe partir de la coexistencia de muchos credos y que el gobierno tiene que respetar e impedir que las instituciones religiosas adquieran poder como para desafiar a las instituciones civiles.

En el Estado laico, la libertad de conciencia se traduce en la libertad de los sujetos de creer en la cosmogonía que mejor les parezca pero, también, en el derecho inalienable a no creer en ninguna religión y a no practicar culto alguno.

Pero si todo lo anterior ha sido debatido, analizado una y otra vez, los jerarcas del Clero mexicano continúan rajando leña y picando piedra para ver si ahora, con un gobierno panista y pro clerical se les pueden hacer realidad sus aspiraciones de volver a ser sujetos de la política, de enmendar la Constitución y hacer a la República presa de sus aviesas y oscuras intenciones.

Pero para fortuna de los mexicanos, la situación política y el impulso a la democratización de las instituciones y por ende de la pluralidad de los actores, se vislumbra mucho más difícil un cambio en el sentido propuesto por los representantes de Roma.

*Periodista y analista político

observar@gmail.com

 
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