Presa La Venta cambió para siempre la vida de los comuneros de Omitlán - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: lunes 30 de abril de 2007 Sociedad Presa La Venta cambió para siempre la vida de los comuneros de Omitlán

Huertas se perdieron por inundaciones; cambio en el flujo del río ahuyentó peces

Presa La Venta cambió para siempre la vida de los comuneros de Omitlán

Litigios contra la CFE costaron mucho a los habitantes; la paraestatal no pagó a tiempo

MARLEN CASTRO

Chilpancingo, 29 de abril. Más arriba del curso, como a dos kilómetros de la presa La Venta, los ríos Papagayo y Omitlán funden sus corrientes. Cuando la contaminación era menor, el abrazo entre las dos afluentes era un regalo visual: el azul turquesa del Papagayo, que hasta ahí era el río Azul, se tragaba el verde claro del Omitlán, para serpentear juntos hasta el Pacífico.

Río arriba, sobre el cauce del Omitlán está el poblado del mismo nombre. Cuando comenzó la construcción de la presa La Venta, Javier Campos Hernández era un niño de menos de 10 años, que acompañaba a su papá a trabajar en la huerta, herencia de sus padres y de generaciones atrás, en su particular árbol genealógico.

Las tierras fértiles de las riberas del río les proporcionaban sustento y un excedente al vender el producto de sus frutales. Vivían bien, recuerda Javier. Tenían una huerta de unas 10 hectáreas con cocoteros, papayos, toronjos y limoneros.

Al contener las aguas en el embalse que formó la hidroeléctrica La Venta, la corriente del Omitlán se tragó esas tierras con frutales y casas. Las familias perdieron todo. Algunos habitantes se replegaron a la nueva orilla del río, otros se fueron por completo y a kilómetros de ahí levantaron otra población, que hoy se conoce como Villa Guerrero.

Esto es más curioso aún. Omitlán fue uno de los primeros pueblos que dieron su anuencia para la expropiación a favor de la construcción de la presa La Parota, y Villa Guerrero hizo lo mismo.

–¿Por qué? –se le pregunta con expresión extraña. La respuesta es triste, desalentadora, porque habla de desesperanza acumulada.

–Ya no queremos pelear, estamos cansados. Oponernos, pelear, no nos sirvió de nada en el pasado –recuerda.

Ante la indiferencia de la CFE para pagarles, los ejidatarios de Omitlán hace ocho años, –35 después de la afectación de sus tierras– comenzaron esa pelea de añeja factura. Fue una lucha larga, desgastante, costosa. Consistió en un ir y venir de México a Omitlán, de contribuciones de 100 a 200 pesos de los ejidatarios cada vez que había una audiencia, cada vez que se tenía que pagar al abogado, que para las copias, que para levantar planos, para medir.

Hace dos años comenzaron a pegarles, ya con el proyecto de la otra hidroeléctrica encima, y quizá sólo por eso.

Javier Campos asegura que el proceso le costó a cada ejidatario de Omitlán, por lo menos, unos 170 mil pesos. La CFE les pagó a 4.50 pesos el metro cuadrado; 45 mil la hectárea, 43 años después del daño.

Javier hoy cuenta con sólo una hectárea y su casa. Sus ingresos no son suficientes para sostener su hogar, así que se empleó como policía y va hace otras tareas para completar el gasto, como cargar grava o arena que se extrae del río, que tras la presa es lo único que se puede obtener.

En Omitlán, antes de la hidroeléctrica, quienes no vivían de sus huertas lo hacían de la pesca, pero eso cambió.

El Instituto Nacional de Ecología establece en su página de Internet que las presas interrumpen las migraciones y los movimientos de las especies al imponer al río un patrón artificial de variaciones de flujo. Explica: “Los cambios físicos, químicos y térmicos de un río, cuando sus flujos se almacenan, pueden transformarse en serios contaminantes de sus aguas. El cambio de los flujos tiene numerosas consecuencias ambientales. Muchas especies dependen de los pulsos de nutrientes determinados por la sucesión de lluvias-sequías como señales para comenzar sus procesos biológicos”.

La experiencia de los ribereños es sencilla. Recuerdan que “antes los hombres regresaban con costalillas de langostinos, truchas, vagres, lisas”. Ahora no son costalillas, sino unidades. Y las truchas hace mucho que se fueron.

 
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