POR LOS CAMINOS DEL SUR - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: miércoles 18 de abril de 2007 Opinión POR LOS CAMINOS DEL SUR

POR LOS CAMINOS DEL SUR

MANÚ DORNBIERER

Bitácora

El 5 de abril pasado un gran grupo de acapulqueños nos embarcamos en un crucero llamado Golden Princess, un barco nuevo, muy bonito.

Salimos por la terminal marítima, cuyo muestreo de pavimentos impide que rueden las maletas y propicia que te tuerzas los pies. Quién sabe si les toca a los privados dignificar esa importantísima puerta de pasajeros al mar, o bien sea responsabilidad del ayuntamiento, del Estado o de la Federación. Como sabemos, todos se echan la bolita y nadie atina a hacer bien las cosas. Los galerones de entrada y salida de pasajeros son horrendos. Para llegar a ellos hay que caminar mucho y mal, tras saltar, a riesgo de caer, una barrera de concreto y una banqueta rota. Sí: la puerta marítima de Acapulco es vergonzosa.

Una vez arriba y de noche la vista del puerto es magnífica, desde luego mucho mejor que de día. “Qué belleza”, oí decir a unos turistas extranjeros que ya venían en el crucero. “Pero ¿viste qué increíblemente sucias están las calles? Mira como tengo las suelas después de haber caminado en el centro de Acapulco. Negras”. Como yo había bajado a comprar un cepillo del pelo al carísimo Sanborns también me pude percatar de que las aceras de Acapulco no conocen lo que es un manguerazo y eso, aunado a la basura ambiente y a las hordas de Semana Santa, no es precisamente la combinación ideal que podría agradarle al eterno secretario de turismo, El Negro Elizondo, para que promoviera un poquito a nuestro puerto, en vez de empinar el codo a la salud de todos los demás destinos turísticos.

6 de abril. Amanecimos en la preciosa bahía de Zihuatanejo, tranquila, llena de pájaros, sin los edificiotes espantosos (vivo en uno) a los que nos ha acostumbrado Acapulco, esos que constituyen más o menos una criminal barrera de la vista y del aire. Bajamos del ténder (lancha de desembarque) en un muellecito encantador y salimos pronto a la costera para peatones que da a la pacífica Playa de la Ropa. Adoquines relucientes de limpios conducen a toda suerte de lugares bonitos y agradables, se trate de restaurantes o tiendas. Y la gente no te grita ni te habla forzosamente en inglés. El impecable mercado de pescado fresco, sobre la arena misma, puede encantar tanto al consumidor como a la turista. Sientes que estás en un lugar especial, que no se parece a otros, que conserva tranquilamente su agradable identidad. Sobre las rocas que rodean la bahía hay construcciones, sí, pero moderadas y con gusto. No estamos en el Guerrero desordenado y payo.

La escala era corta y la aproveché platicando con la gente y comprando sin premura ni la sensación tan frecuente en nuestras playas de que “te ven la cara”, buenas mercancías internacionales, exquisitas cosas de Guadalajara y las belllísimas artesanías guerrerenses, casi desaparecidas en Acapulco en beneficio de las chinaderas.

A la zona hotelera de Ixtapa no fui. La conozco y es bonita e impersonal como todas las de su estilo, triste de noche. A la marina tampoco. No hubo tiempo, pero lo que yo buscaba era... a México. Y lo encontré en Zituatanejo.

7-8 de abril. “En el puerto de Vallartaaaa”, cantaba Rocío Durcal. ¿Y a quién no le encantaba Vallarta en aquellos tiempos? Un pueblo sabroso, unas playas magníficas, varios ríos entre verdes montañas; Mismaloya; las invitaciones a presentar libros y las conferencias en el ayuntamiento panista por ser antiPRI, sin entender que también he sido siempre antiPAN, aunque mucho más ahora por lo que es el neoPAN. El original Camino Real, no el de Olegario Vázquez Raña, que por cierto en Acapulco, cuando el Tianguis, mandó traer frente a su edificio El Dorado, el del helipuerto construído al vapor y sin aparente permiso, dos lanchas de la Armada durante todo el día en que Calderón visitó el evento turístico para clausurarlo y recordar su luna de miel en Acapulco (aunque se disculpó ante los de Cancún e inventó que la había concluido allá... si es que existía, si ya habían logrado hacer las playas artificiales que se llevan los huracanes).

Pero el Vallarta de hoy son unas cuantas calles de consumismo desaforado. “Estos han olvidado que son mexicanos”, me dijo una francesa que adora Acapulco. Y, en efecto, todos te hablan en inglés, todos te dan precios en dólares y los hay que se clavan el cambio. Los restaurantes tienen una ensordecedora y deprimente música lounge. Tampoco fui a reconocer los hoteles del golf. Qué flojera, aunque sí caminé, después de las cuantas cuadras del Vallarta comercial, ruidosas y dedicadas al consumismo total, por algunas calles pueblerinas, pero ya sin alma, llenas de camiones. Ya no le cantaría Rocío al puerto de Vallartaaa…

8-9 de abril. La Roca de Mazatlán apareció en las pantallas de las cabinas muy de mañanita, con su faro al tope y su camino rocoso que toma más de dos horas recorrer y, abajo, una de sus grandes escuelas, tan pocas en México, de ciencias marinas. ¡Qué bueno que existe Mazatlán! Su puerta marítima es la más agradable y bonita de la costa. Tomamos un jeep abierto al que le llaman pulmonía, con un guía orgulloso de su ciudad que nos llevó por las escarpadas colinas de propiedades magníficas (una de ellas, suntuosa manzana, recién adquirida por el ídolo de su (no tan gris) Eminencia Juan Camilo, el cantante Luis Miguel). Y luego, abajo, en la parte plana, nos adentramos por las antiguas e impecablemente cuidadas calles del viejo puerto, no sólo con una muy respetada identidad sino con mucha clase, la de una ciudad que se respeta y quiere a sí misma. Algo tiene la larga bahía mazatleca de la bahía de Alejandría en el Mediterráneo, probablemente la forma natural, pero también el larguísimo malecón siempre respetado de los puertos de alcurnia. En Mazatlán sí recuerdan que son mexicanos. El azul profundo del Pacífico, salpicado de rocas blancas de guano e islas verdes, de pájaros, venados y lagartos deja un entrañable sentimiento de pertenencia.

9-10 de abril. Pobre Cabo San Lucas, gringo hasta las cachas, enfermo de construcciones mediocres prácticamente en el mar. Pobres de los leones marinos, pobre del arco divino. Ahí los pobladores no se han olvidado de su mexicanidad, sólo que sufren sin poder hacer nada contra la invasión de Mongo y la repugnante entrega de las autoridades mexicanas de diversa índole. Los originarios de la región han sido relegados prácticamente a reservaciones y los otros, venidos de todo el país a ganar dólares, comprenden perfecta y desoladamente lo que sucede. Platiqué en el mercado de artesanías con un hombre oriundo del estado de México. ¿Por qué vende vitrales gringos y no hechos en México?, le pregunté. Ay, cómo les duelen a todos estos mexicanos los santannas modernos. Este hombre está a punto de terminar su carrera de abogado en la Universidad de La Paz. Hace mucho que Baja, como le llaman familiarmente sus dueños, es gringa, sólo que antes llegaba a sus anchísimas playas de finisterre gente con otra visión del mundo y de la vida. Más espiritual quizás. ¿Eran distintos los gringos? Quizás más humanistas. El asqueroso materialismo imperialista de la ultraderecha que hoy los manda aún no asaltaba el poder.

10 de abril. Navegamos durante dos días sin hacer escala alguna y por fin llegamos a la final: San Francisco, California. Con Nueva York y Nueva Orleáns, mis ciudades preferidas en lejanos viajes. Urbes cosmopolitas e inteligentes que nunca votaron por Bush (y así les fue). A Nueva York le tiró las torres para empoderar al Terror. A Nueva Orleáns le robó el dinero del dique. San Francisco sigue siendo un puerto entrañable, abierto, refinado. Ahí tampoco se han dejado sus habitantes robar la identidad. San Francisco, sede de los hippies en los sesenta, rebelde a guerras idiotas, sigue siendo un puerto audaz. Vimos en la Grace Cathedral (una pequeña copia de Notre Dame de París) algo que nunca podrán los católicos mexicanos experimentar en manos de la iglesia franquista que aflige a México: un laberinto copiado de la catedral francesa de Chartres, del año 1200 y conmemorativo de otros laberintos de diversas culturas conducentes a la espiritualidad. Un altar movedizo fabricado en Africa del Sur. Y, believe it or not, una emocionante ceremonia con cantos y tambores dentro de la catedral de la Iglesia Nativa Norteamericana, en un espléndido alarde de ecumenismo. Sigue viviendo San Francisco. Pero.... lea en este espacio el próximo sábado el colofón de este viaje por la Riviera Mexicana, en estos y otros tiempos.

www.manudornbierer .com

 
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