Florencio Villareal: el municipio
que nunca debió llamarse así - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: domingo 25 de marzo de 2007 Opinión Florencio Villareal: el municipio
que nunca debió llamarse así

RICARDO INFANTE

Florencio Villareal: el municipio
que nunca debió llamarse así

El 2 de noviembre de 1899, el 14 Congreso Constitucional del Estado Libre y Soberano de Guerrero emitía el decreto número 12, por el cual se creaba el municipio de Florencio Villarreal. Seguramente los miembros de aquella 14 legislatura no se caracterizaban precisamente por su amplia formación académica, y desde luego no existían presupuestos para contar con asesores que les dijeran a los abnegados diputados que el citado personaje, en forma circunstancial, efímera y por demás casual signó un documento que transformó la estructura del país. Esto, en virtud de que Florencio Villarreal es uno de los personajes más oscuros, nefastos, mediocres y oportunistas en la historia de México.

Florencio Villarreal nació en la ciudad de La Habana, Cuba. Hijo de españoles, se incorporó con afán aventurero al ejército expedicionario español que combatía a los independentistas de América; desde entonces el joven Villarreal, sin duda, lejos estaba de emular a sus paisanos José Martí o Carlos Manuel de Céspedes, quienes a pesar de que también eran hijos de peninsulares lucharon hasta el último día de su vida por la independencia de Cuba, pero el joven habanero no estaba hecho de esa madera heroica, y más bien siempre sirvió para el abuso, el oportunismo y la deslealtad.

Florencio Villarreal siempre luchó contra los insurgentes, hasta que se percató de que la independencia en México terminaría siendo manejada por los criollos como él, a través de ese mañoso documento llamado Plan de Iguala y con la inocencia política de don Vicente Guerrero entregaría el país a los hijos de peninsulares nacidos en América, quienes eran incluso bastante más reaccionarios que los españoles residentes en Europa. Villarreal se incorporó a las huestes de Iturbide; quedó bajo el mando de Nicolás Bravo, quien lo trajo al estado de Guerrero. Bravo encontró en él un incondicional perfecto; lo hizo comandante militar de la Costa Chica con la finalidad de hostigar a Juan Alvarez y aprovechó esta circunstancia para tiranizar a los habitantes de aquella región; tanto él como Tomás Moreno fueron fieles seguidores de Nicolás Bravo, enemigos del federalismo, conservadores a ultranza y en más de una ocasión fueron promotores de falsas acusaciones contra el general Juan Alvarez, antagonista de los intereses de Bravo y, por consecuencia, de los de Florencio Villarreal.

Villarreal siempre fue santanista y conservador, al igual que su amo, pero durante el último periodo de gobierno de quien se autoproclamaba alteza serenísima Bravo decidió, en virtud de sus achaques, alejarse de Santa Anna; esto le costó la enemistad del dictador y hay quien asegura que hasta la vida. El alejamiento entre Santa Anna y Bravo trajo en consecuencia la remoción de Florencio Villarreal como comandante militar de la Costa Chica, además se le conminó a que fuera a la ciudad de México a responder sobre cargos de suma gravedad, primero se fingió enfermo, y después buscó la protección de su archienemigo, don Juan Alvarez Hurtado; en aquel momento se elaboraba un plan anti santanista que, como muestra de adhesión, Florencio Villarreal le llevó a sus tropas y al pueblo de Ayutla; este documento pasaría a la historia como El Plan de Ayutla, que en realidad fue elaborado por don Juan Alvarez, muy posiblemente en las instalaciones de La Providencia.

Poco duró la alianza con Alvarez y los liberales; a la llegada de los franceses ofrece sus servicios a éstos como mercenario, y si bien no es un hombre digno de confianza, por lo menos es alguien que conoce la región. A la vuelta de dos años, y viendo que los franceses no logran derrotar a los republicanos, se pone en contacto con Antonio López de Santa Anna a través del hijo de éste, Angel López de Santa Anna, quien a su vez convoca a su primo, Manuel López de Santa Anna, comandante de un destacamento imperial, para encabezar un movimiento en contra del emperador austriaco, sobre todo porque los conservadores mexicanos ya para aquel entonces se encontraban francamente decepcionados del liberalismo de Habsburgo. Una de las últimas misiones heroicas que se le adjudican a Florencio Villarreal –para entonces general– es servir de guía turístico a la emperatriz Carlota Amalia, que deseaba visitar las ruinas de Cacahuamilpa, y de paso dejarnos, cual vil grafitera, un autógrafo, señalando su estancia en aquel lugar.

En resumen, Florencio Villarreal nunca fue un patriota en Cuba; al llegar a México traicionó al ejército español; posteriormente se volvió un cacique al servicio de Nicolás Bravo, al igual que de Antonio López de Santa Anna; a éste lo traicionó poniéndose a las órdenes del general liberal Juan Alvarez, a quien a su vez traiciona poniéndose a las órdenes de los conservadores y los franceses, y el único acto trascendente de su vida fue cuando sirvió simplemente de vocero de un documento que ni elaboró, ni mucho menos concibió, y que si signó, fue sólo para salvar el pellejo.

Quizá esta reflexión, aunque no esté hecha por un historiador, mereciera la atención del Congreso del Estado para que propusieran a los habitantes de ese municipio llevar un nombre más digno, que pudiera ser el de Juan Alvarez Hurtado, Revolución de Ayutla, incluso Plan de Ayutla, pero definitivamente ya ubicar en su lugar en la historia a un traidor y oportunista que, además de tiránico, siempre estuvo al lado de las causas más adversas al pueblo de Guerrero.

 
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