Cuajinicuilapa trasmuta su color negro hacia matices indígenas - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: martes 27 de febrero de 2007 Regiones Cuajinicuilapa trasmuta su color negro hacia matices indígenas

• R e p o r t a j e : Los otros mestizos

Cuajinicuilapa trasmuta su color negro hacia matices indígenas

Las relaciones divergentes en las sociedades de la Costa Chica funden y dividen a los pueblos de la región. La migración de los afromestizos deja la puerta abierta para que grupos indígenas se asienten e integren en lo que se considera la capital de la negritud en México

EDUARDO AÑORVE ZAPATA

Mujer afromestiza
Mujer afromestiza Foto: EDUARDO AÑORVE
La migración hacia Estados Unidos y el norte de México ahondó la huella indígena en las nuevas generaciones
La migración hacia Estados Unidos y el norte de México ahondó la huella indígena en las nuevas generaciones Foto: J. GUADALUPE PEREZ

Cuajinicuilapa es un símbolo, es una zona mítica; ha sido vista en los últimos treinta años como la capital de la negritud: desde la “Africa en México” de la revista México Desconocido en los años sesenta, hasta el actual “municipio negro”, según pretendía el cabildo, con tal de conseguir recursos de programas del gobierno federal específicos para esta etnia.

Esta visión tiene dos inconvenientes. Primero: nadie puede definir o conocer qué es lo “negro”, sobre todo si nos referimos a la cultura, porque sus huellas negro-africanas, propias de los esclavos que trajeron los españoles hace siglos, nunca integraron un corpus ideológico, cultural o mítico-mágico. Segundo, porque el gran mestizaje, la gran mezcla humana en la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, ocurrió entre “indio” y “negro”, como cree y dice Consuelo, líder indígena avecindada en Cuajinicuilapa desde hace 30 años y casada con “su negro”, Morga.

En realidad, es discutible que Cuajinicuilapa sea una zona negra, sobre todo porque en los últimos 30 años los criollos (nativos) han traspasado y traspasan mayormente la frontera para irse al Norte, en búsqueda de dólares y placeres negados en estas tierras. Un dato indicativo es el escaso crecimiento demográfico que registra el municipio: el Inegi censó, en 1980, 19 mil 809 habitantes; 24 mil 369 en 1990, 25 mil 57 en 1995 y 25 mil 641 en 2000. En lugar de los que se van, llegan migrantes externos, intranacionales, migrantes regionales, particularmente amuzgos y mixtecos, que sustituyen a esa mano de obra, indianizando a la población y la cultura “negra”; en cierto sentido, le han devuelto criollicidad y ejercen ya uno de los tradicionales oficios de los criollos: la vaquería.

Aunque el Inegi en 1995 contó “545 personas cuyo idioma es el amuzgo; 507, mixteco” en el municipio, la presencia de amuzgos y mixtecos, en ese orden, ha aumentado en los últimos 10 años y, según parece, seguirá aumentando: son peones de machete y de albañil, vaqueros, empleados en los comercios y establecimientos y muchas mujeres son trabajadoras domésticas. Realizan, pues, el trabajo rudo, laborioso, sucio, pesado, el que ni los criollos pobres quieren realizar en estas tierras y sí en las de allende la frontera. Hay comunidades donde son mayoritarios, como El Cuije y La Petaca, y también lo son en colonias semirrurales de la cabecera municipal, como Los Lirios, La Gloria y La Colonia Nueva o del Carmen, donde no gozan de servicios públicos. Es decir, viven al margen. Muchos vienen de Cochoapa, de Huixtepec, de Xochistlahuaca, de Cozoyoapan, de Tlacoachistlahuaca, en Guerrero; de Terrero Venado, Ipalapa, Peña Negra y Pinotepa, en Oaxaca.

En entrevista con varios “avecindados”, este reportero pudo conocer que la motivación fundamental para estos migrantes es obtener mejor salario y, con ello, mejor calidad de vida. Mientras en sus comunidades de origen obtienen salarios que oscilan entre 70 y 80 pesos diarios para hombres, en pueblos como Cuajinicuilapa suelen ganar 130 o más (como los peones de albañil, quienes ante la escasez de mano de obra pueden llegar a ganar hasta 250 pesos). También el trabajo doméstico está mejor pagado, aunque sujeto a la negociación entre la patrona y la empleada.

Emparentados de siglos

Cuando los negros llegaron a la recién conquistada Tenochtitlan, acompañando a los españoles, se formaban distintos grupos lingüísticos y étnicos, siendo los más importantes amuzgos y mixtecos. San Nicolás, por ejemplo, fue una población amuzga llamada Coyotepec o Cuyotepec. El devenir unió a grupos distintos en color de piel, sin embargo, humanos, por tanto, similares. El papel económico que cada cual jugó o se le impuso los enemistó. La historia es larga y dolorosa. Cabe poner énfasis en un hecho: el gran mestizaje en la zona (y con este concepto nos apartamos del aceptado, que define al mestizo solamente como producto de español e indígena) ocurrió entre indios y negros, de allí venimos la mayoría. Para mantener la situación de dominio de un grupo hacia otro, la discriminación fue un método excelente, que aún rinde sus frutos: “El mestizo es racista, se cree superior al indígena, lo humilla, lo ve en nada”, comenta Consuelo para La Jornada Guerrero. Sin embargo, existieron dos modos en que esta relación cristalizó: la violencia y el sometimiento o, para las cosas del cuerpo, enamoramiento (y ya dicho en términos locales, el enculamiento: todavía se siguen ayuntando y casando “negro con indio”).

Sin embargo, aunque en los hechos este mestizaje siga dándose, en la mente de los individuos existen prejuicios: “El criollo, el nativo de aquí de Cuaji es desorganizado –comenta Enrique, originario de Pinotepa y avecindado desde hace 30 años–. Los de afuera, los forasteros, venimos a hacerles un bien, a hacerles obras a los criollos, porque ellos no buscan el beneficio de su pueblo, son flojos. El progreso viene de la gente de fuera”. Por su parte, el criollo considera y trata al indio como inferior… hasta que él o sus descendientes casan con indio o india. “Las negras de aquí son flojas –asegura Silvano–, no te ayudan a trabajar”.

Estampas actuales

A la minúscula sala de espera del hospital básico comunitario, donde acude a consulta la mayoría de los habitantes de las colonias marginales, frecuentemente acuden mujeres amuzgas, vestidas con huipil. Este día se encuentran sentadas varias de ellas, y un par de niñas. Dos mujeres, Eugenia y su madre, pasan a consulta. Después viene un médico y habla con una niña, pero no se entienden, hablan idiomas distintos: él, español; ella, amuzgo. El personal no sabe qué hacer. Están en esas cuando sale Eugenia;

se percata de la situación y funge como traductora. La niña, antes aterrada, respira con alivio. Se levanta y entonces caigo en cuenta de que está preñada. Tiene 12 años. Eugenia tiene 20 y, según dice, no tiene pensado casarse ni nada por el estilo. Trabaja en casa, es bilingüe.

Pero no todas las amuzgas mantienen sus tradiciones, como el idioma y la vestimenta; tampoco los hombres. La mayoría se amestiza, se acriolla: “Mis hijos no han aprendido porque mi mujer nunca les habló en idioma –dice Silvano para justificarse–. Ahora que ya están grandecitos cuando les hablo nomás se ríen. La mayorcita más o menos entiende y habla algunas palabras”. Silvano tiene 25 años en Cuaji; es originario de Plan de Piedra, municipio de Xochistlahuaca. “Me vine porque mi papá me salió chingón pa’ los azotes. Me trajo un señor y me puso a trabajar sacando los becerros del corral; tenía diez años. Después aprendí a mamantear los becerros, y le entré de vaquero. Pero me cansé de eso; a los 20 años, más o menos, aprendí a ser matancero, hasta que tuve problemas con el patrón y tuve que seguir como vaquero, en Cuaji; en El Quizá tuve un patrón que a los tres años de trabajar con él según me iba a regalar una vaca y un caballo, pero a la hora de la hora, cuando le pedí la vaca me dijo que me iba a bajar el sueldo si me la daba, porque la vaca come, se vacuna. Así que le dije: a partir de ahora ya no vengo nada; usté ya está grande para que me haga pendejo a mí. Y me dijo: no, a mí no me vas a hablar así. Y cómo no, le dije, si yo soy gente como usté. Y ya cada uno con su machete en la mano. Y le dije: mira, te voy a machetear. Pero no pasó a mayores y dejé de trabajar con él”.

Muchas veces llegan de visita los familiares de los avecindados y se quedan, “se vienen de uno en uno, les gusta el pueblo porque aquí hay más vida –informa Consuelo, quien llegó de Ayutla de ese modo; ahora es abuela de varios cuijleños y se siente mestiza–. En sus pueblos no hay manera de vivir, no hay trabajo, no hay comida... aquí sí; hay escuela y ya van comprando un solarcito y van haciendo su casita”. Se avecindan, poco a poco se convierten en ciudadanos de esta zona, se amestizan; las nuevas generaciones se acriollan, sus hijos van a la escuela. En fin, aprenden a ser mestizos, a pesar de la advertencia que lanza Consuelo: “El que se avergüenza de su origen es cobarde”.

 
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