Afromexicanos, excluidos de la historia oficial - La Jornada Guerrero
Usted está aquí: domingo 11 de febrero de 2007 Opinión Afromexicanos, excluidos de la historia oficial

RICARDO INFANTE PADILLA

Afromexicanos, excluidos de la historia oficial

Es curioso que en el mismo estado de Guerrero, donde gran parte de la población es afromestiza, se denigren o se ignoren las aportaciones de todo tipo hechas por los hombres y mujeres cuyos ascendientes llegaron de Africa. Fuera del Libro Rojo, de Riva Palacio y Payno, es rarísimo encontrar algún acontecimiento relacionado con las personas llegadas de Africa o descendientes de ellas. Incluso, hasta hace pocos años los únicos estudios antropológicos referentes a la población afromexicana eran del doctor Gonzalo Aguirre Beltrán, oriundo de Tlacotalpan, Veracruz. Hoy ya existen varios libros sobre esta parte de México sin historia; como dato interesante, casi todos escritos por historiadoras.

Como señala Lucas Alamán, que como historiador fue notable, es prácticamente imposible encontrar datos sobre las múltiples castas que habitaban el país, pues para los españoles, fuera de los peninsulares y los criollos, los demás eran inexistentes y su única utilidad consistía en su mano de obra. Sin embargo, sabemos que personajes como Vicente Guerrero, Juan Alvarez, José María Morelos, Valerio Trujano, Mariano Tabares y muchos otros del país llevaban una fuerte porción de sangre africana en sus venas. También sabemos que se incorporaron a la lucha de independencia con mayor ímpetu que la población indígena.

Durante la colonia, fundamentalmente en nuestro estado y en Veracruz, existió un gran mestizaje entre negros esclavos y, sobre todo, entre cimarrones y la población nativa de México, que fueron llamados “pardos” por los españoles. Sin lugar a dudas, tanto ellos como los mulatos, que eran producto de la relación entre el patrón blanco y la esclava negra, se reconocieron a sí mismos como los primeros mexicanos. La razón es la siguiente: los pueblos indígenas conservaron durante siglos su lenguaje, sus tradiciones e incluso su etnicidad, de ahí que los de habla náhuatl se autonombren mexicanos, otros tlapanecos, mixtecos, tarascos, y así, cada uno conserva su identidad cultural e incluso lingüística.

Los blancos de origen español, al igual que los criollos, obviamente reivindicaban su origen europeo, y en un principio los negros llegados de Africa preservaban los vestigios de sus lugares de origen, o sea, guineos, carabalíes, congos, yorubas, dahomeyanos, etc. Cada uno de estos grupos rechazaba abiertamente como miembro a los hombres y mujeres producto del mestizaje; por lo tanto, estos afromestizos no podían reconocerse ni como indígenas ni como blancos, y ni siquiera como africanos, pues habían nacido en nuestro país y ya eran producto de una mezcla. De tres cosas estaban seguros: la primera, quién era su madre; la segunda, que las diferentes etnias no los reconocían, y la tercera, es que su única identidad era ser mexicanos.

El concepto de mestizaje adquirió otra dimensión a partir de la independencia y sobre todo durante la reforma; oficialmente el mexicano es un mestizo con todas las virtudes de las razas indoamericanas y del español; esto ratificó la inexistencia social del afromestizo, y resulta paradójico que incluso en lugares como Guerrero su presencia en la historia sea imperceptible.

Nada importan los contingentes de cimarrones y de mulatos y negros libres que lucharon al lado de los Galeana, de los Bravo, de don Vicente Guerrero y de don Juan Alvarez.

Se puede incluso señalar alguna hazaña militar como aquella famosa batalla de los encuerados en las cercanías de la hacienda de Chichihualco, propiedad de los Bravo, donde un grupo –de afromestizos mayoritariamente– que se bañaba fue sorprendido por una columna española. Tal como estaban, desnudos, montaron a caballo y machete en mano dieron batalla y derrotaron a los españoles. Don Vicente Guerrero recordaba con mucho cariño a don Juan del Carmen y los cimarrones que se le unieron, y los pintos, de don Juan Alvarez, en su mayoría, tenían una obvia presencia de sangre africana, incluido el propio general Alvarez, cuya madre era de origen africano, y su padre, gallego.

Es misión de los historiadores subsanar esta falla. Es de reconocer que hoy empieza a generarse un movimiento en ese sentido, lo cual es gratificante, pues en México, a pesar de que oficialmente no existe el racismo, resulta casi ofensivo decirle a alguien negro y se prefiere el eufemismo costeño, cosa que no sucede en otros países de América, por ejemplo Cuba y Brasil, donde el componente cultural africano no solamente es visto con buenos ojos, sino como fundamental.

Hoy en Guerrero nuestros historiadores tienen la obligación de revisar este tema, y seguramente muchos hombres y mujeres de nuestra entidad se lo van a agradecer, aunque suceda en forma tardía.

 
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